Soy mano

“Compré una cafetera por internet”

domingo, 24 de enero de 2021 · 08:10


Por Víctor Koprivsek 
 
De las que se les mete una cápsula, viste. No sé qué le pintó pero bueno. La compró en una campaña de esas que se llaman Cyber Monday. La propaganda llegó después de una charla de mesa… con el celular cerca… viste cómo es esto, nombrás caca de perro y te llegan propagandas de palitas.
“Yo quiero tomar café de cápsulas”, dijo decidido. “Hace cinco meses que estoy encerrado y me quiero dar un gusto, quiero tomar latte machiato caramel”. Guau!!!
Y así fue como hizo clic donde no debía. 
Cuando llegó el paquete hubo fiesta en la cocina. Mariposas en la panza. La marca tenía un nombre rarísimo: Kanji Home.
La empresa no se quedaba atrás, su nombre era de esos que se olvidan rápido, más rápido incluso de que desaparezca de Mercado Libre. Algo así como Mox Wendy.
Cuando fue al súper y vio el precio de las cápsulas, pensó: “Los gustos hay que dárselos en vida”. Alcanzó a preparar cinco machiatos hasta que se trabó la máquina.
Llegó el momento de la garantía y había pocos rastros de dónde y cómo. Internet es un mundo abstracto (y pensar que parece tan real).
Después de largas semanas de puteadas y muchas horas invertidas en reclamos, para no sentirse un pelandrún, llegó la respuesta flaca y salvadora. Tenía que llevar la cafeterita a Mataderos.
Lo tomó como una aventura y arrancó hasta la oficina donde al fin le podrían arreglar el fiasco. Cuando llegó a la dirección, guardada en una captura de pantalla, no tenía ni siquiera un cartelito de… algo.
Tocó timbre y esperó, al rato de un pontón contiguo salió un rechonchón con cara de buenardo.
-Hola, decime… ¿qué anda pasando?
-Me mandaron a esta dirección por la garantía de esta cafetera –dijo jugado.
-Buenísimo, dejámela.
-¿Así nada más? ¿No me vas a dar un remito?
-Andá tranquilo, no se usa más eso, tenés el número de reclamo en algún lado ¿no?
Ya absolutamente atado de pies y manos le entregó la cafetera y el hombre lo saludó. 
-Al menos decime cómo te llamás.
-Pablo -respondió sonriendo.
De regreso a Pilar no tenía nada, ni cafetera ni latte machiato. Solo un número de seis dígitos de reclamo de una empresa que ya se había derretido por el cielo del ciberespacio.
Al mes y medio llega un mensaje por mail. “Ya está la cafetera. Vení a buscarla cuando quieras”. Y allá fue a buscarla: Panamericana, General Paz, Liniers, Mataderos.
-Hola, Pablo, ¿quedó bien?
-Sí, ya la arreglamos.
-¿La probaste?
-No, no hace falta. Llevala tranquilo -dijo el bonachón.
Cuando llegó a su casa, compró una cajita de cápsulas y le preparó cafecito a toda la familia. El primero de lujo, el segundo bien, el tercero puff… se trabó de nuevo.
Ya pasaron varios meses y ahora bate en un frasquito la leche para hacer espuma. La Volturno nunca falla.
 

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