A la hora de abrazar, de ser tribu que acompaña, de poner el hombro, la oreja y las manos para trabajar y levantar a otra que lo necesita no hay como las mujeres y las diversidades que se perciben como tales. Y disculpen los varones hetero_cis que puedan ofenderse con el comienzo del texto pero somos nosotras las hacedoras de esto.
Soy mano: Mujeres y femeneidades
por Graciela Labale
Permítanme contarles un par historias que conozco y vivo de cerca.
Aquí va la primera. Suelo comprarme, desde hace un tiempo ya, alguna que otra pilcha, sólo cuando es imprescindible, ya que la jubilación no alcanza para andar cambiando vestuario, o para regalar, en un local muy cerquita de casa, en Pilar centro. Ya cuando crucé la puerta por vez primera, atraída por algo que vi, sentí que estaba en un espacio distinto y no justamente por la exclusividad de la ropa, ni nada parecido, sino porque ahí, olí a buen trato. Hoy por hoy, donde la palabra “humanidad” parece fuera de moda, noté que allí había trato humano. Compré y volví, ya no a llevarme un vestidito, sino a chusmear, a ver qué pasaba puertas adentro. Las clientas son recibidas con una sonrisa y en la ropa entran todas. Jamás un “no…para vos no hay talle” pero además, un plus. Me tropecé con una “tribu” que va, se sienta en una silla al lado del mostrador solo a charlar, a encontrarse, a sentirse contenidas. Algunas entradas en años o en kilos, muchas con su soledad a cuestas, otras muy jóvenes que miran, compran o no, unas y otras vuelven. Así conocí a las Alicias, a Marta, Laura, Susana, Claudia y tantas otras que solo pasan un rato a sentir que tienen un lugar, que hay una otra que “les hace lugar”. Su mentora se llama María, ni el apellido sé y su local “A que sí” está en Gamboa entre Vergani e Ituzaingó. Ojalá pasen, vean y sientan ustedes también.
Y acá va la segunda historia. Todos los que transitamos por la calle Chacabuco alguna vez, pasamos por su vereda. Es una casita antigua, con un pasillo de costado, donde desde hace varios años viven personas de la comunidad trans_travesti. Muchos vecinos, de los que nunca faltan, la señalan como la casa de los “putxs”, de los que laburan en la zona roja y otros irreproducibles etcéteras. Hace un tiempo ya, conocí a Marisol Brandan, tal como dice su documento, en las calles, en esta lucha común por conquistar derechos. Nos empezamos a vincular, me invitó a su cumpleaños y como no pude estar, pasé días después a matear y otra vez lo mismo. Me topé con un hogar, una “tribu” que ahora aspira convertirse en “La casa de las muñecas” y con una finalidad que de a poco se va cumpliendo: albergar, apapachar, ayudar a quien la está pasando mal y por sobre todo “hacer lugar” a quien socialmente no lo tiene. Excluidas, no nombradas, maltratadas, prostituidas por una sociedad prostituyente, pelean para salir de un destino pre fijado: persecución, calabozo, maltrato del sistema de salud, pérdida de la dignidad, muerte temprana o ¿suicidio en una comisaría? Algunas con empleo oficial, otras sobreviviendo como pueden o como las dejan, queriendo salir de la calle pero sin saber el cómo, excluidas hasta por sus familias y en peor de los casos, manejadas por oscuros personajes. Pero allí nunca faltan los abrazos y un plato de comida caliente.
En esta bella y vapuleada patria en la que vivimos, lamentablemente estamos llenos de “no lugares”, encontrar dos a la vuelta de la esquina, es una verdadera fortuna.
Mujeres y diversidades unidas para hacer mejor la vida de su tribu.