Apuntes desde la otra vereda: 34 años

por Hernán Deluca

25 de marzo de 2010 - 00:00

El zumbido que se acopla al llanto, la sangre que se escurre entre los dedos. Corazones lacerados que perseveran y los ojos de la justicia en las manos del que no siente. Hace 34 años.

Caminar alivia, dijo mi viejo con su ejemplo. Darle para adelante, la efectiva manera de echarle agua al dolor. Vivir, acariciado por la dignidad. Vivir.

Reír junto a ella y unirnos en la oscuridad también ayuda. Eso es algo que aprendí solito.

Juntos, caminamos hacia la utopía que, como dice Galeano, para eso está.

Pero, la persistencia nefasta del que prefiere distraer, del encubierto ignorante que mira para el costado, raspa las llagas de la calma. La de muchos.

Apareció. Ese rectángulo que me persigue desde hace un tiempo, iluminando las pesadillas, se vuelve a proyectar. Una pantalla imaginaria, ventana al dolor, exhibe la historia firmada por los asesinos. El maquillaje se modifica para avejentar a los personajes mal nacidos; pero, surgen otros. Jóvenes, brillantes, perversos. Jugando aquella vieja representación que se construye entre las cenizas.

Egoístas, ensimismados en su propia basura, cruzan la calle, toman helado, van al teatro, se emocionan con una flor. Reclaman, piden, se quejan. Los veo, ahí están. Desafiando a mi tolerancia, hurgando en mi paciencia, golpeando las puertas de la integridad. Espejo roto al que debo mirar para no olvidar.

Con corbata o sin corbata. Con bigote o sin bigote. Estereotipos.

Mediocres funcionarios manchados por las mentiras, rechazan a la historia y prolongan el sufrimiento. Les cuesta caminar, pero los cretinos lo consiguen. Trepan por encima de los muertos y sonríen en la pantalla de todos.

Los escucho, aquí están. Sentados frente a mí, con el chiste en la punta de la lengua. Comen, beben, festejan en mesas robadas. Hasta se enojan. “Esto está cada vez peor”, “Es el caos”, “Que se mueran todos”. Se delatan cuando cambian su fisonomía. Son los que se ponen rozagantes ante el analista económico o el candidato apocalíptico que fue, es y será funcional a la desigualdad. Esa que deja afuera a sus propios hijos. Y no les importa. Prefieren darles la espalda y arrodillarse cuando aquellos defensores de la injusticia hablan.

Cagones que ocultan su deseo por un pasado inmediato. Corren detrás de fantasmas cercanos, residuos de una prosperidad para pocos, para proponerlos en los casilleros del poder.

Celebrarán eternamente una foto, la que expone la oposición a la vida.

Sabemos que insisten. Que van más allá, anhelando a los otros fantasmas. Babas que caen al reivindicar el horror. “Con los militares esto no pasaba”. Ya soltaron la frase. Y, la provocación que no termina. Se clava en la piel, desafiando a la tolerancia, hurgando en la paciencia. Hace 34 años.

Igualmente, no me desespero, porque, continuamente, llegan otras voces, otros brazos. Los que me rescatan de la pesadilla.

En silencio o a los gritos, apagan la pantalla, eliminan el zumbido y sanan los corazones. Están aquí, caminado hacia la utopía, ese horizonte que no alcanzaré pero que, al menos, me permite avanzar.

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