Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: ¡Teresita vio a la virgen!

sábado, 29 de septiembre de 2012 · 00:00

 

por Manuel Vázquez

 

El cura Vidal Aguado Seisdedos no tenía mal carácter, pero le costaba entrar en confianza con sus feligreses. En su España natal, el obispo le había dicho varias veces que hubiese sido preferible que ingresase en una orden religiosa, donde sólo debería tratar con otros frailes, en lugar de disgustar a los fieles con su fría lejanía y su apego a la liturgia preconciliar. Tal vez por esta discrepancia decidió viajar a la Argentina y terminó convertiéndose en párroco de la iglesia de Pilar.

-Allí no va a tener problemas, Vidal. La comunidad es tranquila y apegada a las tradiciones. No le diré que sobran las  familias ricas, pero las que tienen dinero saben abrir la billetera si se los induce bien y con cautela. Confío en usted. Estamos necesitando fondos  para reparar edificios- le dijo su nuevo obispo mientras le daba a besar su anillo pastoral.

El nuevo cura se hizo cargo de la parroquia y, con helado profesionalismo, fue efectuando lentos cambios para ajustarla a su gusto personal. Comenzó por alejar a los chiquilines que jugaban al fútbol en la cancha de básquet lindera al templo.

-Si los dejo seguir jugando allí, van a creer que la iglesia es una especie de club deportivo. Deben tener en claro que esta es la casa de Dios y que aquí no se viene a patear la pelota- le explicó de mal modo  a una madre  que se animó a pedirle cuentas por su actitud.

También, argumentando que sólo concurrían a la parroquia en busca de novias y novios, fue negándoles espacio a los adolescentes. Obedeciendo a su afán de orden y buen gusto, llegó a pedirles a las beatas que cantasen lo menos posible durante las misas ya que, según su criterio,  desafinaban como marranas. Me contaron también que, durante una ceremonia, le ordenó a una joven madre abandonar el templo con su bebé porque la criatura berreaba demasiado y lo distraía durante el sermón.

Ante este sacerdote tan especial se presentó una tarde Adela Troncoso con su hija, Teresita, asegurando que la pequeña, de apenas siete años, veía a la Virgen y conversaba con ella.

-¡Eso es imposible, señora!- se escandalizó el cura y, tras interrogar a la niña, aseguró: –Esta pequeña no tiene la más mínima idea de la doctrina. Jamás pudo haber tenido esa aparición.

-Por eso, padre. ¿Cómo puede decir que vio a la Virgen María si ni sabe quién es? Ella asegura que una señora muy bonita, con un vestido largo, blanco y que se le aparece cuando está sola hamacándose en el patio de casa.

-Yo no quisiera ser mal pensado, señora, - le lanzó el sacerdote con su habitual falta de tino – pero no sería la primera chiquilla que, impulsada por sus padres,  finge haber tenido una aparición.

– ¡Yo nunca le hubiese dicho a mi hija que mienta!- se indignó la niña contra su pecho.

- Tal vez ha sido el padre… Muchas veces, uno de los esposos desconoce totalmente lo que es capaz de hacer el otro. También puede haber sido un pariente, o un vecino…

-¡Nadie le dijo a Teresita que tenía que contar esa historia! Si ella dice que vio a la Virgen, es porque la vio. Yo le creo.

-Usted puede hacer lo que le venga en ganas, pero la iglesia no debe creer a la primera chiquilla fantasiosa que se presente diciendo que tiene visiones. Como su párroco, le ordeno que no vaya por allí con estas historias. Si es verdad que Nuestra Señora se le presenta a esta niña, pronto le dará una prueba para que todos puedan creerle.

Como la pobre mujer lloraba, Seisdedos, que aparentaba no ablandarse ante nada en materia de doctrina, sintió algo de compasión o, tal vez, una lucecita de duda se encendió en el fondo de su dogmático cerebro. Antes de despedirla en la puerta de la casa parroquial, le aseguró que a la mañana siguiente, a la hora en que la niña decía  haber visto a la hermosa señora, se llegaría hasta su casa para ver si sucedía algo extraordinario.

Como lo había prometido, a la diez de la mañana el cura estacionó su coche frente a la humilde vivienda del barrio San Alejo. Adela lo recibió y lo condujo hasta la cocina, desde cuya ventana podía verse a Teresita hamacándose bajo un deshojado paraíso.

-¿Ha visto algo hoy?- preguntó el cura Seisdedos sin poder ocultar un tono irónico.

-Aún no, padre. Recién salió a jugar.

De pronto, el sacerdote acercó su rostro hasta los vidrios de la ventana y, casi instintivamente, se persignó con mano temblorosa. Frente a Teresita, como si hubiese surgido del cerco de ligustros que rodeaba el patio, apareció la figura de una joven de largos cabellos negros, vestida con una túnica blanca y vaporosa que le llegaba hasta los tobillos.

-¿Usted ve lo que yo estoy viendo, hija?- preguntó el sacerdote en un susurro.

-No sé lo que usted está viendo, pero yo sólo veo a mi hija hamacándose- aseguró la mujer.

-¡Me parece que la hermosa Señora se ha hecho presente! – gritó el cura y, sin que Adela llegase a detenerlo, se lanzó hacia el patio gritando -¡Deténgase impostora, mentirosa, blasfema!

La joven de blanco, al ver que el cura se le iba encima hecho una furia, quiso esconderse en el hueco del cerco por donde había entrado al patio, pero ya Seisdedos estaba sobre ella tomándola por los cabellos.

-¿También a mí querían engañarme como a esta pobre criatura?- gritó mirando a Teresita que había quedado muda en su hamaca. –¡Menos mal que yo sé que Nuestra Señora no necesitaría nunca llevar zapatos de tacos altos como los tuyos ni pintarse las uñas con este color rojo furioso, embaucadora!

Muy pocos supieron que, a cambio de no radicar una denuncia en la comisaría, Adela y su cómplice, la supuesta Virgen, debieron barrer y baldear durante meses  las veredas del templo para purgar su falta mientras el cura Vidal en persona, la convidaba con golosinas, trataba de impartir a la pequeña Teresita los principios de la fe católica.

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