Soy mano: Rumores que llegan, rumores que van

por Víctor Koprivsek
sábado, 19 de noviembre de 2011 · 00:00

 

 

La calle manda, el gentío crece, coches caros mezclándose con carros, tracción a sangre en ambos lados y en el medio, sanguche y dolor, a quién le importa.

Alegría que explota y barrio vulnerado, agujereado, roto, en pedazos, caballos con anteojeras, cansancio, puro cuerpo molido, cabeza gacha, rumor que destruye.

¿Quién gana?

Enanos gigantes dentro nuestro, cuchichean, te dicen al oído –Cerrá la puerta, vas a quedar mal, no hagas nada, abrite. A quién le importa.

Mientras tanto la marea sube, la mierda se va para arriba y abajo, el agua clara limpia. Viene limpiando al pueblo sucio, con papeles tirados en las paradas de colectivos, pegatinas en las paredes, el agua corre cristalina mientras caen los amigos, mientras las lágrimas no alcanzan a sanar pero se suman al río bravo de lo que vendrá. Son gotas sensibles, son fortalezas.

Tormentas después de la alegría, demasiada entrega para que quede todo así, con pura victoria.

No, no señorito, explota la ira, la intolerancia, tu herida tan tuya que se vuelve todo.

No, no señora, que usted no importa y sí. Pero la multitud avanza, salen debajo de las piedras, entre las espinas brotan, saltan, ríen poco pero cuando ríen, eso sí, eso sí que es la esperanza.

Hay demasiada luz en los rincones, faroles de luz que molestan.

Qué querés con semejante oscuridad, hay que arrancarla de raíz… pero quién se mete en el surco bajo el sol (“como los bolitas”, dice una desubicada).

La película sigue, la cinta corre, no para aunque vos te quedes discutiendo, vos y yo, todos. Hay paredes tan duras, muros tan altos y cerrados, están adentro mío, adentro tuyo.

¿Mirás para otro lado?

Te aferrás a tus razones profundas, a tus convicciones, ideologías, creencias, con Dios o sin Dios.

Dónde están los capaces de dejarlo todo y zambullirse generosos al nuevo océano abrazador, dónde están los comunes, los simples, los sencillos, esas y esos que tanta revolución twitean.

Adentro mío, adentro tuyo, la vanidad corrompe sueños, aleja humanidad, te empuja a la parcela rancia de los prejuicios.

El barrio espera, silencioso por las siestas, en soledad después de los trenes pesados que abren las compuertas y luego parten, hacia un horizonte de banderas inquietantes, desmesuradas, intransferibles.

¿Quién gana si te vas? ¿Quién gana si te quedas sin alegría? Con tu verdad chapaleando en la mentira. ¿Quién gana si bajamos los brazos?

Esto es para mí, para vos, para nosotros.

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