APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: El otro yo

domingo, 21 de octubre de 2012 · 00:00

 

 

 

Por Hernán Deluca

 

¿Alguna vez soñaste con vivir la vida de un famoso? ¿No? Vamos, todos, en algún momento queremos ser otro. Y, si ese otro es o fue una persona adorada por mucha gente, mejor. ¡Besos y abrazos asegurados!

 

Imaginar ser el ídolo de juventud o alguien a quien admiramos porque tiene guita, facha o mueve la redonda como nadie, es un ejercicio que hace la cabeza en esos momentos de cuelgue, cuando el músculo duerme y la ambición descansa. 

Así estaba yo, sentado en el piso, la espalda apoyada en la pared y la mirada apuntando al poco cielo que se dejaba ver por la ventana. En la otra habitación, los Rolling Stones y su “Some girls” reeditado.

Escuchando la voz de Jagger, recordando momentos clave de su vida, me dije: de ser un rockero, me gustaría ser este tipo. Pasar por los sesenta, grabar sus canciones y acercarme al diablo para estar así, vivito, coleando y contando billetes. Un instante cargando la boca más famosa del rock, ¿qué tul?

Segundos después, ya estoy con las ropas de mis otras opciones. Maradona, De Niro, Scorsese, Nicolás Cabré, (este último, por el arrastre que tiene, nada más). Con sus rosas y espinas, no tendría problemas en ser cualquiera de ellos.

 

Pero, el viaje se termina. Inmediatamente, regreso a mi realidad, la que es mucho más mundana y lineal que la de aquellos que cuelgan en los pósters de una habitación que dejé hace tiempo. 

Quién no puede hacer esa disociación es Carlos Gutiérrez, el personaje principal de “El último Elvis” (2012, Armando Bo), un imitador que está convencido que es el rey del rock and roll.

Sus días avanzan negando el mundo que lo rodea y actuando en esos shows que lo mantienen vivo. Inmune a una realidad que lo aplasta, el tipo aguanta porque sabe que el gran momento está por llegar. Sin embargo, todo parece desmoronarse cuando su ex mujer sufre un accidente y el plan que viene craneando desde hace tiempo debe esperar.

Con el avanzar de las escenas, que van de los recitales en eventos sociales a una hija que no lo ve ni lo siente como a un padre, Carlos irá renunciando a su verdadera identidad para ser “el otro”. Es ahí, en esa enferma mutación, cuando la locura se naturaliza de tal manera que inquieta. Un estado que perdurará hasta el sorpresivo final.

Aplausos para el debut tras las cámaras del nieto de Armando Bo, quien, justamente, lleva su mismo nombre. Junto a su guionista, Nicolás Giacobone, han construido un film de personajes que prioriza lo narrativo. Esencial. Con una cuidadísima puesta en escena, la película va de una estética publicitaria (en el buen sentido de la palabra) a una suciedad coherente con el entorno del falso ídolo.

Hablando de Elvis, la música es un personaje más. Con sabia decisión, las canciones van de menor a mayor, acentuando la inestabilidad de Carlos Gutiérrez con los temas elegidos. Todas las piezas musicales –pertenecientes al repertorio de Presley– son interpretadas, magistralmente, por el propio actor, el platense John McInerny. Si cierran los ojos creerán estar escuchando al mismísimo astro que nació en Tupelo, Mississippi.

Tenemos aquí una historia bien contada, bien dirigida, bien actuada y con una banda sonora que se disfruta desde los títulos iniciales. ¡Al fin, una de esas películas que me permiten crecer como espectador! Por eso, sigo aplaudiendo.

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