Soy mano

De vez en cuando la vida... (*)

6 de mayo de 2023 - 07:53

Por Graciela Labale

Fueron 57 años los que pasaron desde aquel día en que “arregladitas como pa´ ir de boda” fuimos a un “baile de división” en el Club de Pescadores de la costanera porteña, al que habíamos sido invitadas por un vecino de Devoto, mi viejo barrio de infancia. Imposible negarnos a ese convite, primero porque una de las pibas de la barra estaba enamoradísima del chico de la vuelta y otra porque el susodicho iba ni más ni menos que al Nacional de varones de Villa Urquiza, el Reconquista, al que asistían los más “churros” del planeta. Era época de madres acompañantes, que con soberana paciencia se turnaban cada sábado a la noche, claro, si no había que estar en casa “poco antes de que den las 10”. Tiempos de Beatles, rock and roll y pelo alisado a pura plancha eléctrica y papel.

Y ahí en esa fiesta y en aquel lugar tan bonito, estaba él, mi querido Héctor Elías, al que todos conocían como Cacho, quien fue mi amigo desde ese mismísimo momento. Sin duda ambos nos elegimos, nos reconocimos a sabiendas de que “Mis amigos son gente cumplidora, que acuden cuando saben que yo espero, si les roza la muerte disimulan, que pa´ ellos la amistad es lo primero”. Y así fue durante toda la vida. Después vinieron cientos de historias, de muchas más sumas que restas. Veredas hasta la madrugada cantando temas de Los Gatos y escuchando en el “Wincofon” los simples de los Beatles recién llegaditos al país. La suma más importante fue que al poco tiempo conoció a mi amiga Norma quien fuera el amor de su vida. Luego llegaron los novios y los familiares de los recién llegados que se unieron “a la barra”, los casorios, con las canciones “no de Iglesia” que nos cantara en las ceremonias, los hijos, los bautismos, los campamentos, las vacaciones y esa costumbre de guitarrear siempre los temas de Serrat.

Pero también hubo unas cuántas y dolorosas restas. Es que “de vez en cuando la vida nos gasta una broma y nos despertamos sin saber qué pasa…” Nos tocó despedir para siempre a un par de amigos del grupo y enfrentar enfermedades difíciles, como en su caso, tempranamente. Una desgraciada dolencia como es el mal de Parkinson lo atravesó durante más de 20 años, hasta que la maldita parca pisó su huerto y se lo llevó el último miércoles a la hora del ocaso.

Pude despedirme, hace unos días, “hablando entre sollozos” cuando “la vida y la muerte bordaban su boca” aún. Estoy segura que si pudiste hacerte una última pregunta habrá sido “quién será ese buen amigo que morirá conmigo aunque sea un tanto así”. Quedate en paz, somos muchos los que lloramos tu partida en éste tu último vuelo y sentimos que morimos con vos un poquito. ¡Chau amigo querido!

*Entre comillas algunos versos de J. M. Serrat.

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