La centinela del Hermano Tibor

Cada viernes, una misteriosa mujer se encarga de mantener en perfectas condiciones la tumba de Tibor Gordon en el cementerio municipal. A 25 años de su muerte, el mito se mantiene intacto.
lunes, 31 de mayo de 2010 · 00:00

 

por Alejandro Lafourcade

 

Exactamente frente a la bóveda del ex intendente Tomás Márquez se encuentra la que aloja el cuerpo de Tibor Gordon, uno de los líderes espirituales más fascinantes de la Argentina. Quizás por eso, su última morada es uno de los lugares más visitados del cementerio local, y también uno de los más cuidados. Es que los seguidores del “Hermano Tibor” siguen venerándolo y posan sobre la puerta los tres primeros dedos de la mano derecha, tal como lo hacía el sanador radicado en Manzone, localidad de Villa Astolfi.

Tibor Gordon Goldemberg llegó al país en 1944, y de inmediato supo cómo cautivar a las masas, aunque en un rubro muy diferente al que luego adoptaría: sus demostraciones de fuerza atraían gran cantidad de gente, que se agolpaba para verlo doblar barras de hierro de dos pulgadas, acostarse y dejar pasar a un camión sobre su abdomen, o bien romper una guía telefónica como si se tratase de una revista Patoruzú.

A Manzone arribó en 1954, cuando el barrio era poco más que un paraje desolado. Sin embargo, pronto se convirtió en un lugar de peregrinación al que llegaban mil personas por día, algo nunca visto en estas tierras ni antes ni después. Allí, Gordon fundó Arco Iris SRL, obra benéfica “para ayudar a los demás y para que los demás se ayuden entre sí”. Además, tenía varias actividades paralelas y muy rentables, especialmente en el ámbito ganadero, lo que le permitió amasar una fortuna.

Inteligente, el Hermano Tibor siempre se cuidó de quedar implicado en cuestiones de ejercicio ilegal de la medicina, afirmando que lo suyo era simplemente un apoyo moral. “Yo no receto cosas, no ando con sapos ni brebajes raros. Cuando una persona anda mal físicamente, la mando al médico. Y si está mal espiritualmente, hago que vaya a la iglesia”, aseguraba. Entre sus seguidores se encontraban Miguel Brindisi, Ramón “Palito” Ortega y hasta Carlos Monzón.

Gordon atendía a sus dolientes ataviado con un poncho que tenía los colores del Arco Iris, y en el lugar las mujeres agitaban espigas de trigo, símbolo de la entidad. En el lugar funcionaba un comedor comunitario, una proveeduría, se vendían lotes y hasta se habían constituido cuatro consorcios para edificar casas. Por supuesto, no faltaba la venta de fotos y recuerdos del Hermano Tibor.

La muerte lo sorprendió atendiendo, en 1986, debido a un ataque de hipertensión arterial. A partir de ese momento, el lugar tomó dimensiones de leyenda y los fieles fueron trasladándose al cementerio de Pilar.

Allí, su bóveda está intacta, como si el sanador hubiese fallecido la semana pasada… y hace casi 25 años. En cuanto a la perfecta conservación del lugar, quienes trabajan en el cementerio desde hace varios años afirman que una mujer llega al campo santo todos los viernes, sin falta, para ocuparse del mantenimiento del sepulcro. Según se cuenta en Lorenzo López y Zeballos, la dama llega alrededor de las 12 y comienza sus tareas de limpieza; inclusive cuenta con la llave de la puerta e ingresa al lugar en el que reposa el féretro de Gordon, para ocuparse del mantenimiento en el interior del recinto. Además, se dice que deja pasar a los fieles que justo están allí en ese momento.

No es de Pilar sino que vendría desde Capital, y aparece en el cementerio absolutamente todos los viernes, más allá de las condiciones climáticas. En lugar de desvanecerlo, su muerte no hizo más que fortalecer el mito.

 

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