OCTUBREANDO: La señora Ordóñez

por Horacio Pettinicchi
octubreliterario@yahoo.com.ar

martes, 6 de septiembre de 2011 · 00:00

 

 

“Te amo, te amo, te amo y no puedo soportar esta prisión, no puedo soportar esta vida”.

Dieciséis palabras en una sucinta esquela para despedirse de su marido, ella que fue una de las escritoras más reconocidas, que supo escribir del deseo y el gozo, que habló de la angustia del eros femenino ante la conspiración de la sociedad y tradición, esa tarde le faltaron las palabras antes de meterse un balazo en la sien derecha.

“La vida se me ha hecho particularmente pesada. Sumamente difícil de sobrellevar”, decía en un reportaje dos días antes de suicidarse.

¿Qué la llevó al suicidio? Se sabía vieja, no deseada. Muchas veces había dicho que le tenía miedo a la vejez, y esa fue una pelea que no pudo ganar pese a sus incontables cirugías.

“La política me sacó de mi comodísimo mundo de la calle Madero (...) Era un mundo redondo, blando, perfecto. Y allí lo conocí a Arturo Frondizi, que irrumpió con su mundo y me sacó de esa blandura”.

Vivió entre la angustia erótica de sus escritos y la zigzagueante forma de hacer política. Al desarrollismo frigerista le siguió la fascinación de la Cuba Socialista visitada en 1970, año que editó “Cuentos de Colores”, antología de relatos entre los cuales se destacaba “El cruce del río”, que hablaba de Tania, compañera del Che en Bolivia. Ocupó un lugar en el charter que lo trajo a Perón en 1972 y en el 73, volcada plenamente a Montoneros, participó en la movilización a Ezeiza.

«Me equivoqué - dijo en 1978-  y conmigo se equivocaron siete millones de argentinos. Yo fui una idiota y una zanahoria».

Después del golpe militar de 1976, sus opiniones políticas efectuaron un brusco giro, renegó de todo su pasado político para apoyar en los foros mundiales al PRN, quizás deslumbrada por la figura de Massera, con el cual, dicen, la unió una intima relación.

“El tema de los desaparecidos es una de las lacras espeluznantes de un período de la vida argentina difícil de calificar”.

Decía, cuando renegando de los militares, afirmaba su fe en la democracia.

La fama y el dinero no fueron suficientes para arrancarla de la angustia que la acompañaba. Se sentía dolida que la crítica no la acompañara pese a sus éxitos de venta.

“A mí no me ha sostenido la crítica, por cierto, que a veces ha sido feroz conmigo por razones que nada tenían que ver con la literatura, sino con mi persona, por cuestiones políticas, a menudo; pero el lector medio ha sido de una fidelidad total.”

¿Qué la llevó al suicidio? Miedo a envejecer quizás, y cuántos miedos más.

poco menos que única entre nosotros, por su ímpetu y destreza narrativa y por haber incorporado a nuestra literatura personajes como la señora Ordóñez o la Colorada Villanueva, acaso arquetípicos de nuestro medio”. Dijeron de ella, de la escritora Marta Lía Frigerio de Lynch, cuando ese 8 de octubre de 1985, tal vez pensado que no es posible la felicidad sin belleza, se pegó el tiro del final.

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