Mensaje de Cuaresma del Párroco Jorge Ritacco

sábado, 29 de febrero de 2020 · 13:03

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. La Cuaresma dura 40 días; comienza el miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo.

Este tiempo de la Cuaresma es de ofrecimiento, de penitencia, de encuentro íntimo con el Padre. Dice el Evangelio: “...y tu padre que ve en lo secreto te recompensará…” Es una época de religiosidad como suelo decir, no de vidriera o de una religiosidad para ser vistos y ser aplaudidos, sino que es un periodo de fuerte intimidad con el Padre y esa intimidad con Dios es el camino que propone el Evangelio del miércoles de ceniza (MT 6, 1-18).

Es la oración de un encuentro personal con Él; no repetir fórmulas ni enseñar quien o marcar tiempos o emociones, sino la intimidad con el Padre. Es una oportunidad de ayuno, de privarnos de algo, un sacrificio como el sentido de ofrecimiento; qué puedo ofrecer yo.

La Iglesia pide el ayuno y no comer carne. Es cierto, es un buen tiempo para eso, pero también para otros ayunos y ofrecimientos que a diario podemos hacer y que nunca lo practicamos. La Cuaresma es un periodo fuerte para eso. Para ofrecer y no sólo para brindárselo a Dios sino para ofrecerle a los hermanos. Es un tiempo fuerte de la limosna, para ayudar a otros, de dar no lo que me sobra sino de lo que tengo y saber compartir.

Son estos cuarenta días que la Iglesia dedica a prepararse para una Pascua, para una resurrección y un cambio y en este lapso ir alimentando el deseo de esa transformación. Todos tenemos cosas que cambiar, tanto personal como en comunidad. Tendríamos que mirar un poco cuáles son esas cosas que tenemos y deseamos cambiar y pedirle a Dios todo eso. Es un don maravilloso y sobre todo poder hacerlo en la Cuaresma. Para eso son estos cuarenta días, para escuchar a Dios e intimar con Él, que ve en los secreto y te recompensará.

Pidámosle a la Virgen nuestra madre, que nos muestre ese tiempo y que nos haga vivir con intensidad ese encuentro con el Padre, de oración personal, de ofrecimiento diario. Es posible poner delante de Dios toda nuestra vida, de sentarnos cara a cara con Él, de mirarnos a los ojos con el Padre, escucharnos, conocernos y pedirle la fuerza para cambiar lo que tenemos que hacer en nuestra vida.

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