Apuntes desde la otra vereda: Tiempo es dinero

por Hernán Deluca
miércoles, 7 de diciembre de 2011 · 00:00

 

Salvo que arribe algún candidato a la estatuilla dorada o que aparezca algún título que haya quedado colgado de este 2011 y que, hoy, meses después, es más económico exhibirlo (a pesar de tener bastante recorrido en el ciberespacio), el panorama es bastante obvio. Historias navideñas y repetitivas para toda la familia, comedias previsibles con la rubia de turno y el reestreno de un clásico (pucha, en digital) en horario único.

Por suerte, siempre hay lugar para las sorpresas. Atenuados por las estrellas que las protagonizan, hay títulos que tienen algo más para ofrecer. Un plus que, arrancando este lento mes de cierre, no esperaba encontrar. Así fue.

Ah, la ciencia ficción, ese género que, persistentemente, me muestra lo mal que estamos. Es raro, pero me gusta. Porque, lo bueno que me pasa como espectador es comprobar que los problemas que, cada tanto, me inquietan, en el futuro (siempre adelante) son cosa de todos los días. Es una gran mentira con aroma a verdad lo que me tranquiliza. Sí, es raro.

Es cierto que todo lo relacionado con el relato de acontecimientos posibles, desarrollados en un marco espacio-temporal puramente imaginario, cuya verosimilitud se fundamenta narrativamente en los campos de las ciencias físicas, naturales y sociales no vaya muy bien con el calor. Puestas en escenas oscuras e historias un tanto pesadas,  poco tienen que ver con estas ojotas brasileras y mi bermuda barata. ¿Será por eso que somos tan pocos en la sala? Algo que también me gusta.

“El precio del mañana” (2011) es la nueva película del neozelandés Andrew Niccol, un director que me había asombrado con aquella mirada agria sobre una sociedad futura llamada “Gattaca” (1997) y que me había parecido interesante con la posterior “Simone” (2002), la peli donde Pacino, enamorado de un holograma, se paseaba por el set más perdido que turco en la neblina. De todas maneras,  el trabajo más importante en la trayectoria de Niccol es haber firmado el guión de “The Truman show” (1998), la gran película de Peter Weir, donde el Truman del título vive una gran mentira a lo largo de toda su vida.

La excesiva observación y las cámaras metidas en las vidas de todos también son una constante en “El precio del mañana”, donde la humanidad ha sido programada genéticamente para detener su envejecimiento a los 25 años. Esto es muy bueno, salvo un pequeño detalle, a partir de esa fecha lo que queda por vivir son tan sólo doce meses. ¿Cómo se hace para seguir viviendo? Fácil, robándole minutos al prójimo por medio de un aparato que lo transfiere de un cuerpo a otro. Una sociedad donde, por ejemplo, las diferencias de clase se miden en zonas horarias y el peaje para pasar de una a otra aumenta cuantiosamente. Cuánto más cerca estás de la zona donde vive la gente con guita, más meses de tu vida tenés que pagar. ¡Y acá nos quejamos porque aumentó el peaje más de un 50%!

En el medio de este panorama anda Will Salas (Justin Timberlake), yendo y viniendo de la zona pobre al llamado New Greenwich con todas las ganas de vengar la muerte de su madre. Lo que sigue es una trama bien clásica dentro del género, con el agregado de toques bien a lo Hitchcock y mucho de “Bonnie and Clyde”, donde Wallas y su ocasional compañera (la intrigante Amanda Seyfried) se largan a una carrera, justamente, contra el tiempo. Contra el capitalismo. Contra la muerte.

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