Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: La desaparición de Santiago con caballo y todo

por Manuel Vázquez
sábado, 8 de septiembre de 2012 · 00:00

Los alumnos de 5° año debían realizar un trabajo de investigación y posteriormente elaborar un informe. El tema era a elección y un grupo, por sugerencia del padre de uno de sus  integrantes, propuso investigar sobre el paradero de una imagen ecuestre de Santiago Apóstol que hace más de veinte años desapareció del templo parroquial de Pilar.

Yo sabía que no les iba a resultar fácil recabar información. El cura a cuyo cargo había estado la parroquia durante las últimas décadas había fallecido recientemente y, teniendo en cuenta su forma personal  de conducción,  era poco probable que hubiese participado a alguien sobre el destino de la imagen. Sin embargo, no hay nada que resista la curiosidad de un grupo de adolescentes motivados por una búsqueda poco común.

El día en que debían entregar el trabajo presentaron una carpeta repleta de entrevistas y datos más que interesantes, a partir de los cuales podría iniciarse una investigación más profunda. Secundado por  amigos de aquí y del otro lado del Atlántico, y contando con  Internet, me avoqué al trabajo detectivesco.

Descubrí que, en las postrimerías del siglo XIX, el cabildo de la catedral de Lugo, en Galicia, solicitó a una firma de fabricantes  andaluces  una estatua ecuestre de Santiago Apóstol (el Matamoros) de tamaño casi natural, para ser instalada en un altar de ese templo.

Los imagineros, queriendo ahorrar tiempo e intentando “sacarse un clavo de encima”, utilizaron la imagen de un guerrero visigodo que ya tenían volcada en yeso desde hacía tiempo y que, tras encargarla, nadie la había retirado. Le cambiaron un poco el ropaje, colocaron sobre su cabeza el clásico sombrero del apóstol con la concha del peregrino y le cambiaron el espadón medieval por una espada romana de menor tamaño.

Así travestido, Santiago partió hacia su destino lucense donde la población, acostumbrada a la clásica imagen venerada en Compostela, no sólo lo recibió con malos ojos sino que juzgó herética la chapucería hecha por los andaluces. Al tiempo, comenzaron a achacarle a la estatua todos los males que acaecían en la ciudad y en la provincia. Cuentan que tanto temor llegó a despertar su “mala onda”  que muchos fieles dejaron de concurrir a la catedral por miedo a ser víctimas de alguna desgracia. Por prudencia, el cabildo catedralicio decidió al fin quitarla del culto público y arrumbarla en un galpón junto a trastos viejos.

A poco de iniciarse la guerra civil española, varios gallegos simpatizantes de la Falange, residentes en Buenos Aires, deseosos de que su bando resultase vencedor en la contienda, prometieron solemnemente a Santiago Apóstol (tomado como un símbolo del franquismo) que, si los ayudaba, entronarían una imagen suya en la basílica del Pilar, en pleno barrio de la Recoleta. A tal fin  comisionaron a un sacerdote para que viajase rumbo a España para  adquirirla.

El tonsurado, ni bien llegó, se contactó con sus colegas y estos  le informaron que en la catedral de Lugo podrían venderle un Santiago Matamoros a muy buen precio, ya que la superstición había obligado a retirarlo de su altar.

Aunque con recelo por su nefasta historia, al sacerdote lo tentó la oferta y, convenientemente embalada, la difamada imagen viajó hacia Buenos Aires.

Muchas instituciones gallegas se reunieron en la basílica porteña para honrar al apóstol cuya estatua, al son de gaitas y tambores, era izada hacia su nuevo altar mediante un aparejo que, por su vejez, se partió en medio de la operación arrancándole un brazo al obrero que lo comandaba. A la semana, una tormenta arrancó la parte del tejado del templo que da hacia el cementerio de la Recoleta.

El sacerdote encargado de la compra se asustó y confesó la mala fama que traía la imagen, acusada de atraer desgracias. Cuentan que entonces los frailes recoletos  decidieron devolvérsela inmediatamente a los gallegos que la habían donado.

Temerosos del castigo que podría alcanzar a Francisco Franco si ellos no cumplían la promesa de entronizar a Santiago en un templo dedicado a la Virgen zaragozana, se les ocurrió que en Pilar, entonces un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, no rechazarían la imagen de ese particular Santiago visigótico, y marcharon a ofrecerla como regalo.

El párroco pilarense, aunque honestamente le advirtieron sobre la historia del enorme ícono, aceptó la donación y la incorporó al inventario del templo, escribiendo también, como curiosidad, el antecedente supersticioso que le habían referido.

Al poco tiempo, las instituciones gallegas, franquistas o no, comenzaron a peregrinar anualmente hacia Pilar para rendir culto a su santo guerrero entre jotas, muñeiras y falangistas vivas a “una España grande y libre”; pero un nuevo párroco, juzgando que la fiesta podría interpretarse como un acto político, decidió terminar con las procesiones, retirar a Santiago del templo y ocultarlo en una nave lateral que se usaba como depósito. Allí permaneció varios años junto al antiguo púlpito de madera coloreada que cayó en desuso tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano Segundo.

En la década de 1970, al inaugurarse por breve lapso un museo histórico en ese sitio, se expuso como curiosa pieza la imagen cuyo controvertido derrotero muy pocos pilarenses conocían.

Cuentan que, al seleccionar los objetos que entregaría a los organizadores de la exposición, el cura encontró el antiguo inventario (hoy desaparecido) con la anotación marginal sobre los maléficos poderes que se le atribuían al ícono y, riéndose de ella, la comentó con unos pocos allegados. Cuentan que inexplicablemente supersticiosos (única explicación que atinan), algunos relacionaron al pobre Santiago con el acelerado deterioro que en pocos años había resquebrajado los muros y la bóveda del templo ya centenario y, a partir de allí, buscaron la forma de alejarlo sin confesar el motivo ni solicitar la autorización del párroco.

Una noche, sin saber que alguien los observaba desde el bar El Colonial ubicado en la esquina de la iglesia, tres personas abrieron la puerta lateral del templo, cargaron en una camioneta la imagen ecuestre cubierta con una tela violeta que en otra época se utilizaba para enlutar las imágenes durante la cuaresma y partieron con rumbo desconocido.

A los pocos días, la iglesia recibió una importante colaboración de La Dirección de Monumentos Históricos Nacionales para iniciar la anhelada  reparación del edificio y tal vez, relacionando la buena nueva con la expulsión de la imagen portadora de desgracias, nadie investigó a fondo dónde había ido a parar el controversial  Matamoros.

La desaparición en esa época se reafirma porque, a principios de los ochenta, María Luisa Benberg rodó en el templo una película sobre la trágica vida de Camila O´Gorman. Emilio Lügner, escenógrafo en el equipo de filmación, participó en el “envejecimiento” de la nave para ubicar las escenas que, según el libro, deberían ambientarse  a mediados del siglo XIX. Él tuvo a su cargo reinstalar el antiguo púlpito tras hacerle algunas reparaciones y, cuando lo visité en su casa de Quilmes, me aseguró que en ningún momento vio un santo montado sobre un caballo en el depósito de la iglesia. Me dijo también que, de haber estado, la Bemberg hubiese solicitado que lo ingresasen al templo.

Nadie sabe hoy a ciencia cierta el paradero de la imagen del santo y, si alguno lo conoce, lo sigue ocultando tal vez por temor a su mala fama.

 

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