Mi vecino, el campeón

El día que Ricardo Rusticucci obtuvo el oro Panamericano, contado por Hernán Deluca, testigo de la hazaña.
miércoles, 18 de marzo de 2020 · 12:30

No recuerdo si lo habíamos programado, pero con Diego, mi amigo desde la época de jardín de infantes, fuimos aquella mañana a la zona del Tiro Federal. Teníamos una entrevista en el Mc Donalds de la avenida Libertador. No quedamos. Por el pelo largo de Diego y, en mi caso, por no querer ser “el empleado del mes”.
Además, nuestro interés estaba en otro lado. Ese día, Ricardo Rusticucci, Chelo, mi vecino, el papá de Diego, competía en la final olímpica de carabina libre 3x40. ¿Se entiende? El mejor deportista de Pilar estaba haciendo historia.
De tiro, poco y nada. Pero eso no importa cuando te movilizás con la emoción. Ese sentimiento que aumenta el nervio, pero activa la adrenalina. La propia, claro, pero también la de mi amigo. Felicidad doble. Era su padre el que estaba ahí, del otro lado de la baranda, batallándose a pura concentración con canadienses, yankees y otros tiradores del continente.
Increíble. Cuando sos testigo desde el sentimiento, entendés todo. Incluso, de tiro.
Aquello fue un final de película. A mí, que me gusta pasar las horas como si fueran escenas de una gran secuencia, me había tocado interpretar un personaje secundario en un guion, ¡por fin!, escrito por alguien que jugaba para nosotros.
La cosa era entre Chelo y un tal Johnson. Ahí estaba el tiro, justamente. Disparo a disparo. Punto a punto. Nervios, sudores, puteadas. Aplausos, silencios. Aplausos, silencios. Insultos ahogados. Gritos mordidos. Tensión, pura y extrema. Hasta que llegó la definición y el oro vino para el barrio. Martignone, entre Chubut y Mendoza. La morada del campeón.
Explosión y ojos llenos de lágrimas. Los estoy viendo. Al padre y al hijo. Fundidos en un abrazo que afloja las rodillas y acelera el pulso. Estoy a metros de ese gesto, tan importante como el último disparo. No me olvidaré jamás de la unión de esos cuerpos tan queridos.
Después de las felicitaciones, las risas, los gritos, las declaraciones a la prensa, Chelo siguió siendo Chelo, ese cascarrabias hermoso que no tenía pelos en la lengua. A mí, como a todos los amigos de su hijo, nos quería. Y, eso, créanme, era un privilegio. Escucharlo hablar sobre los distintos Juegos Olímpicos en los que participó, quedarte en la vereda, hasta tarde, riéndote con sus anécdotas, era un placer que disfrutaba con el pecho inflado. Yo conozco a Chelo, les decía a todos. Y guiñaba el ojo hacia mis adentros.
Cervezas compartidas mientras hacíamos la previa en su casa. Algún que otro asado, partidos de padel o un picadito donde sus puteadas eran parte del espectáculo. Hoy, a la hora de evocar aquella gesta vuelvo a rescatarlo y a darme cuenta de que lo extraño. La risa, la voz, su grito cuando caminaba a la altura del Club Atlético. Lo extraño.
Vuelvo a ese día, a esa tarde. Después de haber estado concentrado a un nivel indescifrable, Chelo nos subió al Renault 18 y nos vinimos para los pagos. Había que compartir la alegría con Mabel y Nadia.
Mi felicidad todavía perdura. Deben comprenderme… nunca estuve tan cerca de la historia que vale. La que cuenta.
Hace 25 años, Chelo ganaba el oro de Carabina Libre en los Panamericanos Mar del Plata 1995. Y yo estuve ahí. Cerca de uno de los tipos más coherentes que he conocido.

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