Tribuna del lector: Terminar con las improvisaciones

Por Nicolás Ducoté
sábado, 27 de abril de 2013 · 00:00

En las últimas semanas han comenzado a oírse en Pilar voces que proponen un replanteo general de la planificación urbana. Esas opiniones, que no pueden menos que ser recibidas con satisfacción, plantean incluso ir al fondo del problema y generar un nuevo código de zonificación. Se tendrían en cuenta elementos como la salud humana, el medio ambiente, la circulación de personas y vehículos y el crecimiento de las construcciones en el Partido.

Una estadística recientemente conocida indica que desde 1985 a la fecha fueron nada menos que 160 las excepciones aprobadas al Código vigente. A través de ellas, en un 34 por ciento de los casos se afectaron para el uso residencial o complementario del residencial zonas antes libres de ese tipo de edificación; en un 22 por ciento el uso fue industrial, rural o recreativo; en un 11 por ciento se destinó el suelo a usos complementarios de clubes de campo, y en el 13 por ciento restante se trató de excepciones a la ordenanza 10/85, por ejemplo para indicadores urbanísticos.

Si las cifras anteriores son llamativas, el cuadro empeora cuando se recuerda que todo esto se manejó con absoluta falta de una planificación global. La clave de bóveda para este manejo fue la improvisación, y ya se sabe que junto a ésta, en temas como los que estamos analizando, siempre asoma la corrupción, con el resultado de serios perjuicios para el estado de salud y el hábitat de miles de vecinos.

Ni siquiera los parches en la zonificación siguieron un criterio uniforme. El espíritu de piedra libre imperante llevó a que en numerosos casos se autorizara la construcción de viviendas multifamiliares en zonas carentes de agua corriente y cloacas. La desenfrenada especulación inmobiliaria hizo que se erigieran barrios cerrados y clubes de campo a orillas de ríos y arroyos, algo expresamente prohibido por la legislación vigente.

El resultado está lamentablemente a la vista de todos: falta de los servicios cloacales mínimos, contaminación del agua potable, depresión de las napas por la alta demanda o presión sobre el acuífero, denuncias sobre instalaciones o transformadores eléctricos altamente contaminantes, falta de calles y veredas, o existencia de ellas en pésimas condiciones.

En paralelo con esa delicada situación, Pilar y sus alrededores ya son consideradas zonas de riesgo máximo de inundación dentro de la cuenca del río Luján, dado que las obras irresponsablemente realizadas han modificado la topografía original, con el agravante de que el evidente, y cada día más presente, cambio climático, en el corto plazo hace obsoletas las cotas de seguridad vigentes.

Párrafo aparte merece la situación en nuestros humedales, porque está en vigor la norma que prohíbe construir en esas áreas y dispone la realización de un mapeo detallado y preciso de ellas, pero dicha tarea no ha sido nunca encarada.

Hace falta, y con la mayor premura posible, un nuevo código de zonificación y una legislación que tenga en cuenta integralmente las necesidades actuales y futuras de la población. Pero hay que destacar que los remiendos hechos en todos estos años dieron lugar a un óptimo negocio con la tierra casi sin control alguno y sin la mínima consideración por las consecuencias de semejante criterio. Estas irregularidades tienen también aquí una considerable cuota de protagonismo.

Nadie postula un utópico regreso a tiempos definitivamente idos, ni la renuncia a comodidades y servicios que se han incorporado para siempre a la vida cotidiana. Se trata de pensar en la calidad de vida presente y futura en nuestro propio entorno, en el lugar que elegimos para vivir, formar familia, criar a nuestros hijos. Que la codicia desbocada no produzca el deterioro irreversible de un ambiente como el que nos gusta. Para esto bastará con que quienes ejercen el gobierno y la representación del pueblo apliquen su sensibilidad y su sentido común.

Todavía estamos a tiempo.

 

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