Literatura

Melodía de arrabal: El remís

por Mauro Peverelli

30 de junio de 2024 - 09:06

El parabrisas del auto apenas mojado con la lluvia de la noche. Cuando llegó al asfalto dobló para el lado de la avenida. La madrugada oscura y silenciosa. El amarillo del semáforo titilando como el parpadeo de un dios desvelado y perezoso. Antes de llegar a la agencia empezaba a llover de nuevo. Estacionó en la puerta. Había dos autos, el de Jorge y el Renault 19 con uno de los pibes. Los dos dormían sentados al volante. Se bajó y corrió los metros hasta la puerta de la agencia. Angelito jugando al solitario en la computadora. Se escuchó un trueno. No pasa nada Osvaldo, le dijo Angelito, los tengo a aquellos dos apolillando desde la medianoche; querés mate… calentá porque el agua está helada. No… dijo él, me voy a dormir un rato al auto, si sale un viaje llamame. Dale, dijo Angelito con los ojos siempre en la pantalla.

Cerraba los ojos. Dormitaba unos segundos y el frío lo despertaba. Oía la lluvia golpeando el techo del auto y volvía a dormirse. Soñaba que estaba en la fábrica, parado al lado de la máquina embazadora que había manejado durante más de veinte años. Escuchaba un estruendo terrible y pensaba que algo se había roto en la máquina. Se despertó de golpe. El estampido seco del trueno todavía zumbando en los oídos.

Puso el auto en marcha y prendió la calefacción y volvió a dormirse. Cuando se despertó todavía estaba oscuro. Los otros autos no estaban. Había dejado de llover. Angelito enfrentado a la pantalla como un penitente atento a que los demonios no se escabulleran por las grietas en las distracciones de su letanía. Puso a calentar el agua. Antes de tomar el primer mate salió un viaje al centro.

Fue hasta la casa de doña Clara. Tocó bocina una sola vez y la mujer salió con el paraguas en la mano. Entró a Pilar por 11 de Septiembre y dobló por Tucumán y la dejó en la puerta del edificio donde ella limpiaba las oficinas. Las conversaciones siempre interrumpidas. Doña Clara saludando del otro lado del vidrio y las historias de su hija y de sus nietos contadas por la mitad. Él solo escuchaba. A veces trataba de memorizar la conversación del día anterior para preguntar por el final de alguna historia pero siempre se olvidaba.

Un amanecer sucio y desleído como en una pintura impresionista. La mitad de la mañana hablando con Jorge y con Angelito. Las risas y las anécdotas de Jorge se llevaban las horas; los trabajos por los que había pasado; los negocios que había abierto y cerrado a lo largo de los años. Una vez abrí un quiosco y lo cerré en la segunda semana, contaba Jorge; vino un chico dos veces a comprar cincuenta centavos de gomitas… no entraba nadie. El viernes de la segunda semana veo venir al pibe desde media cuadra, me metí adentro del local y bajé la persiana antes que llegara… tenía una amargura. Pobre pibe… se reía Angelito, a lo mejor le creaste un trauma por las gomitas que no pudo comprar ese día y hoy es un asesino serial que mata quiosqueros mientras mastica gomitas de eucaliptus. Los tres se reían. Cuando le tocaba a él era siempre más sencillo y menos interesante. Contaba lo de siempre. Veinte años prado al lado de una máquina envasadora, vigilando que no se detenga la línea y contando las horas para salir de la fábrica. Cuando llegó el nuevo jefe de personal se puso interesante, dijo, lo trajeron para reducir la plantilla; Macario… era un tipo jodido, de esos que disfrutan echando gente; se sentía el dueño de la empresa, se sentía intocable.. flor de hijo de puta Macario. Me echó una mañana fría y nublada como esta; me hizo entrar a su despacho. Yo miraba la lluvia en el parque de la fábrica por la ventana de su oficina. Parece que hasta acá llegamos Osvaldito, me dijo. Yo ya me la veía venir, el tipo me tenía entre ceja y ceja… pero no te jodía tanto que te rajaran sino la actitud del tipo… dueño del mundo, seguro de que a él nunca le pasaría lo que a los demás compañeros… quedarse sin laburo y… qué sé yo… tener que abrir un quiosco en la ventana de tu casa, ponerte a manejar un remís. Se quedaba sin palabras. Se daba cuenta que todavía lo afectaba todo aquello.

La semana fue igual de tranquila. Cayeron dos heladas pero durante la mañana brillaba un sol radiante y hermoso. Había pocos viajes. La plata apenas alcanzaba para pagar la cuota del auto y a veces ni siquiera para eso.

Una mañana doña Clara le contó una historia entera y él por primera vez se sintió satisfecho. En realidad la contó al revés. Se subió al auto. Saludó. Se quejó del frío. A mi nieto lo metieron preso, dijo; pero ya lo soltaron; lo confundieron con otro y cuando se dieron cuenta lo soltaron. Él se sintió tranquilo. Sabía que doña Clara desarrollaría toda la trama, o gran parte de ella, durante el viaje hasta el centro de Pilar. Pero por primera vez él tenía el principio y el desenlace y eso lo dejó conforme.

Los pibes del Renault 19 eran los únicos que recaudaban. Se pasaban las madrugadas recibiendo llamadas y vendiendo porro. Angelito recibía su parte y hacía la vista gorda. Lo bueno de todo aquello era que él y Jorge solían agarrar los viajes que los pibes se perdían por estar entregando los pedidos.

Una mañana de fin de mes metió un solo viaje. Al mediodía cuando estaba a punto de irse sonó el teléfono. Angelito atendió y miró la hora y dijo que el viaje era del otro turno. Ya estaban llegando los choferes del turno tarde y Angelito lo llamó a un costado y le dijo que lo hiciera él. Hacelo vos Osvaldo, le dijo, hoy no te salió nada, por lo menos meté este que es un viaje largo… estos que están llegando ahora son todos nuevos, no tienen ni idea. Se refería a los choferes del turno tarde. De la agencia se iban y entraban choferes todo el tiempo, gente que se quedaba sin laburo y venía a parar al remís.

Cargó al pasajero en la estación de servicio de la panamericana y la ruta 25. El tipo se subió con el teléfono en la oreja. Lo apoyó un segundo en el pecho para saludar y para decirle que iba hasta Vicente López. Le dio la dirección exacta. Él la cargó en el GPS del teléfono y salieron.

El tránsito por momentos ligero y por momentos interrumpido y difícil como el cauce de un río pedregoso. En el segundo puente empezó a sentir un ruido en el eje de una rueda delantera. Se fue tirando hacia un costado y en el puente siguiente salió de la autopista. El pasajero seguía hablando por teléfono. Cuando se dio cuenta de que algo pasaba preguntó y él dijo que el auto se había roto pero que ya había avisado a la agencia y en unos minutos mandaban otro.

Se bajó y se puso a aflojar las tuercas de la rueda. Levantó el auto con el criquet. El pasajero seguía en el asiento de atrás con el teléfono en la oreja.

Cuando llegó su remplazo él estaba sentado sobre el neumático que había sacado y haciendo girar el semieje con la cruceta casi suelta. No había tenido tiempo de amargarse ni de ponerse hacer cuentas de lo que saldría reparar todo aquello. El auto que llegó era uno de los nuevos en la agencia. El tipo se bajó y se acercó hasta donde él estaba. Él empezó a limpiarse las manos con el trapo. El pasajero ya había hecho el trasbordo. Parece que hasta acá llegamos Osvaldito. La frase le sonó como un cachetazo. Levantó los ojos y vio a Macario, su antiguo jefe de personal en la fábrica. Estaba distinto: la barba crecida, el pelo más largo y despeinado. Siempre la misma jodida sonrisa en la boca.

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