Literatura

Melodía de arrabal: Madrugadas

Por Mauro Peverelli

18 de mayo de 2024 - 23:01

Sacó la bicicleta y la apoyó en el alambrado y después se volvió para cerrar la puerta. La madrugada fría y neblinosa. Se subió a la bici y empezó a pedalear para el lado del asfalto. Las luces blancas encima de las columnas enmarcadas con una inmensa aureola de bruma. Los perros habían destrozado unas bolsas de basura del canasto en la casa del paraguayo. Pasó esquivando latas vacías de conserva y cajas de tomates y pañales descartables. Miró el portón en la casa de Tamara. La bicicleta de la nena tirada en el patio. Había una luz prendida en la cocina.

Llegó a la diagonal y vio pasar el colectivo vacío hacia el fondo de Luchetti. Cruzó el paso a nivel y vio la farmacia y el mercado y la parrilla al final de aquella cuadra. Las luces a lo largo del camino como un inmenso rosario de cuentas que se perdían en la distancia difusa y neblinosa. Casi no había autos. La subida de El Ombú siempre dueña del cansancio de las piernas. Llegó a las vías del Urquiza. Se quedó esperando. La respiración agitada y vaporosa. Miró la hora y después hacia el callejón que bordea las vías y llega hasta Fátima. Era temprano. Después de unos minutos vio en el final del callejón la bicicleta de Arturo acercándose. Se detuvo al lado suyo y miró la hora en el teléfono. Puntual como un suizo, dijo. Dale, suizo, dijo él, empezá a pedalear que vamos a llegar tarde.

Desde que no podía comprarle nafta a la moto se venía a trabajar en la bici. Se encontraban por el camino con Arturo y pedaleaban juntos todo lo que faltaba del recorrido hasta llegar a la fábrica.

Siguieron en dirección al Parque. La madrugada se extendía más sincera y convincente allí donde las luces se espaciaban y la dejaban a solas con la bruma. Los camiones bajando por el camino de macadán. Vio una lechuza parada sobre un poste del alambrado. Inmóvil y hermosa como una gárgola. Le iba contando a Arturo sobre Tamara. Amontonaba palabras intentando esconder las intenciones. Arturo la conocía. El padre de la nena había trabajado con ellos en la fábrica. Cuando se separó de Tamara se mudó a Mar del Plata y ya no volvieron a verlo.

Aflojaron la marcha porque estaban llegando temprano. Vieron salir al viejo Garisto con la camioneta del reparto cuando estuvieron en el portón de la fábrica. El viejo saludó con un gesto y desapareció por el mismo camino que ellos habían llegado. Se jubila, dijo él mientras le ponía el candado a la bicicleta …este mes. ¿Garisto?, preguntó Arturo. Sí, hablé con el Turco para que me dé el reparto… me dijo que sí, que seguro me lo daban porque están buscando un remplazo y… Tenía un novio, dijo de pronto Arturo. ¿Quién? Tamara… ¿no estaba de saliendo con el Flauta Ramírez, el que vive ahí en la esquina? No, dijo él escondiendo una sonrisa que le nacía sola cada vez que hablaba de ella. Eso fue hace unos meses, ahora está sola, no está saliendo con nadie no… Sonó el timbre. Pusieron el dedo en la máquina para fichar y entraron.

La semana fue corta. Había un feriado y ese día durmió hasta tarde. A la noche empezó a llover y cuando salió a la madrugada tuvo que ponerse la capucha impermeable. En la casa de Tamara siempre la luz prendida en la cocina.

A la tarde cuando salieron de la fábrica seguía lloviendo. Le entraba agua por el cuello y por los agujeros de la capucha y cuando pararon en el mercado estaba tiritando de frío. Con Arturo compraron algunos víveres. Se los repartieron en la entrada del supermercado chino mientras esperaban que aflojara la lluvia. ¿Trajiste la bolsa? Preguntaba Arturo mientras rompía el paquete de arroz en la parte de arriba. Él abrió la bolsita de plástico y Arturo hizo caer la mitad del arroz allí entro. Después le dio los tres huevos y una de las dos cajas de tomate. Metió todo en la mochila. Se quedaron mirando la lluvia en silencio. Los autos pasaban levantando una cortina de agua cuando pisaban el inmenso charco que se formaba en el huellón donde se hundía el asfalto.

Esa misma noche cayó en cama. Sentía el cuerpo caliente y la espalda y la garganta doloridas. Se despertó de madrugada con una sed espantosa. Quiso levantarse pero los dolores y la fiebre lo mantuvieron postrado. Faltaban dos horas para que sonara el despertador y tampoco conseguía dormirse. Le mandó un mensaje a Arturo diciendo que estaba enfermo y no iría a trabajar. Le dijo también si podía avisar para que le enviaran el médico de la empresa.

Volvió a dormirse. Una metralla de estampas como fotos que alguien le disparaba a la cara y él alcanzaba a ver cada una de las imágenes un segundo antes que se desvanezcan. Su madre saludando con la mano en alto; las cajas apiladas en los pallets antes de cargar la camioneta de Garisto. La bicicleta atada en la reja de la fábrica; una lechuza inmóvil sobre un poste del alambrado pero en su casa.

Se despertaba. Durante unos instantes la vigilia estaba hecha de las disparatadas nociones que volvían posibles esas imágenes deliradas que veía en el sueño.

Un día después vino el médico. A él le pareció que habían pasado meses. Arturo le compró los medicamentos para todos los días que podía ausentarse del trabajo. Se sentía bastante mejor cada vez que tomaba una de aquellas pastillas. Pasaba muchas horas acotado mirando el teléfono. Se metía en las redes sociales de Tamara para poder verla aunque sea en fotos. Intentaba armarse de coraje para ir y hablarle cuando se sintiera mejor.

Empezó a levantarse y hacer cosas en la casa. Una tarde se puso a cortar el pasto y la máquina se rompió y estuvo hasta la noche tratando de arreglarla. Cuando vio que tenía que comprar un repuesto la dejó desarmada en el galpón y la miró antes de salir y pensó que allí se quedaría por un largo tiempo. Cuando tenga el reparto, pensaba …vengo un día con la camioneta del reparto y le llevo la máquina a Maturana y que él la arregle y la arme y… Empezaba hacer planes para el futuro inmediato porque le quedaban pocos días de licencia médica.

Las dos últimas noches durmió bien. A la mañana se levantaba con una rara energía que le hacía pensar que nunca había estado enfermo. La última tarde abrió todas las puertas y ventanas para que la casa se ventilara. Levantó las sillas y las puso arriba de la mesa y sacó el sillón al patio y baldeó todos los pisos.

A la noche le escribió a Arturo para avisarle que a la madrugada lo esperaba como siempre en el callejón de Fátima. Arturo no contestó.

Sacó la bicicleta y la apoyó en el alambrado y después se volvió para cerrar la puerta. No hacía tanto frío. Una luz se había apagado antes de llegar al asfalto. El colectivo estaba parado haciendo tiempo en la esquina. Cuando pasaba frente a la casa de Tamara vio la camioneta del reparto de la fábrica en la entrada. La bicicleta de Arturo estaba cargada en la caja. La luz siempre prendida en la ventanita de la cocina.

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