Primero levantó la tapa del contenedor y después trató de dejarlo abierto. El olor de los desperdicios lo empujó hacia atrás y el contenedor volvió a cerrarse. Esperó unos segundos. Tomó aire. Aguantó la respiración y volvió abrirlo. Sacó dos latas vacías de cerveza y una de gaseosa. Vio un cuadernillo de papel y lo agarró y era un libro. Miró la tapa. Había un hombre a caballo. El gaucho Martín Fierro, decía en letras grandes, de color negro. Hizo correr las hojas. Le pareció ver un señalador entonces volvió las páginas hacia atrás. Toda la perplejidad y el asombro que entran apretados en el instante de la sorpresa. Había un billete de cien dólares.
Sintió un pinchazo en el costado y apretó el billete en el puño. Qué hacés Pelu… le decía el Chuqui estirando hacia un solo costado de la boca una sonrisa exagerada. ¿Qué encontraste? Nada… un libro, dijo él y se sintió nervioso como un chico descubierto paladeando la travesura. Con una mano le alcanzó el libro y con la otra metió el billete en el bolsillo del pantalón. Te dejo que estoy apuradísimo, tengo que ir hasta el… dijo y apretó la bolsa con las latas vacías en el canasto de la bicicleta. Se subió y empezó a pedalear para el lado de la Panamericana. El Chuqui se quedó masticando frases sobre el libro que ahora tenía en la mano. Me lo hicieron leer en la escuela, le decía mientras él se alejaba. Está buenísimo, está…
Hizo una cuadra, más de una cuadra y miró hacia atrás y vio al Chuqui con el libro todavía abierto en las manos. Se bajó de la bicicleta porque vio dos latas de speed. Las metió en la bolsa y empezó a caminar llevando la bicicleta del manubrio. El muro… pensaba mientras iba caminando; el tapial del lado de Valdemar… me alcanza para los materiales. Hacía cuentas de cuántos pesos eran cien dólares y cuánto gastaría en materiales para el tapial de la medianera con Valdemar. Valdemar vivía poniendo música a todo volumen y a cualquier hora y era imposible dormir. Un poco va aflojar, pensaba mientras revolvía con el palo entre un montón de ramas que alguien había apilado después de una poda. Con el muro un poco menos de ruido y… Sacó un cable de entre las ramas y lo miró y no servía. Era un pedazo de fibra óptica y no tenía nada de cobre. Miró hacia todos lados para ver si no había nadie. Sacó el billete del bolsillo y lo estuvo observando de ambos lados y seguía sin casi creer que la suerte lo había tocado aquella mañana. O la moto de Nancy, pensaba; la Nancy se vuelve a la provincia y está vendiendo todo y si le ofrezco los cien dólares y unos mangos a lo mejor me da la moto… a lo mejor… o cien lucas de faso, pensaba y se reía; lo llamo al Pituca y le pido cien lucas de flores y el Pituca se muere del susto… Se reía solo.
Vio pasar el camión de los volquetes para el lado de Agustoni y se acordó de la demolición en el mercadito. Había dos volquetes llenos y a lo mejor encontraba algo de cable o algo de aluminio. Se subió a la bicicleta y se puso a pedalear para ese lado. Empezaba hacer calor. Le pongo el carrito… iba pensando; saco el carrito del galpón y lo arreglo y se lo pongo a la moto si la Nancy me la vende, …es otra cosa, con la moto puedo recorrer otros barrios y es otra la plata que se junta.
Se puso a escarbar entre placas de yeso y perfiles de chapa de la demolición de viejas paredes de durlock. El camión cargó uno de los volquetes. Él se puso a revisar en el otro cuando escuchó otra vez la voz del Chuqui en su espalda. Estás en todos lados Pelusa, le decía el Chuqui; no te gastes… ya lo revisé esta mañana, no hay nada acá, estos tiran mugre nomás. Tenía los ojos colorados. Se los refregaba a cada rato y hablaba en voz baja y él pensó que le pasaba algo.
Caminaban para el lado del barrio. Cada uno llevando del manubrio su bicicleta cargada de porquerías. El Chuqui sacó una petaca de la mochila y le dio un trago y se la alcanzó a él para que tomara. ¿Qué pasa?, le preguntó en un momento. Lo veía triste y cabizbajo y empezaba a preocuparse. Nada Pelusa… cosas… viste cómo es, cuando empiezan las malas… la vieja… ¿Rosita?, preguntó él un poco asustado. El Chuqui vivía con su abuela Rosita. Ella lo había criado. Era una mujer mayor y cuando él, el Pelusa, hacía unos años, había perdido a su madre y había pasado por una etapa muy dura, de depresión, y estaba sin trabajo, Rosita cruzaba dos veces por día la calle hasta su casa, con un plato de comida, y no se iba hasta que él no terminaba de comer. Todo pasa con el tiempo, hijo, le decía, fuerza.
¿Qué le pasa a Rosita?, preguntó. Está un poco jodida… decía el Chuqui; no se sabe si es la presión o el corazón… la cosa es que tiene que hacerse unos estudios urgente y el turno que le dieron es para… Hizo un gesto abatido, donde cabían la resignación y la entera distancia de días que había desde ese momento hasta el día del turno de los estudios; … y en el instituto privado salen una fortuna, terminó diciendo. ¿Cuánto salen? Qué se yo… más de cien lucas… ni quise preguntar, decía el Chuqui y le daba otro trago a la petaca y se la alcanzaba. Tomá, dijo él sin pensarlo y sacó el billete de cien dólares del bolsillo. ¿Y esto?, dijo el Chuqui con los ojos repentinamente iluminados. Lo encontré hoy… adentro de ese libro que te di allá en la Champagnat; que se haga los estudios urgente.
Cuando llegó a la casa ya era pasado el mediodía. Amontonó todo lo que había juntado en el galpón y después se fue a la cocina. Calentó el resto del guiso de la noche y estuvo comiendo y pensando en la moto de la Nancy y en el muro de la medianera con Valdemar. Le costaba entender que solo se trataba del reflejo de las ilusiones de cuando tenía la plata y la potestad de elegir entre esas posibilidades.
Se acostó a dormir la siesta. Un sueño confuso lleno de perros que lo ladraban y lo perseguían. Un tren al que corría a lo largo de un andén infinito y al que no alcanzaba nunca.
Vámonos lejos de aquí
Hay papi dime que sí…
Se despertó con la música de Valdemar a todo volumen. El pedazo de sueño y la breve vigilia disputándose la frágil sustancia de que estaba hecha la realidad de esos instantes.
Abrió la puerta y salió al patio y ahuyentó al gato de la vecina de al lado que siempre le espantaba los pájaros. Vio a Rosita regando las plantas y cruzó la calle para saludarla. Me enteré lo de su salud, Rosita, dijo él en tono dubitativo porque no sabía cómo iniciar la conversación sobre esos temas. ¿Qué salud?, dijo ella. Apretaba la punta de la manguera para que el agua se esparciera en una llovizna que no dañara las plantas ni los canteros. Me contó el Chuqui lo del corazón… lo del estudio del corazón. No mhijo… se habrá confundido… yo no tengo nada. Ando perfecta; tengo ochenta y dos años y ni una pastilla tomo. Lo decía con una expresión de orgullo en la voz, y también en la sonrisa que le dedicó cuando terminó de pronunciar la frase. Él empezaba a darse cuenta de lo que pasaba. ¿El Chuqui está… ya volvió?, preguntó. No, está en el boliche de Carlanga… pasé hace un rato y estaba ahí invitando bebidas a todos los vagos amigos de él… parece que encontró plata y estaba convidando a todo el mundo y…
Antes de llegar al boliche vio el humo de un asado que se estaba armando en la vereda. El Chuqui lo vio llegar y abrió los brazos como alguien recibiendo a un pariente al que no ve hace años. Pelusa querido… le dijo antes que él pudiera decir alguna palabra. Escuchá esto, agregó enseguida y agarró el libro de arriba de una mesa llena de vasos y de botellas y de naipes. Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera, tengan unión verdadera, en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean los devoran los de ajuera. La cara y los ojos alegres del Chuqui. A él se le escapó una sonrisa involuntaria. El enojo y la bronca se le fueron apagando. Llegaste justo, dijo cuando dejó de leer, nos faltaba uno para el truco. Él se sentó y agarró el mazo de cartas y empezó a mezclar. Yo doy, dijo mientras el Chuqui le llenaba un vaso de cerveza.