Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Culto afro en Villa Rosa

12 de mayo de 2012 - 00:00

  por Manuel Vázquez

 

Me comentaron que Mabel había tenido una extraña experiencia con un culto afro-americano y, como yo la conocí cuando cursaba su secundaria en la Escuela Media N°5, me animé a visitarla en la linda casita que construyó con Hernán, su novio de la adolescencia y actual marido, en Villa Rosa. Transcribo a continuación su relato tal como lo grabé mientras tomábamos mate con bizcochitos en la cocina.

“Yo no tenía idea de que practicasen esas cosas por aquí,  pero una mañana encontré en la esquina de casa unas velas rojas ya derretidas, frutas, una botella de vino sin descorchar, algunos billetes de dos pesos y unas cuantas monedas. No sabía de qué se trataba, pero me dio miedo y ni me acerqué. Cuando volví del trabajo, a la tarde, habían dejado sólo los restos de las velas. Alguno se había llevado todo lo demás.

A la semana, otra vez habían armado esa especie de brujería  en la esquina, pero habían dejado también una gallina muerta, una botella de whisky y varios billetes de cien pesos. La verdad es que recelé un poco antes de levantar la plata, pero si no la agarraba yo se la iba a llevar otro que pasase.  Me cuidé de que nadie estuviese mirando, me agaché y me metí los billetes en el bolsillo de la campera.

No le quise contar nada a Hernán porque es bastante supersticioso, pero tampoco me animé a gastar esa plata; así que la guardé en un cajón del placard.

Todas los sábados a la mañana, cuando salía para el trabajo,  volvía a encontrar armada la brujería y siempre me llevé los billetes. Cuando reuní una suma bastante grande, se lo dije a mi marido. Primero se enojó, pero después decidimos usar la plata  para comprar una heladera nueva.

Habíamos elegido un modelo especial en una revista, porque tenía que entrar en un espacio muy justo entre la mesada y el aparador de la cocina pero, cuando la fuimos a comprar, recorrimos un montón de negocios sin poder encontrar la que buscábamos. Al final la tuvimos que encargar y vinieron a traerla como veinte días más tarde.

Cuando los empleados del flete la estaban bajando del camión en la puerta de casa, la heladera se les cayó y se destruyó por completo.

En el negocio nos dijeron que no podían conseguirnos otra igual así que, después de mucho insistir, nos devolvieron lo que ya habíamos pagado.

Estábamos en diciembre y Hernán me propuso que, en vez de cambiar la heladera, usásemos esa plata para ir a pasar las fiestas con mi familia, en Salta.

Primero, no podíamos conseguir pasajes, y cuando lo hicimos, tuve un cólico hepático que nos obligó a suspender el viaje. Por suerte le pude vender los boletos a unos vecinos.

Como nos habíamos quedado con la plata, le compramos a los chicos una pileta de fibra de vidrio grande, hermosa. La instalamos en el fondo de casa, pero nunca la pudimos llenar  porque, cuando quisimos hacerlo, se nos quemó la bomba centrífuga nuevita flamante.

Allí fue que a Hernán se le ocurrió que la causa de tanta yeta podía ser el origen de esos billetes y, aunque a mí la idea me parecía tonta, un viernes a la noche fuimos los dos hasta la esquina para dejar la plata allí, en el suelo, donde la había encontrado.

Cuando íbamos llegando, se nos aparecieron cinco personas como si hubiesen salido de la nada. Estaban vestidos de blanco y llevaban collares de colores. No nos hablaron, pero uno de ellos se nos acercó con las manos extendidas. Yo calculé que nos estaba pidiendo el dinero que llevábamos para devolverles y se la di temblando.

Le juro que no nos dimos cuenta por dónde se fueron, pero así como habían aparecido, se esfumaron los cinco.

Volvimos a casa muy asustados y, cuando entramos, vimos sobre la mesa de la cocina una caja de zapatos. La abrimos con desconfianza y adentro estaba la cantidad justa de plata que acabábamos de devolver.

Ya sé. Usted va a decir que somos medio estúpidos, pero allí no más llevamos la caja al patio, la rociamos con querosene y le prendimos fuego con todo lo que tenía adentro. Yo tengo chicos y no quiero que les pase nada raro, profe.”

Mabel me acompañó hasta la puerta y me despedí de ella. No puedo creer totalmente lo que me contó, pero tampoco tengo motivos para poner en duda su relato. Después de todo, como le dice Hamlet a su amigo Horacio “Hay más cosas en el cielo y en la tierra de lo que puede soñar la filosofía”.

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