Cuentos de Cuarentena

Puede

domingo, 19 de julio de 2020 · 13:39

Puede que ese mediodía un haz de luz iluminara tus mechas rojizas, mientras aquellos lentes se empecinaban en esconder tu mirada celeste, tan nublada como el gris de los últimos meses. Puede que no haya podido dejar de mirarte. Creo que mis manos estaban heladas y que, no bien apareciste, necesité ese abrazo que se había demorado en llegar. 

Quizás mi soledad intentara abrigarse con el calor de tu boca y corriera a besar tus labios. O por ahí fuiste vos, el que, a la carrera, vino hacia mi mientras que yo, perpleja, te esperé paralizada en medio de la avenida. Después puede que haya sentido tu cara rozándome la piel y que una espesa barba raspara mi mentón de adolescente.

¿Cuánto tiempo pude haber esperado ese momento? Las noches no lo recuerdan.

El cuerpo sintió un crujido, el aire pretendió cortar la respiración, el choque disparó el sonido.

Cuando noté que ninguno de los dos tenía puesto el barbijo, sentí miedo a la muerte. Pero ya era tarde. Habíamos estado frente a frente y, después, permanecimos un largo rato uno al lado del otro. 

Entonces, un escalofrío puede haber recorrido el cuerpo al escuchar la voz que decía que un auto blanco pareció estrellarse contra la bicicleta de aquella muchacha tirada sobre el pavimento; que el hombre le sostenía su cabeza, mientras rozaba su mentón con una barba tupida; que ahora no existe nada seguro; que el aislamiento podía llegar a alterar la percepción.

Era julio, invierno en Buenos Aires, cuando un cronista creyó ver que, mientras las agujas de su reloj se acercaban a las doce, una pareja había llegado demasiado lejos y se acariciaba en medio de una calle desierta.

No lo sé. Puede que ella se llamara Ana, Vanesa o Esther. Puede que él fuera Darío, Nicolás o Esteban. Puede que haya ocurrido así o puede que se tratara de un delirio de una persona que no estuviera en sus cabales. Puede que aquel narrador fuera otra víctima del aislamiento y padeciera de un trastorno que impulsaba a un par de zapatillas a exponerse al virus, deambulando sin rumbo, por una ciudad abandonada.

 

Viviana Sampedro

Comentarios