Literatura

Melodía de arrabal: Los mandados

por Mauro Peverelli

7 de abril de 2024 - 00:56

Nico

Pateó una piedra y vio que no se movía entonces volvió a patearla. Pasó Tiago en la bicicleta y lo saludó, vamos a jugar a la pelota, Nico… le dijo, están el Chila y Marcelo en la canchita. No puedo… gritó él cuando Tiago se alejaba en la bici. Tengo que hacer los mandados... Se quedó pensando si Tiago lo había escuchado. Se agachó para sacar la piedra que estaba enterrada. La tiró para el lado del campito. Se escuchó el ruido en los pastos cuando la piedra caía. Corrió a un gato que estaba a los saltos tratando de cazar una mariposa. Delirada y breve danza donde entran en juego la acechanza y la vida. La hizo subir de escala corriendo al gato casi una cuadra.

Habían prendido fuego unas hojas en la vereda. No había viento entonces el humo suspendido en el aire opacaba las luces que la tarde iba haciendo aparecer en el frente de las casas como estigmas señalando perpetuas heridas en la carne ruinosa. Se escuchó un bocinazo largo y filoso a lo lejos, después unos gritos y unas risotadas. Vio pasar un colectivo casi vacío. Carabassa, decía el cartel luminoso. Sacó las dos bolitas del bolsillo. Seguía lamentándose cada vez que las veía. Había perdido las otras dos jugando con Luquitas. Sabía que no podía ganarle pero igual insistía, ciego y porfiado como un creyente esperando que su dios le dé alguna señal para seguir adelante. Volvió a meterlas en el bolsillo. Una sensación extraña. No tuvo tiempo de tener miedo ni de preocuparse. Un asombro más grande que todo eso se desbordaba como el vértigo del viento que vuela las cosas. En el bolsillo no estaba la plata de los mandados.

Claudio

Vio cuando se le caía algo del bolsillo y le gritó antes de que llegara a la esquina. Nico no lo escuchó. Siguió corriendo y dobló en la esquina y allí lo perdió de vista. Llegó hasta donde estaba el papel que a Nico se le había caído. Apoyó el cajón con las plantas en el piso y se quedó sentado en la vereda de ladrillos con el papel en la mano. Era una lista de los mandados con cinco billetes de mil adentro. Marta lo va a matar, pensó Claudio en medio de una sonrisa cansada. Se levantó de golpe y caminó hasta la esquina pero no pudo verlo. Volvió hasta donde estaba el cajón con las plantas. Le dolían las piernas cuando se agachaba. Había caminado toda la tarde por unos barrios de Villa Rosa y había vendido solo dos plantas, un malvón y un pensamiento. Se había tomado dos cervezas. Casi no le quedaba plata.

Con el cajón al hombro le ofreció las plantas a una señora que regaba la calle para asentar el polvo en el frente de su casa. La mujer ni le llevó el apunte. Apenas se negó con la cabeza y siguió regando. Caminó para el lado del almacén del Sili. Hacía calor. Desde el costado donde caía el sol se venía enrojeciendo la tarde. Algunas luces en la calle ya estaban prendidas. Una cerveza, pensó. La última. No le alcanzaba la plata; pero el Sili se la fiaba… ya le debía unos cuantos pesos del mes pasado.

Alguien cortaba el pasto en los terrenos para el lado de la canchita. Se oía el ruido de la máquina y el viento traía el olor de la combustión y del césped recién cortado. Miró para el lado de la ruta. Un tránsito raleado y lento como un reptil enorme arrastrándose fatigado y perezoso. Sacó del bolsillo los billetes de Nico. Volvió a pensar en la cerveza. Me alcanza para dos… se dijo cuando entraba al almacén del Sili. Saludó a don Amílcar que salía. Silicona… dijo cuando el Sili le tendió la mano y le hizo una sonrisa. Al fin uno que viene a pagar lo que debe, le decía. Él se reía. Dame una birra, le dijo… helada.

Nico

Se volvió por el camino hasta donde había visto al gato. Buscó entre los yuyos. La voz de su madre empezó a oírse en su cabeza. Tu padre sin trabajo… contando las monedas y vos… Le aterraba pensar que volvía a su casa con las manos vacías. Recorrió todo el camino que había hecho. Ya había pasado mucha gente; era un milagro si encontraba la plata. Un impulso lo hizo salir corriendo para el lado de la canchita. Los gritos de los pibes y el ladrido de unos perros a lo lejos. Pasó un auto a toda velocidad levantando el polvo de la calle.

Estaba oscureciendo. Cuando llegó a la canchita apena se veía. La ubicación de la pelota era una noción difusa hecha de gritos y del zapateo atropellado levantando el polvo donde los pibes se amontonaban. Tiago lo vio y le hizo señas para que entre a jugar. Se puso a correr junto a los otros esperando que alguno lo viera y le tirara un pase. Lo pensamientos atropellados. Iba apretando en su cabeza los gritos de los pibes y los de su madre amenazándolo con castigos que casi nunca cumplía pero que la sola pronunciación intimidante en boca de ella lo aterraba.

Se estaba haciendo de noche. Los pibes empezaban a irse a medida que los iban llamando. Algunos a los gritos desde las casas cercanas, y otros a través del sonido insistente de los mensajes cayendo en los teléfonos celulares. Se quedó vagando por las calles del barrio. Jugaba a pensar que agarraba cualquier calle y caminaba sin mirar atrás y no volvía nunca. Pero se iba acercando a su casa mientras lo pensaba. El portoncito abierto. Todavía no habían prendido la luz del patio y la puerta estaba cerrada. Se fue acercando despacio. Unas sombras se movían en la ventana de la cocina. Pensó en su madre furiosa yendo de un lado a otro entre platos y ollas vacías. Abrió la puerta sin hacer ruido. Estaba oscuro. Igual vio arriba de la mesa las bolsas llenas con las cosas que él no había comprado y eso terminó de aterrarlo. Al ver que él no volvía su madre seguro tuvo que salir a comprar ella. Seguro tuvo que pedirle fiado a Clarita… o en el mercado… se decía mientras se deslizaba en silencio hasta su pieza. Estuvo acostado fingiendo dormir durante un rato. En un momento sintió que su madre abría la puerta de la pieza. Se hizo el dormido. Oyó un suspiro y que la puerta se cerraba nuevamente. Esto fue lo que más nervioso lo puso. Pensó que estaba esperando a que llegara su padre para contarle todo. Unos minutos después escuchó que su padre llegaba. Escuchó que hablaban. Ya no pudo soportarlo. Se levantó de un salto. Abrió la ventana y salió al patio. Pisó dos plantas cuando cayó del otro lado. Empezó a correr cuando estuvo en la vereda.

Claudio

Abrió el portoncito de alambre y fue hasta la puerta. Golpeó y en unos segundos apareció Marta secándose las manos en un repasador. Él le preguntó por Nico. Fue hacer unos mandados, dijo Marta. Ah… no volvió todavía, dijo él, …porque me lo encontré hace un rato, se iba a jugar a la pelota con los pibes… me dio la plata y la lista y me dijo si le podía comprar todo esto. Le alcanzó las bolsas con la mercadería y el vuelto. Este chico… decía Marta en un gesto mitad sonrisa y mitad agradecimiento. Ya me va escuchar cuando vuelva. No pasa nada Marta… yo tenía que pasar por acá… justo lo llamaron para jugar y… Sí, decía ella con una expresión ahora un poco más comprensiva. Estuvo todo el día con los deberes, que juegue un rato a la pelota le va venir bien… Qué es eso, preguntó de pronto. Plantas, dijo él mostrando el cajón casi lleno. Marta quedó encantada con las plantas, le gustaban todas. Dame estas dos, le dijo y eligió dos malvones. Se metió a la casa y volvió con la plata y le dijo gracias nuevamente. Él salió del patio y antes de llegar a la vereda vio como ella acomodaba las plantas debajo de la ventana, la que daba a la pieza de Nico.

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