Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Zarzuela trunca

por Manuel Vázquez

1 de septiembre de 2012 - 00:00

Pocas mujeres se dedicaban por aquel entonces al teatro vocacional en los pueblos del interior y Pilar no era una excepción.  Prejuicios sumamente arraigados impedían que las familias permitiesen a sus hijas ingresar en el apasionante mundo de la actuación.

“Las artistas son todas locas”. “Empiezan a hacerse las actrices y vaya a saber en qué terminan”. “Si agarran ese camino, tienen que aceptar cualquier cosa con tal de que les den un papelito en una obra”. “Viven de noche y duermen de día. ¡Es un descontrol!”… Estos y mil argumentos más esgrimían las madres cuando negaban a las muchachas la posibilidad de subir a soñar en un inocente escenario pueblerino.

Los grupos filodramáticos de entonces (esforzados cultores del teatro vocacional) se veían en figurillas para completar con mujeres el reparto de una obra. Cuentan que en algunas ocasiones debieron recurrir al travestismo; como lo  hacían las compañías teatrales que, hasta el siglo XVII, acatando la ley que prohibía al bello sexo el acceso al palco escénico, estaban obligadas a cubrir con muchachitos imberbes los papeles femeninos.

Mabel Aranda siempre había sido la primera en levantar la mano en la escuela cuando una maestra solicitaba voluntarios para recitar un poema, cantar o bailar durante los actos escolares y, según tradición familiar, lo hacía maravillosamente. También  se lució cubriendo el papel de la Virgen María en un pesebre viviente que organizó la parroquia por aquellos años y en el que hizo de Niño Dios un bebé regordete que hoy, frisando los ochenta, es un serio y respetable comerciante pilarense.

En aquel diciembre, además de asumir con asombroso realismo la serena candidez que demandaba representar a la madre de Dios, Mabel cantó maravillosamente el Magnificat arrodillada ante un adolescente San Miguel con alas de papel crepé y revestido con un camisón de seda prestado por las señoritas Márquez.

Sentado ante una de las mesas del bar La Marta, ubicado entonces frente al templo parroquial, Vicente Loureiro quedó deslumbrado por la actuación de la muchacha y así se lo hizo saber cuando, terminada la función religiosa, cruzó la calle para felicitarla.

Loureiro era un músico español que se ganaba la vida dando clases de piano a unas cuantas niñas de familias acomodadas de Pilar y Capilla del Señor. Su sueño era montar una zarzuela con vecinos de la zona pero el inconveniente era, cuando no, la falta de mujeres para completar el reparto. Por esta razón el músico se la pasaba leyendo y releyendo libretos tratando de eliminar los personajes femeninos ya que, además de actuar, en una zarzuela las actrices tendrían que cantar medianamente bien.

Oír cantar a Mabel lo hizo elegir de inmediato la obra que llevaría al escenario: Doña Francisquita, de Amadeo Vives. La gracia, la dulzura y la voz de tiple ligera de la muchacha la marcaban como ideal para cubrir el papel protagónico de la magnífica zarzuela.

Como era de esperar, la chica se entusiasmó ante la propuesta pero, como también era predecible, doña Paula, su madre, se opuso terminantemente.

De nada valió que Loureiro le explicase que haría un papel de ingenua, que vestiría ropa de época con faldas hasta los tobillos y que la obra dejaba un mensaje moralizante.

“Mi hija no va a ser una bataclana”, determinó la señora sin dar lugar a más argumentos. Pero Mabel quería pisar las tablas y aunque no conocía la obra más que por la síntesis argumental hecha por el músico, anhelaba lucir el vestuario del siglo XIX, abrir la diminuta sombrilla sobre su cabellera peinada con bucles y cantar aquella romanza del ruiseñor que Vicente le había tarareado con aflautada voz en falsete mientras se meneaba con garbo blandiendo un imaginario abanico, porque el pobre hombre, aún para más escándalo de aquel Pilar de la década de 1930, era sumamente afeminado.

Tanta fue la insistencia de la muchacha que su madre accedió al fin pero con la condición, totalmente lógica en aquellos tiempos, de acompañarla en todos los ensayos que comenzaron de inmediato en un salón de la Sociedad Cosmopolita donde, a falta de piano, se había instalado un armonio de fuelles asmáticos facilitado por la familia Carrión.

Todo marchaba viento en popa hasta que una tal señorita Gallardo, actriz y cantante profesional que viajaría desde Buenos Aires para cubrir el personaje de “la Beltrana”, una madura mujer fatal cuya interpretación demandaba la voz de una soprano dramática, firmó un contrato para viajar a Chile y los dejó plantados.

A punto estuvo de suspenderse el proyecto, pero Loureiro, hombre de gran inventiva, había observado que la madre de Mabel había aprendido las canciones de la obra y las entonaba bastante bien. Decidió entonces tentarla para cubrir el personaje.

Tras sorprenderse y tomar la oferta casi como una ofensa a su posición der esposa y madre, la señora escuchó las razones del músico, los elogios a su buena voz y a su esbelto cuerpo aún joven y, mujer al fin,  aceptó.

La noticia voló por el pueblo. Las vecinas no tardaron en criticar la “desfachatez de madre e hija”. “De tal palo, tal astilla” decían con desprecio y un mal disimulado tono de envidia hacia aquellas dos mujeres decididas, capaces de darse un gusto en medio de una sociedad llena de mojigatería.

La cuestión es que, por curiosidad o morbo, el flamante salón del Centenario se colmó durante la primera y única función de la zarzuela.

No habían transcurrido quince minutos desde que se iniciase el espectáculo cuando don Antonio Aranda, padre de la pudibunda “Francisquita” y esposo de la sensual “Beltrana”, interrumpió la función  al ver a su mujer, escotada mucho más de lo que el decoro permitía, cubriendo  su rol de casquivana bamboleándose en forma seductora ante el galán de la pieza, un muchacho muy buen mozo emparentado con la familia Marzano.

Delante de todos, el indignado marido ordenó a su mujer descender del escenario y  cuentan que, cuando el pobre Vicente Loureiro quiso oponerse, con una formidable trompada lo sentó de traste sobre el teclado del piano produciendo un complicadísimo acorde imposible de repetir.

Al mes siguiente, los Aranda, que vivieron muy poco tiempo en Pilar, abandonaron la ciudad.

No se sabe si la señora volvió a pisar un escenario, pero Mabel sí se dio el gusto y, aunque nunca llegó a representar grandes papeles, integró la compañía de Lola Membrives y participó en varias escenas de la película La Guerra Gaucha junto a Enrique Muiño y otros grandes actores y actrices argentinos.

 

*Agradezco a la Dra. Emilce Montero, nieta de Mabel Aranda, haberme narrado esta historia familiar.

 

 

            

 

 

 

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