MÓNICA CÁMERA
De buena madera
A Mónica Cámera, los horizontes laborales se le abrieron por pura osadía. Entre cajas y baúles de fibrofácil recuerda, con picardía, la primera vez que aceptó un encargo hace seis años.: “Hice una cajita chiquita, horrible y de ahí empecé a hacer una y otra más, hasta que hice una estantería llena de cositas horribles”.
Sin haber estudiado carpintería pero con suficiente fe en si misma, empezó por experimentar con una caladora de su padre. Los primeros pesos ganados se transformaron en nuevas herramientas y antes de lo esperado comenzaron a llover pedidos que hoy llegan incluso de países limítrofes.
Muebles pequeños, cajas, adornos de madera, forman parte de su taller “Fibropilar” del barrio La Pilarica. “Me di cuenta que iba a ser una salida laboral cuando vi que la gente venía a casa a pedirme algo y yo no me tiraba para atrás”, contó la mujer que a los 11 años empezó con los rebusques “por decisión y no por necesidad” y a lo largo de su vida experimentó en la fabricación de pan casero y comidas para llevar.
“Hoy puedo decir que vivo de mi trabajo”, remarcó con orgullo aunque, reconoció, que “me costó mucho, hasta adaptarme con mi familia”. Con 36 años y 20 de casada, tuvo que enfrentar en muchas ocasiones el choque entre los horarios hogareños y los impuestos por las entregas.
“Mi marido me dice que baje un cambio”, afirma Mónica que, como concesión, jura haberle puesto un tope a su oficio. “Hasta los 40 quiero hacer esto y después pasar a otra cosa donde no tenga que levantar placas pesadas”.
MICAELA GIMÉNEZ
La chica de las estampas
Los seguidores que ganó en su página de facebook cuando era “la chica que ama los viernes” subiendo fotos en divertidos escenarios el último día hábil de la semana, fueron un buen punto de partida para promocionar su emprendimiento. También lo fue el negocio que tuvo junto a su padre sobre la calle Rivadavia.
Desde hace un año y medio, Micaela Giménez, de 36 años, casada y con una hija, destina buena parte de su día (y de sus noches) a “No hay tu tía”, su marca de sublimados. Remeras, toallas, ajuares de bebé y manteles, están entre sus producciones.
“Al principio yo diseñaba y otro lo sublimaba, pero las cosas no eran de la calidad que buscaba”, afirmó. Eso la motivó a adquirir su propia termo estampadora y a aprender a usarla en tiempo récord.
“Siempre sentí la necesidad de reformar ropa –añadió-, agregarle algo, y a la vez, no me gusta permanecer quieta en un lugar y me di cuenta que para lograr lo que quería tenía que tener mi propio emprendimiento”.
Le apasiona lo que hace y se le nota. Y en la vorágine de palabras revela, tal vez, el secreto del éxito de un emprendimiento personal. “Si no lo vendiera, lo haría igual para regalarlo”. No obstante, no haber encarado el proyecto ubicando el dinero antes que el disfrute no es sinónimo de que su actividad sea un hobbie.
“No es una diversión, necesito el dinero y es una buena salida. Estoy orgullosa porque en el comienzo de clases pude comprarle a mi hija lo que necesitaba”, destacó para agregar que “es un aporte a la autoestima, me siento más independiente y no tengo miedo a tomar decisiones”.

GABRIELA MIGUELETTO
Invitados a tomar el té
A sus 43 años, Gabriela Migueletto se animó a cruzar la barrera de su cocina para embarcarse en un proyecto sin precedentes en el mercado local. A través de la empresa que fundó en marzo último, “La magia del té”, organiza meriendas para mujeres, a domicilio.
Con la doble apuesta de emprender e innovar, la mujer –hasta el momento dedicada a la repostería desde su hogar- se animó a dar un salto que hoy comienza a dar sus frutos.
La idea apareció en su cabeza como una versión adaptada a sus posibilidades del negocio que siempre estuvo entre sus planes. “Siempre quise poner una casa de té pero económicamente se me complica”, explicó y añadió que también sirvieron como inspiración “los chefs que van a tu casa a cocinarte”.
El vasto mundo del té, su ceremonia y la revalorización de la milenaria infusión que hubo en los últimos años terminaron de decidirla.
Con una moderada inversión en manteles y vajilla china pintada a mano, el emprendimiento estuvo listo para salir a la luz. El componente comestible, tortas, muffins, galletitas, es de factoría propia. Todo ultra-femenino y adaptado a las exigencias, cada vez más altas, que se le imponen a la pastelería.
“Los tés y los cumpleaños ya no son con una torta y una pastafrola”, señaló Gabriela, mientras sueña con hacer crecer su proyecto. “Las respuestas fueron muy alentadoras, dan ganas de seguir apostando”, celebró.
