Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: El solterón

por Manuel Vázquez

18 de agosto de 2012 - 00:00

Aníbal llegaba a los setenta años cuando, por primera vez en su vida, se enamoró realmente.

Él, que siempre había sido adicto a la buena mesa y al mejor vino, que se derretía ante un milhojas con dulce de leche o ante una tableta de chocolate con almendras, perdió el apetito y sólo tomaba limonada y pellizcaba apenas un racimo de uvas a la hora del almuerzo.

La elegancia que, pese a los kilos de más fue una de sus características, fue desapareciendo paulatinamente. Dejó de usar corbata para atender su comercio, remplazó los zapatos impecables por pantuflas y abandonó la brocha y la máquina de afeitar, dejándose crecer una barba hirsuta y canosa.

Ya casi no se asomaba a la calle y encargaba por teléfono los escasos comestibles que ahora consumía, pero no dejó de solicitar a la florería el bouquet que todos los domingos ponía ante el retrato de doña Ángela, su madre, muerta hacía más de cuarenta años.

Desde que Cupido flechó su adormecido corazón, abría sólo durante unas horas el negocio que durante añares le garantizó un buen pasar. Durante interminables horas se sentaba en el patio, a la sombra de las glicinas, y escuchaba boleros melancólicos en su viejísimo tocadiscos. Mientras lo hacía, contemplando una y otra vez las fotos que él mismo había tomado al culpable de su estado, porque don Aníbal, quien recién a esa edad se asumía plenamente como homosexual, se había enamorado de un electricista correntino y treintañero que había reparado la instalación de su vieja casa reciclada.

Desde que cursaba la primaria en la Escuela N° 1, las madres de sus compañeritos comentaban que el pequeño Aníbal “era raro”, pero lo atribuían a la sobreprotección que le brindaba doña Ángela desde que su marido la había abandonado con el niño aún prendido al pecho.

El chico no salía de casa si no era con ella y jamás se le permitió invitar a sus compañeros, ni siquiera el día de su cumpleaños. Como todos los festejos familiares, ese también era solitario. Junto a su madre, Aníbal tomaba el tren hacia Buenos Aires y allí, tras elegir el regalo para el cumpleañero, almorzaban en un restaurante paquete y hasta brindaban con champagne. El invariable rito se repitió hasta que murió la señora y quedó totalmente solo.

Aníbal jamás cursó estudios secundarios. Doña Ángela no lo consideró conveniente, pero el muchacho adquirió una amplia cultura libresca en la enorme biblioteca heredada de la familia materna y que él fue ampliando constantemente.

Como nunca había experimentado el amor, al principio no supo identificar el sentimiento y, cuando lo hizo, se alarmó. Jamás lo atrajeron las mujeres, aunque disfrutaba la conversación de las amigas de su madre, pero nunca pensó que podía sentir inclinación por alguien del mismo sexo.

Doña Ángela le había inculcado que, como su fugado padre, la mayoría de los hombres eran vulgares, superficiales y carentes de todo principio moral. Pero ahora, contemplando en la fotografía los rasgos duros del electricista, su cabello cortado al rape y sus ojos de mirar canalla, pensaba que de nada servían el buen gusto, ni los profundos razonamientos, ni el estrecho cinturón de la ética.

Aníbal necesitaba volver a ver al correntino y, para lograrlo, recurrió al inocente ardid de hacer saltar los fusibles enchufando una vieja radio en corto. De inmediato lo llamó por teléfono solicitando sus servicios.

El electricista llegó pasadas las dieciocho y, como no había corriente, encontró el negocio a oscuras cuando abrió la puerta haciendo sonar la campanilla. Aníbal, vistiendo un saco de hilo blanco impecable, aunque pasado de moda, lo recibió temblando como una colegiala en su primera cita.

En el patio, adonde lo condujo, el sol filtraba aún sus últimos rayos entre las hojas de la glicina que cubría la pérgola. Allí aguardaba una espléndida mesa con el juego de té de doña Ángela. Había encargado masas, sándwiches de miga y una tarta de frutillas; pero Demetrio sólo aceptó el porrón de cerveza helada que Aníbal le ofreció con la satisfacción de haber acertado al menos en uno de sus gustos.

Tampoco quería sentarse el correntino, y sólo se mostraba interesado en que le dijese cuál era el desperfecto eléctrico para solucionarlo lo más rápido posible.

El dueño de casa lo condujo hacia el oscuro comedor donde estaba la caja de fusibles y, mientras Demetrio sudaba a mares a causa del candelabro de cinco velas con que trataba de iluminarse; a sus espaldas, fingiendo observar el trabajo, Aníbal pugnaba por extender su mano para tocar sus músculos, para deslizar sus dedos por la fuerte mandíbula mal afeitada. Estaba dispuesto a hacerlo. Era ahora o nunca.

Pero… ¿Y, si lo rechazaba? ¿Si le daba un empujón y huía asqueado del viejo maricón? ¿O si se ofendía y lo golpeaba? Tal vez sería mejor, pensaba Aníbal. Al menos así terminaría su desasosiego. Sabría sin dudas que debería matar sus sentimientos. Todo sería mejor que vivir pendiente de una respuesta que nunca llegaría si él no se animaba a efectuar primero la pregunta.

Lentamente fue levantando la mano hasta el tenso bíceps del electricista y, por costumbre, como cada vez que debía enfrentar una situación comprometida, alzó los ojos al cielo. La mano se congeló en el aire. Allí, frente a sus ojos afiebrados, el rostro descarnado y severo de doña Ángela lo miraba desde el retrato entronado en la repisa. Aníbal bajó la mano, volvió lentamente al patio y dejó que Demetrio siguiese con los suyo.

Cuando el muchacho terminó el trabajo, se acercó a la mesa intacta y manifestó su voluntad de probar los sándwiches. Aníbal, sin decir palabra, envolvió la bandeja entera y se la obsequió para que los disfrutase con su familia.

No volvió a llamarlo y decidió que ya era tiempo de cerrar definitivamente el negocio.

Las hijas de las que habían sido amigas de su madre lo visitaban algunas tardes para tomar el té. Una me contó que siempre lo encontraban sentado bajo la pérgola escuchando boleros, con la mirada perdida y sin poder ocultar sus enormes ganas de estar solo.

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