Cuentos de Cuarentena

La Convivencia

sábado, 25 de julio de 2020 · 18:24

Desde que su marido murió atropellado por un tren, Irene vivía sola y así hubiese deseado pasar la cuarentena; pero Damián, su único hijo, insistió para que se instalase con él y su mujer.

-Mamá, estás en este caserón aislado, el teléfono de línea se corta cada dos por tres pero no querés usar celular y desde que te caíste te cuesta caminar. Además, acá todo funciona a gas y no sabemos si van a seguir haciendo el reparto de tubos mientras dure el aislamiento. Venite a casa y todos vamos a estar más tranquilos.

Los argumentos eran tan sólidos que Irene decidió aceptar la invitación pensando que, de todas maneras, diez días pasarían volando.

Desde el balcón del departamento ubicado en un quinto piso, Lucila observó a su marido sacando del baúl del coche la valija de su suegra quien, apoyándose en un bastón, entraba al edificio llevando un bolso enorme.

-Yo sé que la cocina no es tu fuerte, nena; así que, mientras esté aquí, me voy a ocupar de la comida – informó mientras sacaba de su bolso diversos utensilios y una baqueteada Pastalinda. - A Damián le encantan las pastas caseras, así que voy a amasarle unos ravioles y los tallarines que tanto le gustan – aseguró sin lugar a réplicas, igual que lo había hecho durante años, cuando se desempeñaba como jefa de enfermería en el Hospital Militar.

Ya en los primeros días, la invasión de Irene cruzó los límites de la cocina y desde muy temprano el televisor del living atronaba con el noticiero de TN para que ella pudiese oírlo entre cafetera, tazas  y tostadora mientras preparaba un suculento desayuno para sus anfitriones, pese a que su Lucila le había advertido que habitualmente desayunaban sólo mate y algunas galletitas.

-El mate es para la tarde, nena. El desayuno tiene que ser la comida más importante del día, como dice Mirta, pobre. ¿Viste que la tuvo que reemplazar la nieta en su programa? – comentaba esparciendo generosas porciones de manteca sobre las tostadas calientes.

Se negó de plano a tender su ropa interior en la terraza y, con una delgada soguita, improvisó un tendedero en el balcón. También  insistió hasta que su hijo compró la carpeta de PVC con la que había decidido proteger la mesa durante los copiosos almuerzos y la cenas que servía religiosamente a horario.

El televisor encendido desde la mañana a la noche, el parloteo de su suegra y el olor omnipresente a comida hicieron que Lucila se refugiase en su dormitorio. Allí se pasaba las horas conectada a Internet hasta que Damián, médico como había querido su madre, regresaba del hospital hambriento y rendido.

-Tu mujer se pasa el día tirada en la cama. ¿e m molestará que yo esté aquí, nene? – y sin esperar respuesta sentaba a su hijo frente a un apetitoso plato de tallarines con albóndigas.

La cuarentena se prolongó primero durante semanas y luego durante meses. Lucila ya casi no salía de su habitación y su suegra, solícita, le acercaba tazas de té o de caldo que muchas veces se enfriaban intactas sobre la mesa de luz.

-No te hagas problema. Nene. Debe haber perdido el apetito a causa del encierro. Vos andá a trabajar que yo me ocupo de cuidarla. Por suerte acepté venir, así puedo darte una mano.

Una, Damián ya había salido rumbo al hospital e Irene llevó a su nuera la bandeja con el desayuno. Pese al frío de julio, abrió la puerta del balcón para ventilar el cuarto y se retiró para proseguir con las tareas del día. Sola, Lucila reunió  fuerzas, abandonó la cama y salió al balcón esquivando la ropa que acababa de tender su suegra. Con un supremo esfuerzo, pasó una pierna sobre la baranda y se dejó caer.

Desde el líving, mientras guardaba en su bolso las pastillas que le había estado suministrando disueltas en el té, Irene había observado cada movimiento de su nuera. Sin apuro, retiró la taza que había dejado sobre la mesa de luz y la lavó cuidadosamente hasta que el encargado del edificio, escoltado por algunos vecinos, tocó el timbre del departamento. Desencajado, el hombre le informó que Lucila se había arrojado desde el balcón.

-¡No! – exclamó la antigua enfermera llevándose una mano al pecho. – Yo no oí nada. Pero, claro ¿cómo iba a oír si esta pobre chica ponía el televisor a todo volumen?

 

Manuel Vázquez Odobez

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