ver más
El robo de Linari

3. La llave

20 de julio de 2025 - 09:14

Por Mauro Peverelli

Teníamos que hacer una copia de la llave, decía Linari, …la llave de la caja donde estaba la plata. Detuve la grabación. Me quedé mirando la lluvia desde la ventana del balcón. Abajo, sobre las veredas de la avenida Callao, los transeúntes se apretaban contra las paredes, se protegían debajo de aleros y balcones. La lluvia había sido un poco repentina. Casi nadie llevaba paraguas. Había llamado a Linari, temprano, para avisarle que hoy no iba. Quería ordenar un poco los papeles. Había empezado a trabajar sobre su estilo, cómo se había ido perfeccionando, a lo largo de los libros. Pero me costaba seguir adelante. La historia del robo se hacía presente, irrumpía con mucha más fuerza que todo el resto. Me sentaba. Abría la computadora y escribía: En los primeros textos, los de juventud -colaboraciones para revistas literarias, para algún diario local-, es notoria la influencia del Nikolái Gógol de Almas Muertas, de las novelas cortas de Onetti y hasta del Pio Baroja de La Busca. Pero todo esto enseguida me llevaba al robo. Pensaba en el personaje de Baroja, planificando el atraco con sus secuaces, o en Silvio Astier, en El juguete rabioso de Arlt, tramando el robo y traicionando al Rengo, para darle algo de sentido a sus días, a su vida.

Entonces volvía a la grabación. Estuvimos una semana vigilando los movimientos del Lenteja, explicaba Linari, cuando salía a comer, al mediodía, o cuando volvía a la tarde en momentos en que cerraban los bancos. Los bancos, en aquellos años, cerraban a las cuatro de la tarde. El Lenteja llegaba un rato antes. Se ponían a contar la plata, a clasificar los cheques con Matildo, que era el otro socio, y volvían a meter todo en la caja. Recién ahí la cerraban con llave.

kripto

Linari se levantaba de su asiento, en el escritorio, siempre con el vaso de vino en la mano derecha, la otra en el bolsillo del pantalón. Miraba por el ventanal. Tenía un anillo en el dedo meñique, lo golpeaba contra el vaso, con un ritmo desparejo, intermitente. ¿Qué es lo que se ve?, pensaba yo; en esos instantes, cuando la mente está en esos recuerdos, en el atropellado momento de las imágenes apareciendo, desordenadas, intentando encontrar una linealidad, una coherencia con la cual rearmar la historia. ¿Qué es lo que se ve?, volvía a preguntarme, ¿cómo aparece lo que está, en esos instantes, frente a los ojos? El parque, los canteros, la mora… el presente visual se difumina. Formas coloridas y dislocadas que no llegan a ingresar a la conciencia. El tiempo, entonces, revelando la mentira. El transcurso aplazado, roto. Una breve eternidad increpando al tiempo, poniendo en duda su naturaleza, desafiándolo a existir sin el momento en que una conciencia pudiera a estar atenta.

Un mediodía, cuando el Lenteja se fue a comer, la llave de la caja quedó arriba del escritorio, recordaba Linari, en la grabación; Julián me miró, no dijo nada; agarró la llave y salió de la agencia, hacia una cerrajería, para hacer una copia. Cinco minutos después el Lenteja volvió a entrar. Me olvidé la llave de la caja, dijo y se puso a buscarla. Estaba acá, arriba del escritorio. Yo no la vi, le dije. El Lenteja levantaba cuadernos, folletos de viajes; le preguntaba a Matildo, a Lorena, la chica que atendía el teléfono y que salía con Julián. Nadie la había visto. Revisó adentro de la caja; sacó todos los fajos de guita, que quedaron desparramados en el piso. Se estaba poniendo nervioso. Volvió a salir, a revisar en el auto.

Linari se vuelve al asiento. Yo le pregunto por él, cómo estaba, en ese momento, si se había asustado. Un poco, dice; pero ya había pensado, en esos instantes, cómo hacerla aparecer. La cosa es que Julián llegó enseguida. Me dio la llave. La metí en el cesto de los papeles y esperé a que el Lenteja volviera a entrar. Nada, dijo el Lenteja, con la mirada un poco desorbitada. Buscaste bien, acá, en los cajones, decía yo y abría y cerraba los cajones del escritorio. Después di vuelta el cesto de los papeles. La llave cayó, tintineante, sobre las cerámicas del piso. El Lenteja respiró. Profundo. Los ojos vidriosos, alegres, como los de un chico al que acaban de levantarle la penitencia.

Teníamos una copia, dice por último Linari. Se toma el resto de vino que le queda en el vaso. Mira hacia afuera, por el ventanal. Ahora podíamos entrar en cualquier momento… llevarnos toda la guita.

1. Cincuenta y cincuenta

https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/1-cincuenta-y-cincuenta-n5462903

2. Tranquila Martita

https://www.pilaradiario.com/cultura-y-espectaculos/2-tranquila-martita-n5463043

Temas
Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar