Te espero en Manzanares

por Mauro Peverelli
lunes, 31 de mayo de 2010 · 00:00

 

¿Doscientos años es mucho o poco?, dice el Seco. Después se levanta y se sirve derecho de la damajuana. Traete un poco de hielo, de la cocina, le dice el Bocha, y otro vaso, que debe estar por llegar el doctor. El Seco va hasta la cocina y el Bocha le agrega un par de troncos de espinillo al fuego. Las llamas se sacuden, se tambalean; una ráfaga de chispas se dispara y los minúsculos puntos de luz se pierden en la breve oscuridad del patio, allí, donde apenas comienza la vereda, donde apenas comienza la noche. El Bocha después tira la parrilla arriba del fuego para quemar la grasa vieja, de asados anteriores. El viejo me pidió otro vino, dice el Seco cuando llega de la cocina. Apoya la hielera en la mesa, después el vaso que trajo para el doctor y agarra la damajuana. Se va hasta adentro; le sirve el vino al viejo Hermes; el Bocha los ve que cambian un par de palabras y el Seco se vuelve. Por qué no le decís que se venga con nosotros, acá afuera, dice y se sienta en la silla que estaba ocupando antes. Ya le dije, dice el Bocha, pero viste como es el viejo, le gusta estar solo, en su mesita… cada uno con su… Pero el Seco lo interrumpe: ¿Es mucho o poco, dice … doscientos años es…? Según para qué, contesta el Bocha, yo ya tengo cincuenta y me parece que hubiera vivido un siglo y medio y hay gente que se pasa la vida… ahora para un país… En ese momento para un remís frente al boliche. El Bocha ve al doctor que paga y que le dice algo al chofer y que los dos se ríen y se saludan. Después el doctor baja, lento, algo pesado y el Bocha piensa que está viejo, lo ve moverse con alguna dificultad hasta que cierra la puerta del auto y él trata de acordarse de cuánto tiempo hace que lo conoce; le parece que son muchos años, que desde que llevaba a los chicos con algún pico de fiebre, a cualquier hora, cuando los chicos eran chicos (ahora el menor tiene veintitrés), y el doctor, sin una sola queja debido al horario, ni a lo insignificante de las dolencias que aquejaban a los chicos, que jamás superaban una angina o el principio de una gripe, desde aquella época, en la que el doctor solía tranquilizarlo porque sabía que él estaba solo con los dos pibes, y que se asustaba cuando le parecía que alguno de los dos, o los dos, estaban sufriendo, desde aquella época, pensaba, habían pasado muchos años. También hacía, ahora, bastante tiempo que no lo veía. Lo había encontrado aquella tarde, en la carnicería, cuando él había ido a buscar el asado que tenía encargado del día anterior y adelante suyo un hombre, algo entrado en años, había pedido, al carnicero, un único churrasco de cuadril. Un solitario, había pensado el Bocha, alguien que compra comida para uno solo debe ser alguien… y recién ahí le había visto la cara: era el doctor. Se saludaron afectuosamente. El doctor le preguntó por los chicos y él le dijo que estaban muy bien, que los dos estudiaban y que cada vez los veía menos porque cada vez era menor el tiempo que pasaban en la casa. Vio como son los jóvenes, doctor, tienen su propio mundo y… pero cómo anda usted, tanto tiempo. Entonces el médico le contó que había vuelto a Pilar hacía poco, que recién se estaba instalando, que había pasado unos años en Buenos Aires pero que no terminaba de encontrar su lugar en la inmensa ciudad y que… Véngase para el boliche esta noche, le propuso él, vamos a hacer un asadito, por lo del bicentenario, véngase y me cuenta de sus cosas. El doctor había titubeado, es que a lo mejor viene gente a casa esta noche, dijo, y él, instintivamente, sin quererlo, miró la bolsa que el doctor llevaba en la mano con el único bife para la cena. Bueno… fíjese, si por esas cosas queda liberado de los compromisos véngase que… Cuando estaba diciendo estas palabras el Bocha estaba seguro de que el doctor vendría. Se despidió saludándolo y reiterándole la invitación para la noche. Cuando el doctor salió de la carnicería él compró un poco más de carne de la que tenía encargada y se fue.

Ahora el doctor saludaba al Seco, a don Carlos que acababa de llegar, y le alcazaba a él una caja con una botella de whisky. Para el postre, le dijo y el Bocha contestó que no hacía falta, que no se tendría que haber molestado.

Así, como casi todos, había empezado aquel asado, con comentarios sobre el tiempo, sobre si la lluvia dejaría que los festejos se desarrollaran con normalidad, sobre el fútbol que tenemos y sobre el que nos gustaría tener. Alguien habló, también, de una historia que había leído en un diario en la que una chica, no hacía mucho, se había dejado morir de tristeza cuando su novio, en un accidente con una motocicleta, había perdido la vida después de varios días de agonía en un hospital. Fue allí cuando el doctor recordó la historia de la muchacha que, promediando la década del treinta, en Manzanares, había esperado durante años el regreso de un arriero (cuando todavía existían los arreos que llevaban o traían el ganado desde o hacia Luján, o Mercedes o Las Heras), y que éste no había vuelto nunca y que entonces ella había tomado la drástica decisión de quitarse la vida.

El Bocha estaba atento a que  a nadie le faltara vino. Ya tenía la carne en el fuego y se levantaba a cada momento para distribuir, con una precisión algo maniática, el orden de las brasas debajo de la parrilla. Se trata, dijo el doctor, después de un trago, de una historia que, tranquilamente, podríamos catalogar de legendaria. Uno de los arrieros, que trabajaba en el famoso arreo del Cairo Maldonado (quizás el último grupo de hombres que se dedicaba a ese trabajo, que pasó por estas tierras), un joven alto, moreno, y que tenía la extraña particularidad de tener los ojos azules y que debido a ello los otros le decían el Gato, y que vestía siempre de bombacha oscura y camisa blanca y chambergo negro, y un inconfundible pañuelo rojo apenas atado en la garganta, en una oportunidad, en la que se detuvieron en Manzanares, conoció a la que, según se decía en aquella época, era la chica más linda de la provincia. Aidé Villalva. Ella, por orden de su padre, don Augusto Villalva, que era además su único familiar, le había alcanzado agua a los hombres del arreo y, sin que mediara siquiera una palabra, dicen, cuando estuvo frente al Gato, o mejor dicho cuando estuvieron frente a frente, quedaron presos de aquello que, comúnmente, se conoce como amor a primera vista. El arreo estuvo un par de días en Manzanares. Herraron algunos caballos, se aprovisionaron y comieron un par de asados en lo que hoy sigue siendo el terreno de la estación del ferrocarril. En el curso de esos dos días, entonces, seguía el doctor, nació aquel romance. A mí, dijo don Carlos, ahora que dijo el nombre de la chica, a mí me parece haber escuchado esa historia. Es posible, aceptó el doctor, los viejos pobladores aun la recuerdan. Usted sabe, dijo mirando al Bocha, que mi familia es de Manzanares y yo la escuché durante toda mi infancia. El Seco miraba a lo lejos; más allá de la esquina, debajo de las luces, se veía un grupo de chicos jugando a la pelota en medio de la calle. Lo cierto, seguía el doctor, es que el romance entre la chica Aidé y el Gato fue, al parecer, tan breve como intenso. En la despedida, como ocurre siempre en estos casos, se mezclaban la tristeza y la esperanza del pronto reencuentro. El arreo siguió camino. Comenzaron a pasar los meses; pasó un año y el muchacho no volvió. A la primavera siguiente un arreo del Cairo Maldonado volvió a pasar por Manzanares. Nadie supo decirle a Aidé qué había sido de la suerte del Gato. En realidad todos, o casi todos tenían una versión distinta pero nadie conocía, a ciencia cierta, el paradero real del muchacho. Algunos decían que se había casado, hacía algunos meses, con una chica de Rufino y que los dos se habían ido a vivir a Entre Ríos; otros que el Gato se había caído de un caballo en una doma que se había hecho en Ferré, y que el golpe lo había dejado postrado en una cama. Las versiones eran tan distintas como disparatadas. Lo cierto es que la chica cayó en una especie de estado depresivo que devino en una suerte de abnegación por la espera a la que todos, en el pueblo, asociaron con la locura. A medida que pasaba el tiempo ella ensayaba los distintos tipos de la espera. La espera, se sabe, es el único antídoto para quienes sufren de amores imposibles. Los fines de semana se vestía con sus mejores ropas, armaba su valija, ante la mirada confundida del padre, y se sentaba en el banco que había en el andén de la estación. Allí esperaba el arribo de los trenes y buscaba entre los pocos pasajeros que llegaban a que apareciera aquel quien ya era el amor de su vida. Cuando sabía que por el pueblo pasaba algún arreo también se llegaba hasta la estación, con su valija y su ropa de fin de semana porque no quería perder el tiempo una vez que él llegara y le dijera que tenían que irse. Así fueron pasando los años; en los últimos tiempos, contaron algunos, había madrugadas en las que se la veía caminando por el callejón de tierra que une Manzanares con Open Door, con su valija de cuero y su ropa de fin de semana ya algo sucia y raída. Hasta que al fin sucedió la tragedia. Una mañana de invierno le avisaron al padre, don Augusto, que ya era un hombre viejo y resignado, que su hija, aquella quien todavía era una de las jóvenes más lindas de la provincia, se había tirado debajo del tren que iba a Retiro.

El Bocha le llenó el vaso de vino al doctor, después al Seco. Les acercó la hielera y dijo: triste. Pienso en el padre, uno se pone en el lugar… Sí, dijo el doctor. Todos estiraban la mano para agarrar alguna aceituna, algún pedazo de queso que don Carlos cortaba en perfectos cubos sobre una tabla. El Seco le llevó algo de la picada a don Hermes que, adentro del boliche, seguía con los ojos siempre fijos en el televisor. Sí, repitió el doctor, pero, como se sabe, una historia, una historia de estas características, sólo se convierte en leyenda cuando aparecen elementos que colaboran de manera absurda, de manera gratuita con la tragedia. El tren se detuvo a los pocos metros, antes de llegar a la estación, cuando el maquinista alcanzó a frenar la vieja máquina a vapor. La gente comenzó a bajar para ver qué había pasado; todos pudieron ver la hermosa cara de la chica que parecía estar sonriendo, alegre pero ya sin vida debajo de las ruedas del tren a Retiro. Detrás de todos los pasajeros, casi el último que había bajado, con el equipaje en la mano porque viajaba hasta Manzanares, venía un muchacho todavía joven, alto, moreno, de ojos azules, tenía una camisa blanca, un chambergo negro y el inconfundible pañuelo rojo apenas atado en la garganta.

 

Comentarios