Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Desbande en el cementerio

por Manuel Vázquez
sábado, 25 de agosto de 2012 · 00:00

Es tradición en muchas ciudades españolas que, durante el día de difuntos, las compañías teatrales pongan en escena “Don Juan tenorio” de José Zorrilla, o su antecedente, “El burlador de Sevilla y convidado de piedra”, de Tirso de Molina. El tétrico culto a la muerte practicado en la península, hace que algunas de estas representaciones se lleven a cabo directamente en los cementerios, utilizando las bóvedas como escenografía e iluminando el ámbito con antorchas y velones.

Esta costumbre hispana no pasó a nuestro país porque la obra de Zorrilla, con la que se inauguró la tradición, es posterior al período colonial. Sin embargo, en muchos pueblos, los oficios religiosos del 2 de noviembre se celebran en las necrópolis.

Los católicos de Pilar, desde hace unos años, durante el día dedicado a recordar a los muertos hacen celebrar una misa en el panteón de la Asociación Italiana, lugar más que suficiente para los pocos que aún conservan la costumbre de visitar las tumbas de sus familiares. Sin embargo, cinco décadas atrás, era una verdadera multitud la que concurría al cementerio durante esa jornada que, además, era feriada.

Desde el día anterior, las señoras se acercaban a la necrópolis, provistas de elementos de limpieza, con la intención de pulir mármoles y bronces hasta dejar cada tumba más limpia que una patena. También llevaban recién planchados y almidonados los manteles bordados con que cubrían los féretros en las bóvedas y el Día de Difuntos, desde temprano, los vendedores de flores se instalaban a lo largo de la calle Lorenzo López ofreciendo desde refinadas rosas de larguísimos tallos, hasta humildes calas y cinias.

Dentro del cementerio, bandadas de chiquilines desharrapados, con improvisados baldes de lata, acarreaban agua para los floreros y jarrones destinados a las ofrendas florales a cambio de unas monedas.

Con el fin de evitar el sol, que a esa altura del año suele llegar a tornarse incómodo, la celebración de la misa se disponía “a la tardecita”, hora indefinida que podríamos traducir por “al crepúsculo”. Pero, por distintos factores, no siempre oscurece a la misma hora el mismo día del año y aquel 1° de noviembre de mil novecientos sesenta y pico, enormes nubarrones de tormenta tendieron un manto de inquietante negrura sobre la multitud reunida ante el altar improvisado sobre un enorme macetero, frente a las puertas del campo santo.

Sólo los cirios dispuestos sobre el altar y los candelabros procesionales sostenidos por los monaguillos iluminaban el ámbito que, por aquella época, carecía de luz eléctrica.

La liturgia, mucho más extensa y complicada que en la actualidad, los lúgubres cánticos a capella y el entusiasmo del celebrante lanzándose en una homilía interminable, dio tiempo para que la tormenta cubriese el pueblo.

Una leve brisa comenzó a sentirse durante el ofertorio y, antes de la consagración, el viento apagó todas las velas que, aunque escasas, brindaban luz a la congregación.

El grito histérico de alguna señora que perdió pie en la oscuridad pareció ser la señal para que se iniciase el desbande.

-¡Un fantasma! ¡Vi un fantasma!- exclamó asustadísimo uno de los monaguillos cuando divisó, a la luz de un relámpago, la figura de una mujer que intentaba escapar de la lluvia cubriéndose con uno de los blancos mantos de los ataúdes.

El portón, pese a ser ancho, resultó angosto ante la estampida femenina que huía perdiendo mantillas y rosarios, y para los hombres que, fingiendo proteger a sus esposas y novias, ponían también pies en polvorosa.

Los pequeños monaguillos, asustadísimos, intentaban esconderse bajo la casulla del cura que, azotado por el viento y bañado por la lluvia torrencial, luchaba por envolver cáliz, copón y misal en el mantel del altar.

Como resultado de semejante huída, el intendente, presente con su esposa durante la truncada ceremonia, ordenó instalar luz eléctrica de inmediato en el cementerio e iluminarlo durante las noches. Las malas lenguas aseguran que, por consejo del cura párroco, desistió en su idea de colocar un gran cartel de neón colorido y parpadeante con la leyenda “Bienvenidos” en la entrada del campo santo.

 

 

 

Comentarios