Apuntes desde la otra vereda: La voz eterna

por Hernán Deluca

miércoles, 10 de marzo de 2010 · 00:00

Hace unos años. La laguna negra, la arena blanca. Fui por sus calles, me acerqué a su gente. Hasta soñé con la posibilidad de cruzarme con su poesía, la miel en su garganta. Junto a la delicadeza de la guitarra, verdaderas responsables de una escapada con sabor a inmadurez y atropello. Afortunadamente, el tiempo tuvo la magnífica idea de seguir su camino.

Atrás, acariciándome los talones, Salvador de Bahía.

Una noche, después de una tormenta que duró algo así como un año, el amor se plantó con firmeza en mi escenario oscuro. Justamente, ayer se lo dije al espejo: tenías que esperar.

Desde que su imprevista imagen se eyectó en el monitor, mis oídos me abandonaron y apuntaron hacia él.  ¿La consecuencia? Durante unos días fui más tonto que lo habitual, hasta imaginé la siniestra posibilidad de perdérmelo. Sí, otra vez. Y, cuando eso sucede, suelo ser ese trapo desdichado que se escurre hasta vaciarse. Síntomas que emergen cuando las ganas son reprimidas: mi espalda que exhibe unos pequeños granos, el estómago que se endurece con un trago de agua y el paladar que se inquieta cuando la bocanada de bronca intenta seguir un curso antinatural. Para disimular, voy hacia sus discos. Cuatro décadas que, supongo, nacen con la espuma del mar, viajan hasta la influyente Londres, abren los brazos a Jobim, Vinicius, Gardel. Pasan por la sutileza de Morelembaum y se detienen en el repentino estruendo de la banda Cé.  Así anduvo este hijo de Os Mutantes, devorando y reescribiendo.

Ya me pasó con Patti Smith y con Elvis Costello. Las canciones, así, desnudas en mi cocina, no sirven. 

Vamos, por favor te lo pido. Su insistencia me empuja hacia un abismo conocido. Pero, en el preciso instante en que estoy cerrando los ojos para que el golpe no me impresione, un gesto maravilloso se asoma en formato de e-mail. Expresa: Vénganse. Arrójense a la aventura.

Ni bien envío la respuesta, mi cuerpo ya está volando sobre la calle Rivadavia, sumergiéndose en una ducha rápida, poniendo el culo en el 57.

Subte, miradas, el grito de la ciudad. La espera en la vereda del Gran Rex, el cartel de All Acces colgando de mi cuello. Aquella foto de Caetano Veloso que apareció en mi monitor, ahora es exhibida en un brillante resplandor de realidad.

Aquí estamos, sentados en la fila 6, los ojos con ganas de estallar.

Tardo en reaccionar, en comprender que la escenografía es un aladelta a punto de despegar. Metáfora de su música. En la pantalla, gotas sobre el empedrado, un urgente recorrido por La Habana, relámpagos en la Base de Guantánamo. “El hecho de que los americanos no respeten los derechos humanos en suelo cubano es simbólicamente demasiado fuerte como para no sacudirme”, protesta con profundo lirismo en una canción que ya no se irá.

Pedro Sá en guitarra, Ricardo Dias Gomes en bajo y teclados y Marcelo Callado en batería, el insuperable trío rockero que engaña gracias a su aporte de altas dosis de excelencia. Por último (o primero, debería decir), su cuerpo. El de ese actor, bailarín y cantante que maneja la escena como pocos, desplegando un arsenal de mínimos movimientos que seducen, incluso, al que recién se asoma a su obra. “María Bethânia”, “Odeio”, “Força extraña”, viejas y nuevas canciones cautivando a las más de tres mil personas que rodean mi asombro. Dos horas viviendo un oasis maravilloso, mágico y necesario.

Así finalizó la noche donde la voz eterna de este rey de las apariencias mejoró los días por venir. Por todo esto, querida Vicky, muchas gracias por el milagro.

Comentarios