Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: A la pesca de una heredera

por Manuel Vázquez

21 de abril de 2012 - 00:00

 

Como la mayoría de los personajes que aparecen en esta historia aún se encuentran vivitos y coleando, alteraré sus nombres y cualquier dato que permitirían identificarlos.

Diré entonces que el apuesto Andrés llegaba a Pilar cada dos meses como viajante de comercio de una importante empresa. Durante su estadía en Pilar se alojaba en El Descanso, de ruta 8 y Sanguinetti. Por las tardes, tomaba café en La Alhambra ocupando la mesa de la vidriera.

Precisamente allí estacionó ella el auto flamante y le pasó un  papel con la jugada de la quiniela a un muchacho que se le acercó sin ningún disimulo, aunque estaban a pocos metros de la comisaría.

-¿Quién es la chica?- le preguntó Andrés a don Regino, el propietario del bar, acercándose al mostrador para pagar su consumición. Jamás llamaba al mozo y así se creía sin obligación de dejar propina.

-Silvina N… Bonita ¿no?-

-Sí. Casi tanto como el coche. ¿Es soltera?

-Sí. Y a no ser que consiga novio en otro lado… Es demasiado… liberal para el gusto de los muchachos pilarenses.

Andrés hizo algunas investigaciones, pasó frente a la casa en que vivía Silvina N… con sus padres y, en su siguiente visita a Pilar, se presentó allí con su mejor traje y una botella de Carlos I°. También había averiguado que el viejo N… tenía debilidad por el brandy español.

El pobre hombre quedó estupefacto cuando, tras degustar la primera copa, el elegante e inesperado visitante, sin decir agua va, le planteó su intención de casarse con Silvina.

-La verdad es que me sorprende su pedido. La nena nunca nos habló de usted…

-Es que ella aún no me conoce; pero, si usted me autoriza, comenzaré a visitarla. Hasta ahora sólo la he visto desde lejos, sin embargo no dudo que es la mujer que necesito como esposa.

Lo desusado de la solicitud y el tono afectado hicieron sospechar al viejo N… que al muchacho lo movía algo más que el interés por la hermosura de su niña.

-Mire, joven, no estamos en tiempos en que los padres elijan el marido para sus hijas, así que no puedo darle una respuesta antes de hablar con ella. De todas maneras, y espero que me perdone si me equivoco en lo que pienso, quiero advertirle que carecemos de fortuna. Esta casa es alquilada y el coche que maneja Silvina, el único que usamos, es propiedad de la empresa en que trabajo.

Alelado, Andrés apuró el resto de su copa de brandy y, poniéndose de pie, se despidió retirando su propuesta de noviazgo y disculpándose por su error.

Al día siguiente el episodio era conocido y festejado por todo el pueblo. Cuando Andrés llegó a tomar su café en La Alhambra, don Regino se acercó sonriente a su mesa.

-Erró feo el tiro ¿eh? Si yo hubiese sabido que usted andaba en busca de una rica heredera, le hubiese señalado otro blanco.

-¿Cuál?- preguntó el muchacho sin alterarse.

-La hija de los X…, Isabel. No es bonita ni joven como Silvina, pero, a la muerte de sus padres, ella y sus hermanos se quedarán con medio Pilar.

Para evitar otro fracaso, Andrés trazó una estrategia basada en la prudencia. Averiguó quién era Isabel y la espió cuando salía de sus clases de piano. La pobre le pareció aún más fea que lo prevenido por el propietario de La Alhambra, pero así y todo, el domingo, la saludó con una inclinación de cabeza a la salida de misa. La muchacha, tras mirar por sobre sus hombros y asegurarse de que era ella la destinataria del saludo, esbozó una tímida sonrisa y prosiguió su camino.

El domingo siguiente, también en el atrio de la iglesia, Andrés la abordó para presentarse y ofrecerse a acompañarla hasta su casa. Isabel, ruborizada, aceptó y, ante la vista asombrada de los vecinos, caminaron conversando hacia el importante chalé que la familia había hecho construir hacía muy poco tiempo. Así comenzó el romance.

El sr. X… conociendo lo sucedido entre Andrés y el padre de Silvina N…, advirtió a su hija que no quería “verla con ese descarado buscador de fortunas”; pero Isabel, que nunca había tenido novio, estaba enamorada hasta el tuétano de ese Adonis de dulces palabras y pobretones regalos florales.

Fue inútil la oposición familiar y, pese a los pedidos de prudencia hechos a la muchacha, e incluso de las amenazas dirigidas al galán, la pareja contrajo enlace cinco meses después de haberse conocido.

Según comentarios de la época, el padre de la novia, asesorado por sus abogados, firmó un complicado documento en el que se establecía tal grado de individualidad de bienes que, en caso de separarse de Isabel, a Andrés no le correspondería un solo peso de los muchos que la muchacha heredaría ni del crecimiento que lograse el patrimonio luego de la boda.

Aparentemente el artilugio jurídico fue efectivo porque la pareja aún sigue unida y hasta hay quienes afirman que fue el amor nacido tras los años de convivencia y no el dinero lo que logró mantenerlos juntos. 

 

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