Soy Mano: De viaje

por Graciela Labale
sábado, 6 de febrero de 2010 · 00:00

Y por ahí anduvo el Soy mano, de viaje, recorriendo a vuelo de pájaro una Europa que no deja de sorprender a cada paso.

Una partida demorada me hace entrar en ese clima de torre de Babel en que se ha convertido este mundo post globalización, desde Ezeiza mismo. La llegada a Madrid, a un supermoderno Barajas, anuncia lo que va a venir.

Día libre dice el apretado programa del tour. Me dedico a caminar sola y disfrutar de una ciudad y una gente que no dan lugar al aburrimiento. Tras una vuelta por la Gran Vía, con sus teatros y sus tiendas, decido recorrer la ruta de Sabina. Voy en el Metro a la Feria del Rastro, sin boina calada al estilo del Che, pero sí con ganas de conocer ese loco mercado callejero donde se puede encontrar casi todo y comer unos buenos Callos a la Madrileña en bolichón aledaño.

 Al día siguiente inicio una caravana que llegaría a su fin después de andar alrededor de 6000 km. por rutas europeas. La plaza España, la Fuente de Cibeles, el Palacio Real, el Museo del Prado, Toledo (en el tren de alta velocidad desde Atocha), el Parque del Retiro, la Casa del Libro y por supuesto salida de bares con jamón serrano y buenos vinos, es el comienzo.

Después de atravesar la campiña española y francesa rica en agricultura, con sus famosísimos viñedos, llego a Bordeaux tras un paso por Blois, ciudad para cuentos de hadas con su imponente castillo.

 Noche de descanso reparador y vuelta a modernas carreteras rodeadas de pueblos antiquísimos donde el tiempo parece detenido en la época de los Luises para más tarde anclar en París. Ahí el pecho se me infla de emoción y no puedo más que largarme a llorar tras mi primer encuentro con el Sena, la torre Eiffel, el Arco del Triunfo, Saint Germain, más la música de Piazzolla y la sombra de un siempre joven Cortázar dando vueltas por mi cabeza.

Los días siguientes son a puro Louvre, Versalles, Notre Dam, los Inválidos, Plaza de la Concordia, Campos Elíseos, lugares donde la historia de la civilización occidental parece que se te viene encima.

 De yapa y perdiéndome en los subtes y trenes parisinos cumplo con el sueño, diría gardeliano, de llegar a Montmartre, el barrio de La Boheme. Baguettes, quesos riquísimos, vino caliente, sopa de cebolla y castañas humeantes acompañan los días parisinos y ayudan a paliar el frío de afuera.

 Todo sabe a poco, ésta es una ciudad a la que hay que venir una y cien veces para conocerla bien. Muchas cosas quedan afuera, como en todo el recorrido. Ahora la meta es Roma, de paso, una noche en Heidelberg, Alemania, impresiona pensar en la resurrección después del horror.

Un día atravesando los Alpes nevados descanso nocturno en un pueblito de Austria y llegada a la frontera con Italia, ahí sí se me estruja el cuore, entro a la tierra de mis nonos, a la que ellos nunca pudieron volver. Venecia y Florencia. Miguel Ángel, el Dante y Leonardo esperan agazapados para sorprenderme otra vez.

Aquí se respira arte. El encuentro con el centro del imperio, no se puede creer. A cada paso uno se enfrenta permanentemente con la historia. El Coliseo, el Foro Romano, la Fontana de Trevi y yo convertida en una especie de Anita Ekberg del subdesarrollo, el Vaticano, y las obras de arte más impresionantes del  planeta están allí multiplicándose en todos los museos e iglesias que pude visitar.

Devoro Roma y Roma me devora a mí. Pero la ruta debe continuar con la proa puesta en Barcelona tras un descanso en Niza. Y otra vez el reloj, ese tirano implacable, hace que me quede con ganas de más Gaudí, barrio gótico, ramblas y todo lo que ofrece la capital de Cataluña.

Hay que volver pienso, pero… ¿a dónde? El viaje está por terminar, se acabó la fiesta diría el Nano. Regreso a Madrid con parada en Zaragoza y visita a la Virgen del Pilar. Aquí me empieza a picar el bichito del retorno al pago, noche de jamón y vino en la Gran Vía y a casa.

Reencuentro con mis seres más amados y a laburar. Gracias vieja por esta herencia, la mejor, como ella misma diría.

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