Educación

PISA: Tenemos los resultados ¿Y ahora qué?

Una mirada hacia el interior de las escuelas. Por María Inés Plá Alba.
lunes, 16 de diciembre de 2019 · 11:48

Por María Inés Plá Alba*

Acabamos de conocer los resultados de PISA que evalúa competencias de los estudiantes de 15 años en Lengua, Matemática y Ciencias. Más alla de los detalles, está claro que estamos estancados y, en algún caso, peor que antes si nos comparamos con nosotros mismos.

Estos datos tienen como primer destinatario a los gobiernos y a los ministerios de Educacion de los diferentes países que participan, con el objetivo de brindar información para la toma de decisiones y favorecer una lectura que, aunque relativa, ubica a un sistema educativo dentro del contexto internacional. Además promueven el desarrollo de líneas de investigación en los ministerios de Educación, el establecimiento de protocolos, dispositivos, criterios y la aparición o fortalecimiento de equipos especializados en estas temáticas. Favorecen la discusión sobre la educación colocándola en la agenda pública, volviéndola visible. De todos modos, tal como señala Ravela, algunos autores consideran que resultan un tanto limitados los resultados efectivos de este tipo de evaluaciones sobre las políticas educativas, e inclusive en el tratamiento público de la problemática.

Más alla del nivel de discusión que se suscita en los países a partir del conocimiento de los resultados, hoy, a más de una semana de conocidos los resultados, ya no estamos hablando de ellos. Es cierto que el momento en que aparecen en nuestro país se encuentra convulsionado por el cambio de gobierno y esto hace mas comprensible su abrupta desaparición de la agenda publica. Pero si nos retrotraemos a años anteriores, la discusión en los medios y en otros ámbitos fue muy efímera y superficial.

Ahora bien. No solo los gobiernos y ministerios son destinatarios directos de esos datos, sino que lo son las escuelas a las que van nuestros hijos. Los resultados de un modo más detallado o de un modo mas general llegan a las escuelas que han participado del Programa. Estos datos entran a la escuela muchas veces de la mano de los supervisores o de los directivos que consultan los informes correspondientes.  Una vez adentro ¿qué sucede? ¿Qué sería deseable que suceda para potenciar esa información y convertirla en una cuestión significativa, motivante, que no dejara indiferente a nadie que esté relacionado con la educación?

Esos “datos” entran a un sistema que es la escuela. Y para que produzcan algún  efecto o impacto positivo y sostenible en el tiempo, sin dudas, es necesario saber qué hacer con ellos.

Debiéramos aquí detenernos en un punto muy importante que pocas veces se discute en los espacios escolares y menos aún en espacios de opinión publica: detrás de esas evaluaciones existe una postura pedagógica y didáctica a partir de la cual se construyen los exámenes. ¿Qué es lo que buscan ponderar o diagnosticar esas pruebas? ¿Cuál o cuales son los enfoques de las disciplinas sobre los que se basan? ¿Son los mismos sobre los que nosotros en nuestra institución trabajamos? Porque aprender, como señalan Aguerrondo y Tobón, es un término que puede ser comprendido de diversos modos: para algunos es retener información, para otros comprender cuestiones esenciales de cada área del conocimiento, para otros desarrollar competencias que le permitan al alumno formarse para saber actuar eficazmente en un contexto y así podríamos seguir. Para algunas posturas aprender incluye la dimensión afectiva, la moral, la emocional, la corporal. Para otras no. Para algunas es lograr la plenitud de todas las dimensiones humanas; para otras es obtener el éxito.

Puede suceder que, si la escuela no tiene claro el perfil de estudiante que pretende lograr o los fundamentos pedagógicos de su propuesta, intente replicar lo que estos modelos piden para obtener mejores resultados la próxima vez.

En los casos en que esto no suceda, si la escuela enseña de un modo y las evaluaciones apuntan a otros objetivos, está claro que los resultados serán deficientes. Y entonces ¿quién decide lo que es valioso aprender y lo que es valioso diagnosticar? Al mismo tiempo ¿es tan grande la brecha entre lo que se evalúa y lo que un estudiante cualquiera, de cualquier lugar debería saber, más allá del modelo educativo que se siga?

Sabemos muy bien que cada comunidad educativa selecciona e inclusive valora de modo diverso el aprendizaje, generando condiciones y enfoques de enseñanza diferentes.

Hasta aquí creemos que la pregunta central que podríamos hacernos puertas adentro de las escuelas y entre las escuelas es: ¿qué es valioso que los alumnos aprendan en este contexto cultural actual, donde el estudiante siempre será una persona pero que está inserto en un contexto diferente al de hace 30 años atrás: cambiante, incierto, global, complejo, como señala Morín? ¿Coincide lo que evalúa PISA con el modelo que nosotros como país promovemos? ¿Tenemos claro qué queremos formar nosotros?

Dicho esto, vamos hacia otro punto de nuestro análisis.

Corresponde preguntarse sobre las herramientas que poseen directivos y docentes para convertir esos datos en información valiosa para la institución y para diseñar un plan de mejora consistente a partir de ellos, poniéndolos en diálogo con aquello que los mismos colegios recogen de distintas fuentes internas y/o externas.

Aquí cabe pensar en  la formación docente y de directivos y en el tipo de  participación de las familias. Para poder hacer un uso inteligente y estratégico de esos datos es necesario contar con una serie de habilidades que favorezcan la interpretación de esos insumos en el marco del Proyecto Institucional y el contexto socio cultural de la escuela. Preguntas como: ¿qué perfil de estudiante pretendemos formar? ¿cuál es nuestra visión compartida sobre lo que intentamos aportar a la sociedad? Son cuestionamientos indispensables para poder poner un marco de referencia y entender qué está pasando.

Hoy en día autores como Perrenoud,  Schön o Domingo Roget y Anijovich afirman la  necesidad de subrayar la profesionalidad de la carrera docente argumentando la urgencia de despertar el espíritu investigador y la reflexión sobre las propias prácticas como un hábito del directivo y del maestro, a fin de corrernos del círculo vicioso de la queja sobre magros resultados. Si el proceso es informativo, es decir, “sepan cuales fueron sus resultados” y no se empodera convenientemente a las escuelas para manejar esos informes, es probable que sigamos en una misma dirección cada vez más sinuosa y con apariencia de callejón sin salida.

El docente es un profesional en la medida en que es capaz de reflexionar crítica y con fundamentos sobre sus prácticas y capaz de aprender con otros y de otros, construyendo conocimiento que de modo individual no podría obtener.  Investigador, reflexivo, competente, profesional. Para lograr estas características queda cuestionado el modo real en que se forma a los docentes, más allá de los valiosos intentos aislados que existen.

Muchas de las características  de nuestra cultura postmoderna influyen para hacer más difícil el abordaje de los problemas de aprendizaje: la incertidumbre, la multiculturalidad, el estatus de la educación y de los educadores, deteriorado en el imaginario social, las profundas desigualdades sociales que fragmentan de modo profundo el sistema educativo volviéndolo inequitativo. Con más razón, la preparación de los nuevos docentes y de los docentes que ya tienen una trayectoria en el sistema es una cuestión que desafía a los ministerios de Educación y que debiera interpelar a la sociedad civil, a las propias escuelas y  a los padres.

¿Qué hacemos con saber que en nuestra escuela el 50 % de los estudiantes no comprende lo que lee? ¿qué significa eso? Acaso todos entendemos en nuestro colegio lo mismo por “comprender”? ¿Es parte de nuestro objetivo y de nuestras acciones concretas el ejercicio de una lectura destinada a la comprensión? ¿Cómo y cuánto hemos hecho pensando en que los alumnos desplieguen esta capacidad? ¿Todos los maestros trabajamos en ese sentido? ¿Cuánto y con qué calidad nos comunicamos unos con otros dentro del mismo espacio para conocer que hace el otro que está en mi misma institución? ¿Cuál es el plan del año que viene para trabajar sobre esta capacidad de modo coherente y potente? ¿Sabemos hacerlo? Y las familias, ¿cómo llevan sus preocupaciones a los docentes sobre el aprendizaje de sus hijos? ¿Saben ellos mismos como podrían ayudar de modo simple a todo este sistema tan complejo que es la escuela, conservando su lugar como papás?

Para que todo esto sea posible es condición necesaria la constitución de una comunidad de aprendizaje que favorezca la coherencia de las decisiones que se toman y en la que todos los que participan estén dispuestos a aprender de otros y a compartir sus buenas prácticas. Y definir un rumbo compartido. La fragmentación de la escuela, que cada uno haga lo que mejor le parece sin tener claro el fin prometido a los padres, no habla de una decisión correcta.

Inclusive para que esta realidad se materialice deberíamos modificar cuestiones de índole organizacional, muy instaladas en el sistema, que no ayudan a que este diálogo profesional, permanente, de mutuo aprendizaje se de con cierta naturalidad. Aún reconociendo estos obstáculos, es cierto que hay mucho más espacio para el cambio de lo que pensamos. El tema es que, cuando reconocemos el margen de libertad para movernos, al mismo tiempo necesitamos saber hacia dónde y cómo.

Es imperioso abandonar la ilusión que alimentamos muchas veces en la Argentina: “si cambiamos el diseño curricular, cambia el aprendizaje” Que trabajemos para rediseñar, no en los papeles, sino en los hechos, la unidad de objetivos en cada escuela y los procesos de formación que nos permitan saber qué hacer con esos datos que son sólo una parte de una película mucho más amplia y compleja, que requiere de profesionales cada vez más desafiados y por lo mismo más exigidos.

En una formación pensada para el siglo XXI, donde la capacitación otorgue flexibilidad para moverse dentro de los cambios, capacidad  de observación y profundidad en la interpretación de lo que sucede en un aula o en la escuela a fin de identificar lo que hay que hacer; liderazgo para saber llevarlo adelante en un proceso complejo, y compromiso social para entender de una vez por todas que la educación no puede ser tema de disputas sin fundamento, como modas que como aparecen se van, pues en esto se nos va la Nación.

En síntesis: ¿qué plan consistente, profundo, de mediano y largo alcance elaboraremos antes de que termine el año para que nuestros estudiantes comprendan lo que leen, puedan resolver problemas básicos y sean capaces de aplicar la ciencia a los hechos cotidianos para comprenderlos mejor y ser ciudadanos responsables?

Exijamos como padres y sociedad civil que esta información no caiga en saco roto. Exijamos. Participemos en las escuelas. Es el futuro personal y social de nuestros hijos el que está en juego ¡No dejemos que estas noticias desaparezcan con la velocidad que se caen los chimentos de la farándula!

 

 

*Directora del Profesorado Universitario de Educación Primaria, Escuela de Educación de la Universidad Austral.

 

 

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Comentarios

16/12/2019 | 12:47
#1
Muy buena nota, pero en un pais donde los docentesse niegan y hacen medidas de fuerza para no ser evaluados,la educacion no tiene futuro.....