Pasajeros de una pesadilla

En el año 1993 un colectivo atropelló a una mujer en Zelaya. Al menos eso es lo que dijeron el chofer y buena parte del pasaje, que hasta escucharon los gritos. Sin embargo, el cuerpo jamás apareció.
lunes, 31 de mayo de 2010 · 00:00

 

por Juan Carlos Rodríguez

 

Todos los pueblos del mundo han ensayado explicaciones para las cosas que no les era posible comprender. De esa manera nacieron los mitos, las leyendas... y los fantasmas. Así, cada cultura tiene su mitología propia, es decir que cada quién cree o no en seres creados por la fantasía popular y que han sido recogidos en relatos, que atravesaron diferentes épocas, pasando de “boca en boca”, de padres y abuelos a hijos y nietos.

Estas historias reales o ficticias tienen la característica de instalarnos en un universo maravilloso donde todo vale. No tendría sentido preguntarse qué cuota tienen de verdad. Y los fantasmas ¿existen? Algunos opinan que sí, mientras que otros los niegan totalmente.

Lo cierto es que aquí en Pilar, más precisamente en la localidad de Zelaya y sus alrededores, es común escuchar diferentes relatos sobre las apariciones de “una mujer” que sorprende y a veces hasta atemoriza, a diferentes personas que pasan de noche por una determinada zona de esa población.

Esa mujer -según dicen- no tiene rostro, es delgada, con cabellos largos y negros y puede llevar un vestido oscuro o claro, según la ocasión. Es conocida como “El Fantasma de Zelaya”.

Ese día del mes de febrero de 1993, el interno 13 de la empresa que hacía su recorrido desde la estación de Pilar hasta la terminal de Escobar, pasando por Villa Rosa y la pequeña localidad de Zelaya, llegó a la estación ferroviaria de esta última. Todo se desarrollaba con normalidad.

Pero al retomar la calle Coronel Zelaya, ya con destino a la localidad de Matheu, sucedería un hecho sorprendente, misterioso y realmente auténtico. Eran las 20.18 de aquel fatídico y fantasmagórico día. Lloviznaba. El chofer del colectivo, Daniel Oscar Felker, de 25 años, y sus 18 pasajeros viajaban, como todos los días, algunos a sus trabajos, mientras que otros volvían.

Entre ellos había hombres y mujeres de distintas edades, algunos un poco cansados y otros con sus cinco sentidos puestos en la realidad cotidiana. De pronto, el tranquilo viaje del colectivo se transformó en “una tragedia”. El micro ya había dejado atrás la conocida empresa Akapol, era un lugar oscuro y sólo a lo lejos se podían divisar las luces de la localidad de Matheu.

En ese momento tanto el chofer -y al menos cinco pasajeros que iban en los primeros asientos- observaron a “esa mujer” alta, de largos cabellos y un largo vestido oscuro, que iba caminando por el lado derecho de la banquina, en la misma dirección que el colectivo. Pero cuando el micro estaba por sobrepasarla, ésta se arrojó de manera imprevista bajo el vehículo.

Fue un instante. La rueda delantera derecha del micro pasó por sobre su cuerpo y se sintieron los desgarradores gritos de dolor de la mujer, mientras era arrollada y golpeada, para que después también las ruedas traseras pasaran por sobre el cuerpo de la infortunada víctima, haciendo que el colectivo se desestabilizara de una manera sorprendente, creando pánico entre sus pasajeros; a tal punto, que casi vuelca.

Afortunadamente la pericia del chofer evitó que las consecuencias sean graves para el pasaje. El vehículo se detuvo a unos treinta metros sobre la mano opuesta. Por unos segundos, un silencio terrorífico invadió a todos. Luego fue el propio chofer quien con sus dos manos agarrándose la cabeza gritaba entre sollozos... “la maté... la maté… fui yo quien la mató”. De manera inmediata, un hombre que iba sentado en el segundo asiento, como para tranquilizarlo le gritó... “quedate tranquilo, que vos no tuviste la culpa... fue ella quién se tiró”.

Un circunstancial automovilista que pasaba por el lugar del “accidente” dio aviso de inmediato al destacamento policial de Matheu. Enseguida llegaron al lugar los efectivos policiales, una ambulancia y los Bomberos Voluntarios de Escobar. Para entonces la totalidad de los pasajeros, junto con el chofer -quien aún se encontraba en un estado de shock- ya habían buscado a la mujer arrollada, suponiendo que estaba herida o tal vez muerta; pero no la pudieron encontrar.

Cuando arribaron los rescatistas al lugar profundizaron la búsqueda y hasta los bomberos usaron un reflector móvil de unos cien metros para rastrear a “la mujer”. Buscaron en dos plantas de Mora y de Tala que se encontraban a pocos metros y hasta en las mismas vías, que corren paralelas a la calle del accidente.

Fueron más de tres horas de buscar y buscar. Nada se encontró. Ante esta increíble circunstancia, el más perjudicado sería el chofer del micro, que podía ser acusado de “homicidio”. Debido a esto, él mismo solicitó se hiciera un acta ante la policía para evitar consecuencias en caso que la “mujer atropellada” apareciera en días sucesivos herida o muerta.

Pasaron los días y nada de nada. Hasta se especulaba con que el atropellado no era más que un perro. Alguien preguntó “¿Un perro con imagen de mujer que se abalanzó debajo del colectivo?” También se comentaba que podría haber sido un conocido travesti de la zona de Matheu, que al intentar parar al micro y este no detenerse, le pegó un carterazo y salió corriendo. Días después se comprobó que el mismo travesti, en el momento del accidente, se encontraba detenido en la localidad de Maquinista Savio.

Muchas incógnitas, muchas preguntas. Pero a varios años de ese “fatal accidente” en donde una mujer fue atropellada y tal vez su cuerpo despedazado por el fuerte impacto del colectivo, habiendo 19 testigos que participaron de ese increíble momento, hasta el día de hoy, no hay, ni habrá detenidos, ni mucho menos culpables, porque el cuerpo del delito nunca apareció. ¿Fantasma real o ficción verdadera?

 

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