Un abrazo de madre X

Ramona. Merendero “Nuestra Señora de Caacupé” (2)

miércoles, 19 de enero de 2022 · 07:55

Por María Colaneri

Queridos lectores: se suponía que esta crónica saldría la semana pasada, pero por alguna razón que desconozco, y para mi fortuna, no salió. Digo para mi fortuna porque releí lo que había escrito, y descubrí que no había nada. Llegué al final de la crónica igual que como había empezado. Era sólo información; palabras sin alma, faltas de un contexto adecuado que las hiciera brillar con sentido, y ni un ápice de Ramona, de su dulzura o de su picardía o de su religiosidad.

Pero necesitaba publicar algo esta semana, por dos motivos: el primero, porque Ramona me contó muchas cosas hermosas, y prometí escribirlas. El segundo: porque vengo intermitente con las publicaciones. No me es fácil sostener un ritmo semanal, y descubro ahora que no alcanza con una historia sufrida para que haya algo digno de ser publicado. No sé qué busco cuando me siento con estas mujeres y les hago preguntas y las escucho contar y las miro hacer; pero sé que hay algo que vendrá cuando lo escriba, aunque a veces sencillamente no está tan al alcance de la mano. Esto me pasó con la segunda parte de la historia de Ramona, aunque tenga datos como para llenar varias páginas:

“Ramona Maidana nació en Santa Rita, en el departamento de Misiones, Paraguay, el 14 de diciembre de 1959. Se crio en el campo, en la chacra de su abuelo Casimiro. Nueve hermanos, ella la segunda, la más grande de las mujeres”.

Y así.

Pero los datos no son lo importante. ¿Qué es lo que quiero contar sobre Ramona?, es lo que quiero responderme. Entonces escribo.

Era de noche y estábamos las dos solas en la puerta de su casa, tomando tereré.

–Tengo muchas preguntas que hacerte –dije.

–A ver, mi reina.

Le pregunté primero por su infancia, por Santa Rita y por su familia. Ramona, bajo la luz del farol, con la pared blanca de fondo, el sonido de la noche, y las estrellas arriba, en el cielo, contaba. Y ahí pasó algo importante, cuando Ramona narró, luego de una leve insistencia de mi parte, la muerte de su hermanita de cinco años. Me gustaría poder transmitir ahora eso que sentí que pasó, eso importante. La muerte de un niño es una tragedia, sin dudas, pero no fue lo que narró Ramona lo que me impactó, sino cómo lo narró.

Con su voz dulce y su hablar lento, contó que ese día lloviznaba al amanecer. Que mencionara ese detalle muestra sutileza. Pero además dijo que por la tarde, cuando la condición de su hermana había empeorado, “más lloviznaba”. No puede lloviznar más, y sin embargo la elección de las palabras fue perfecta: en esa llovizna estaba contenida toda la tristeza del mundo. Me di cuenta de que Ramona seleccionaba las palabras con delicadeza y elegancia.

No quiero exagerar, pero fue una especie de revelación. Siempre pensé que delicadeza y elegancia eran cosas que implicaban ciertos rasgos físicos y cierta manera de vestirse. Una mirada superficial del asunto, lo veo ahora, además de clasista. Pero definitivamente una mujer que narra así, con esas palabras, y como entre susurros, con las pausas justas, con una lentitud exquisita: una mujer así es delicada y elegante.

Pronto entendí otro aspecto de su delicadeza: su reserva. Ramona no habla donde no conoce y mira con desconfianza en un primer momento, aunque nada tenga de sumisa. Entendí también su manera de guardar las tradiciones, con un respeto profundo y sin fanatismo. Historias y leyendas, canciones, comidas, yuyos, todo lo de su pueblo me lo mostró con orgullo, aunque no es celosa de las tradiciones que de nada valen, como que una mujer necesita estar junto a un hombre para sobrevivir.

Supongo ahora que porque es tradición no nombrar a los muertos, Ramona evitó decir el nombre de su hermana, pero mencionó a sus otros hermanos con primer y segundo nombre. La he escuchado otras veces referirse como “la finada” o “la que se fue” a una amiga que perdió. Yo, que desconozco estas cosas, torpemente le pregunté el nombre de su hermana, y Ramona me contestó como siempre: con dulzura. No dejó de responder a ni una de mis preguntas, quizá porque iba a escribir sobre ella, o quizá porque nos sentíamos bien conversando.

A su hermana la enterraron en el cementerio de Santa Rita, y junto a ella enterraron, hace ocho meses, a la madre de Ramona, Dulfilia Lugo, “Mamá Tita”. Al hablar de ella, a Ramona se le puso la mirada triste. Nostálgica, más bien. “Nostalgia”: pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos, tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.

–¿Extrañás Paraguay? –le pregunté a Ramona.

–Sí. Más ahora que ella no está.

“La palabra ‘nostalgia? en español procede del latín moderno ‘nostalgia’, y este del griego ‘nóstos’ ‘regreso’ y ‘algía’-algia’ (‘dolor’). La nostalgia es en su origen el dolor que produce no poder regresar”.

–¿Y tu papá?

–Mi papá se llamaba Gabino. Gabino Maidana –dijo Ramona–. Él era mi todo: mi amigo, mi confidente... si algo me pasaba, yo iba directo y se lo contaba a mi papi.

Su padre y su madre ya no están, pero ella sigue visitando a los suyos en Paraguay. Hay una parcela de tierra en la que sueña con levantar una casa donde poder quedarse con su familia cuando va de visita. Me habló de los árboles repletos de frutos dulces que hay allá. Tal como ahora en su casa, que hay níspero, durazno, una palmera que da unos coquitos dulces, árbol de ko ku.

En Santa Rita y en Colonia Pirapó, a donde se fueron cuando ella tenía diez años, la familia de Ramona trabajó en el campo.

–Todo el día carpíamos la tierra. En campo propio y en campo ajeno. Y trabajábamos todos. Llegaba la tarde y mi papá decía: “Nos falta una hora y media para terminar. ¿Seguimos o volvemos mañana?” Y todos gritábamos: “¡Seguimos!” –contó–. Ahora pienso que ahí entre las plantas está lleno de animales, de víboras... que ahora no entro ni loca. Pero en ese momento estábamos todo el día trabajando. Porque cuando uno es pobre, tiene que trabajar.

Estas mujeres, ¿por qué harán lo que hacen? ¿Por qué una mujer paraguaya, a pesar de haber escuchado mil veces el insulto “paraguayo muerto de hambre”, paliaría el hambre de tanto chico argentino?

–¿Terminaste la escuela? –pregunté.

–En Misiones hice hasta sexto grado, y después hice tres años en Pirapó.

–¿No terminaste el secundario, entonces?

–No.

–¿Te gustaría terminarlo?

–Sí.

En 1985, cuando tenía veinticinco años, viajó a Argentina por primera vez.

–Vine a La Boca, con un hombre que me trajo a trabajar. Pero no me gustó, no. El hombre se trató de sobrepasar conmigo. Y yo le amenacé con un cuchillo. Pero él me escondió la cédula para salir del país. Yo me fui a la policía y llené un formulario y pude salir. En ese momento había que llenar un formulario y más cosas, ahora nada, nomás con tu DNI y pasás. Me volví en tren.

De vuelta en Pirapó se puso a trabajar en un silo, cocinando todos los días para los gerentes, durante doce años. Cocinaba de todo, tal como hace ahora. Comida gustosa y abundante.

–Yo, si no tengo especias, no cocino –me dijo alguna vez.

Palanganas y tachos con verdura cortada, ollas enormes donde se cocina la comida, al fuego. Como esa tarde en que fuimos con Pablo a visitar, poco antes de la Navidad. Ramona y Francisca, otra de las colaboradoras, cortaban papa y zapallo para preparar la cena de Noche Buena: costeletas de cerdo con puré. Cada tanto se acercaba alguien con el taper a pedir la merienda de ese día, arroz con leche, y Francisca dejaba su puesto para ir a atender. La casa estaba llena de chicos haciendo apoyo escolar. Aún así, en este bullicio, Ramona se las arreglaba para conversar con alegría y cebar tereré. Un rato más tarde llegó Zully del trabajo, y enseguida se puso a cocinar también.

Al irnos, le regalaron a Pablo una imagen de la Virgen de Caacupé, bendita en el Paraguay. Imagen que pasó a formar parte del altar de Pablo en casa. Se ve que así va Ramona, y también Zully, dejando huellas en la vida de los demás.

Todavía me falta saber mucho de su historia. Tal como me dijo Zully:

–¡Es que la historia de mamá es larga!

Tendré que ir a visitarla con la excusa de hacerle más preguntas. Quizá entonces venga una tercera parte de esta historia, pero aún no lo sé.

Por último, pero lo más importante: ¡en la entrega anterior me olvidé de Fabi! Diego Fabián, de diez años, es el hijo mayor de Diego y María Elena, y el segundo nieto de Ramona. Ahora sí, están todos. Gracias por el cariño al recibirme en su casa. 

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