Tribuna del lector: Susurro desde el corazón

por Gabriel Lagomarsino
miércoles, 3 de abril de 2013 · 00:00

Martes 30 de marzo de 1982. Crucé la ruta, el viejo “camino Pilar-Moreno”, y esperé ver aparecer el destartalado 501 color verde agua. Al llegar a la estación “del San Martín”, saqué ida y vuelta a Retiro. Después de una hora y veinte, árboles con ocres y verdes de “Kilómetro” (Astolfi) tornaron color paredes de ladrillo sin revocar, y finalmente, en el gris cemento al acercarnos a la Capital. El “33” no tardó. Ese día la ciudad estaba diferente: policías en la calle, carros de asalto, gente apresurada. En el aula magna 201 de la Facultad de Ingeniería me encontré con Marcelo Lavignolle; habíamos terminado la secundaria en el industrial de San Miguel, y aunque no habíamos sido compañeros de división, la universidad nos permitía pasar del compañerismo de la escuela a la amistad.

Salimos de la Facultad esquivando carteles de UPAU, Franja Morada, y otras agrupaciones que competían para conducir el Centro de Estudiantes. Caminamos un par de cuadras; nos metimos en un bar al que solíamos ir a estudiar sobre Independencia. Al salir, demasiados años de sanguinaria dictadura militar terminaron por contagiar a toda la sociedad civil la idea de que la situación no daba para más. Había que “ganar la calle”.

Reclamábamos el fin de la dictadura, la convocatoria a elecciones y la aparición con vida de los miles de detenidos por el “Proceso”. Pero el Gobierno tenía otros planes. Sin darnos cuenta, los policías nos estaban persiguiendo con sus garrotes en alto, y las sirenas de los camiones celulares de la Federal nos aturdían, reverberando entre los edificios de alto.

Corrimos por Defensa hasta la Plaza de Mayo, y desde ahí a Retiro. Ya en San Miguel, nos enteramos que el “criterio” con el que la policía persiguió esa tarde a sus víctimas fue… el uso de zapatillas; los que usábamos zapatillas -razonaron con criterio paleozoico- debíamos hacerlo porque éramos vándalos preparados para huir de las fuerzas del orden. El pensar linealmente era tan habitual, que los matices, la diversidad de criterios, eran para las autoridades una amenaza a combatir.

Viernes 2 de abril de 1982. Crucé la ruta, el viejo “camino Pilar-Moreno”, y esperé ver aparecer el destartalado 501. Al llegar al andén de la estación, muchos pasajeros se amontonaban frente al kiosco de Misigoj: las tapas de los diarios anunciaban que habíamos recuperado Malvinas: “La República, a través de sus fuerzas armadas, mediante la concreción exitosa de una operación conjunta, ha recuperado las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur para el patrimonio nacional” (comunicado Nº 2 de la Junta Militar).

En los días que siguieron, el sentimiento colectivo subyacente y la propaganda del gobierno argentino lograron un apoyo mayoritario a la acción militar. Quienes -compartiendo la convicción visceral de que “Las Malvinas son Argentinas”- veíamos en la recuperación un intento por aferrarse al poder de una dictadura decadente, fuimos acusados de traidores a la Patria.

Pero los que ese martes habíamos sido corridos de la Plaza a palazos, supimos que la multitud que ahora la ocupaba vivando a Galtieri y su empresa, pronto terminaría arrepentida.

En mi casa se vivieron días y días de angustia: se anticipaba que, en caso de ser necesario, se irían convocando reservistas. En casa de Marcelo Lavignolle, la angustia era aun más profunda: Roberto, su hermano mayor, estaba en Puerto Argentino.

Pasó la guerra. Desde entonces, Roberto y sus compañeros en la “Gesta de Malvinas”, los que volvieron y los que no, son héroes que guardo en mi corazón. Desde allí, no dejan de susurrarme que continuemos nuestra lucha en paz, para que —más temprano que tarde y para siempre— la Bandera de Belgrano vuelva a flamear sobre las irredentas Gran Malvina y Soledad.

 

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