Nuestra historia

El molino harinero de Manzanares, primer capítulo del desarrollo

Fundado en 1874 por el italiano Miguel Bancalari, fue la primera industria del distrito. Trajo aparejados el crecimiento comercial y la llegada del tren.

El molino harinero de Manzanares, primer capítulo del desarrollo

RESTOS. Fachada del molino, considera la primera industria del distrito.

Conocido hoy como uno de los Partidos con mayor desarrollo industrial y productivo, Pilar fue -hace ya un siglo y medio- un pueblito en el que aún ni se soñaba con un presente como el actual.
Por ese entonces, Manzanares era una población rural y alejada, en la que sin embargo un grupo de italianos decidió apostar en grande: la construcción y puesta en marcha de un molino harinero, emprendimiento que es considerado como la primera industria del distrito.
Corría 1874 cuando la estructura comenzó a funcionar, más exactamente el 28 de febrero de ese año. La historia había comenzado cuatro años antes, cuando Julián Manzanares -uno de los descendientes de la primera familia que habitó en la localidad- le vendió alrededor de 1.000 hectáreas de campo al inmigrante italiano Miguel Bancalari, uno de los tantos europeos que había arribado a nuestro país en busca de nuevos horizontes y oportunidades.
Fue en esa vasta extensión de terreno donde aquel empresario montó un molino harinero, hace ya 145 años. “Casi todos sus trabajadores eran italianos”, recodaba meses atrás en entrevista con El Diario Silvia Villamagna, presidenta de la Junta de Estudios Históricos y vecina de Manzanares. “La preponderancia italiana es impresionante”, agregaba, con respecto a las olas migratorias en el distrito. Dichos empleados fueron quienes, en 1919 –al cerrar el molino- decidieron abrir los tambos.

Sobre rieles
El molino harineo originaba una importante fuente de trabajo, lo que provocó el impulso comercial y de transporte en la zona. Era una época de vacas gordas, aprovechando además la etapa de prosperidad económica que vivía el país.
Pero no se puede recordar al lugar sin hacer mención al transporte, especialmente el ferroviario, ya que con el paso por Pilar del Tranvía Rural de la Provincia de Buenos Aires -de los hermanos Lacroze-, se construyó la Parada Tomás Santa Coloma para atender al molino. 
Luego, se tendió desde allí una vía económica tipo Decauville, de unos 5 kilómetros de longitud en dirección Este, para llegar hasta la industria de Bancalari. Recién 14 años después, el 25 de marzo de 1888, se inauguraría la estación de trenes de la localidad.
Sobre esto, hace unos años llevó a cabo una investigación Alejandro Tumanoff, quien recordó que el pequeño tren circulaba por lo que hoy es la calle Río Hondo, pasando luego por la calle El Trébol.
Al acercarse al río Luján el terreno comienza a bajar, con lo cual las vías continuaban sobre un alto y angosto terraplén, sorteando con puentes algunos cursos de agua (el arroyo Las Flores era el más importante). Finalmente, cruzaba el río Lujan sobre el dique de ladrillos que abastecía el molino, para terminar en la otra orilla junto al edificio.
Tumanoff indicaba que “cuando arribó a la zona el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, éste debió cruzar el recorrido del Decauville, con los costos importantes que esto implicaba. Entonces se acordó la construcción de una estación próxima, Manzanares, modificándose la traza, partiendo ahora el trencito desde esta estación hacia el molino”.
Y agregaba: “Luego del cierre del molino, el pequeño ramal siguió circulando un tiempo más, ocupándose de transportar tarros de leche de los tambos cercanos”.

Señales
Años atrás, el recorrido fue declarado “de interés municipal” por el Concejo Deliberante, aunque en la actualidad solo quedan algunos vestigios de lo que fue la primera industria de la zona. El más reconocible es el angosto camino de casuarinas por el que hace casi 150 años circulaba una “zorrita” sobre un riel, comunicando el molino con la estación.
Desde los puentes que aún se conservan, cuentan los memoriosos que en los días claros podían verse las torres de la Basílica de Luján, ubicada a varios kilómetros de distancia.
Durmientes, rieles y algún que otro vagón abandonado completan el paisaje, sin dejar de mencionar –claro está- lo que se conserva de la estructura del molino, mole de ladrillos que persiste como testigo de una época que inauguró una historia de crecimiento y desarrollo que aún no tiene capítulo final. l


El dato
La mayoría de los empleados eran italianos que, tras el cierre en 1919, decidieron abrir tambos.

Comentarios Libres
  1. grafico
    GABRIEL | 24/11/2019 | 21:31
    Responder (0)
    Pos. (1) Neg. (0)
    #3
    grafico
  2. Muy buena nota!!
  3. grafico
    Antonio Juan Mella | 24/11/2019 | 14:19
    Responder (0)
    Pos. (1) Neg. (0)
    #2
    grafico
  4. Gracias por tan provechoso articulo. Quienes desconocen el pasado no tienen presente. Quienes difunden el mismo producen futuros fecundos. Atte. Antonio Juan Mella.