OCTUBREANDO: El día que salieron a la luz

por Horacio Pettinichi
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martes, 6 de diciembre de 2011 · 00:00

 

 

Puedo jurar que esa tarde los vi, estaban ahí, vestidos con sus mejores galas, todos ellos sentados en primera fila, y cuando los dos duendes comenzaron a mecerse con el fuego de la Eterna Palabra jugando en sus manos, cuando principiaron su iniciática danza al son del violín húngaro que acompañara al Oso en el viejo Circo Magnifico, ellos estaban felices.

Estaba la Dama del Castillo Carabassa vestida con el albo traje que no llegó a usar, la Sombra de Sobretodo que cuida el Lope de Vega, el Viejo de los Palitos que no separaba  de sus labios un enorme copón de vino oscuro y tentador, la Mujer Enlutada con el sombrero de enorme ala que merodea por la iglesia.

Nadie faltó a la cita, nadie, ni siquiera Amparo y Benjamín que, tomados de la mano, por una vez se atrevieron a dejar la Fábrica Militar, si hasta estaba Tito, el viejo gay, escondiendo su pudor tras un abanico, luciendo sobre su peluca un enorme peinetón de carey.

Estaban ahí, sentados, deslumbrantes bajo la luz que más que nunca irradiaba la Galería de Arte Phos, luz que desvanecía la oscuridad, que tanto tiempo los tuvo ocultos.

Y ese día yo también fui feliz, porque si es bueno asistir a la parición de un libro, el hecho se convierte en algo casi mágico cuando el escritor, en la mejor tradición de los narradores de fogón o de los maestros de los muros de la antigua Erin, busca conservar la entidad de un pueblo a través de la memoria. Si además el autor es alguien que uno admira por su condición de hacedor de cultura y como maestro de hombres,  esto se convierte en un goce.

“Mitos y leyendas de Pilar” no sólo es una recopilación de hechos fantásticos, fantasmas y sucedidos, sino también un ameno recorrido por la historia de hombres, familias y costumbres de un Pilar que la piqueta del progreso y la desmemoria van dejando atrás.

Excelente trabajo de investigación y recopilación, necesaria exhumación del arcón de los recuerdos de antiguos vecinos a la que Manuel Vázquez supo poner su peculiar, amena y picaresca impronta. Esencial ilustración la de Kripto, que tan bien supo captar el espíritu de cada sucedido.

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