Literatura

Diario de la ciudad; Apuntes de escritura #3

7 de mayo de 2023 - 08:23

Por Mauro Peverelli

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28/03

Anoche caminaba por Corrientes. Esta solía ser la calle de las librerías. Algunas todavía quedan, por supuesto. Ha desaparecido, sí, aquella suerte de bohemia literaria que pronunció su adiós definitivo en las últimas décadas del siglo pasado.

La noche porteña vino descendiendo, a lo largo del siglo veinte, por esta avenida siempre colorida y ruidosa. En las primeras décadas con su mundo de tanguerías, de teatreros de sainete. Scalabrini Ortiz sitúa allí, en aquel primer tramo, a su Hombre de Corrientes y Esmeralda, en uno de los mejores libros sobre Buenos Aires que es El hombre que está solo y espera.

Ahora la gente la camina en clave turística, quienes lo son y quienes no. Algunos bares icónicos cerraron. Otros fueron reciclados, respetando algunos de ellos, hay que decirlo, el espíritu de su época de esplendor, cuando la noche se mudó a este lado del obelisco.

Tiendo a pensar que si La cabeza de Goliat hubiera sido escrito más entrado el siglo, Martinez Estrada hubiera apelado, para este fenómeno, a una de sus originales analogías donde la inmigración europea hubiese ingresado por el Río de la Plata; desembarcado en horas de la tarde; penetrado por Corrientes. Hubiera cenado; asistido a la milonga, a un sainete de Novión o de Florencio Sánchez, y ya entrada la noche, en el umbral de la madrugada del siglo, hubiese cruzado la 9 de Julio para recorrer bares y librerías hasta la avenida Callao.

Miércoles 30

En el bar La Cigüeña. Café con Marcelo Giunta. Están a punto de publicarle un libro de cuentos. Anda nervioso. Se le nota cuando habla. Tengo diez libros publicados, me dice, pero cada vez que llegan estos días no duermo.

Después me cuenta lo de siempre. Vos sabés que soy dos escritores, me recuerda. Empieza a hablar de su proyecto. “El proyecto”, le dice él. Escribe una novela que empezó hace veinte años. Lleva más de cinco mil páginas escritas. Es paralela a la otra escritura, a los libros que publica.

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Se sienta a escribir y registra los instantes según se van sucediendo. Una escritura milimétrica. Cuando está en la casa acomoda una silla junto a la ventana y narra el lento progreso de la línea del sol sobre una pared húmeda y musgosa que hay en aquél contrafrente. El momento en que la sombra cubre la rugosidad en un rincón del muro. O cuando el sol le cambia el tono al verde del musgo que trepa la pared.

Entre un momento y otro, de estas lentas variaciones, entran una cantidad de palabras que a veces lo sorprende. Sinónimos, adjetivos, verbos, muy pocos sustantivos, ya que la variación constante le impide detenerse en algo que posee una verdadera sustancia.

El tiempo es un líquido que se está derramando de forma constante, me dice; y opera sobre cada cosa, cada objeto del mundo. Algo sólido, pongamos, una roca, tiene una estructura atómica tan dinámica y está aferrada al curso del tiempo como la hoja de un árbol azotada por el viento.

Es mi máquina contra la muerte, me confesó una vez. Hay quienes se amparan en cultos, en religiones, yo le cuento las costillas al tiempo. En la lectura de cualquiera de esos fragmentos exactos de transcurso de los instantes está mi conciencia. En el momento en que alguien los lea, dentro de años, décadas, siglos, mi conciencia va a despertar en la lectura del otro.

No existe aquí la posible concepción de una subjetividad, no se puede malinterpretar, o interpretar libremente una lectura. Lo que allí aparece escrito es una réplica exacta de un instante en pleno transcurso, en pleno desarrollo.

15-04

El frío no da tregua. Una semana congelada. Creo encontrar una línea de salida para el final de mi novela. Es un texto que esconde la anécdota. La reconstrucción de la atmósfera donde se desplazan los personajes, el ritmo, tienen más fuerza que la trama. Hay una historia. Pero está escondida detrás de toda esa prosa que intenta (sin estetizar la miseria, el desamparo de los personajes) reconstruir una impresión que deje alguna huella en la conciencia del lector.

Por la vereda de la calle Mitre, antes de llegar a Cerrito. Dos personas mayores, de la mano. El hombre llevaba un termo debajo del brazo. Ella tomaba el mate con la mano que le quedaba libre. Coincidimos a lo largo de dos cuadras. Yo caminaba detrás y los observaba. Circulaban por aquellas veredas angostas. Se ponían uno detrás del otro cuando tenían que dejar pasar a alguien. Se soltaban de la mano cuando el hombre cebaba el mate. Hablaban. Volvían a tomarse de la mano. No se detenían nunca.

Una novela perfecta, pensé. La trama: la conversación. El ritmo: la caminata exacta, sin interrupciones. Los capítulos serían las esquinas, cuando se detenían a esperar a que los autos les dieran paso.

Nota

-Si un texto no tiene el ritmo de la vida, del fragmento de vida que se quiere contar, sus complejidades, y ante todo su música, es muy difícil que perdure en la conciencia del lector por mucho tiempo.

-Pavese. Faulkner. Arguedas. Onetti…

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De noche

Releo estas notas y vuelvo a pensar en el texto infinito de mi amigo Marcelo Giunta. Siempre que leemos un texto, me dijo el otro día. En algún momento, más allá de la comprensión de lo que estamos leyendo, existe un momento de exacta comunión con una frase, un párrafo, a veces una página entera. Da la sensación no solo de que entendemos lo que se nos cuenta, sino de que lo concebimos como propio. Es el instante que el autor le roba a la muerte, me dijo, serio, afectado. Es su conciencia despertando en la mía, años, siglos, milenios después de transcurrido el momento de la escritura.

Fotografías Carla Peverelli.

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