Apuntes desde la otra vereda: Pearl Jam en La Plata

Por Hernán Deluca
miércoles, 16 de noviembre de 2011 · 00:00

 

Parado en el corazón de la cabecera sur, con la mirada hundida en el escenario, comprendo que este recital ha llegado en el momento justo. Es una coincidencia divina, una situación que consuela a mis párpados cada vez más pesados.

Desde el año 2005, desde aquella noche inolvidable en la cancha de Ferro –también, en noviembre–, que estoy esperando a Pearl Jam. En aquel momento, su líder, Eddie Vedder, conmovido por un público que sabe cómo agradecer, prometió regresar. Pero, la espera se hizo chicle y en mi reloj las agujas giraron, rodearon navidades y mancharon dientes. Para colmo, desde hace un buen tiempo, mi cuello ya no quiere saber nada con recitales en estadio, donde hay que estirarse todo para poder ver algo.

Los de Seattle sacaron discos (en estudio, fueron dos; “Pearl Jam” de 2006 y “Backspacer” de 2009), filmaron un documental sobre sus 20 años de vida (“Twenty”, de Cameron Crowe acaba de estrenarse mundialmente), pero no daban indicios sobre su descenso a este lugar del planeta.

En eso estaba, cambiándole el peinado a la melancolía cuando la noticia explotó en mi monitor y el rock, ese amigo que no abandona, volvió a tocarme el hombro. ¿Ah, sí? ¿Vuelven? Ok, habrá que ponerse los bermudas y las All Stars deshilachadas. Empilcharme para la ocasión y acudir a un encuentro prometido en el silencio de mi juventud.

Arranca. Se apagan las luces del estadio y se activan las cosquillas en la panza. En esa íntima y mágica sensación está el porqué de todo. Explicarlo no tiene sentido. 

El comienzo es con “Release”, el tema que cierra su primer y gran disco, “Ten”. “Soportaré el dolor, libérame…”, de entrada, la banda se desnuda y eleva sus brazos al cielo en un acto de sinceridad que provoca lágrimas. Es un instante, porque inmediatamente llega “Go” y los corazones se aceleran al igual que estos pelos grunge que nunca tuve. A diferencia de lo expresado en la letra, deseamos que se nos abalancen. Algo que harán a los largo de una treintena de temas, tres segmentos con el mejor rock que se puede ver por estos tiempos.

Autenticidad plena. Pearl Jam es un dispositivo preciso, donde cada una de las piezas no puede existir sin la otra. Todos se destacan, pero, al igual que en el 2005 mis ojos tienden a clavarse en Mike McCready, ese guitarrista que debería encabezar las listas de las revistas especializadas. Dios mío, ¡cómo toca! Veloz, apasionado, calmo y eléctrico, todo junto. La cabal representación de una estética que ya es un clásico.

Párrafo aparte a la conexión de Vedder con el público local. La misma responde a cuestiones que exceden la relación cantante-fans. Aquí pasa otra cosa, ambas partes ponen cabeza y alma, risas y llanto. Ideología y tripas. Y se nota. En piezas como “Just breathe”, “Even flow” y en esos covers que ligamos llamados “I believe in miracles” (Ramones) y “Mother” (Pink Floyd). No hay corazón que resista a semejante golpe emotivo.

Pero acá estoy, transitando las horas con el recital en mi cabeza. Un recuerdo que no se irá aunque la cintura se siga quejando.

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