Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: La amante del presidente Alvear

por Manuel Vázquez

14 de abril de 2012 - 00:00

 

Las dos hermanas eran feas de solemnidad. Habían heredado los peores rasgos del padre, un gallego de celtíberas pecas y cabellos colorados, y también los peores de la madre, descendiente directa de mapuches que, por fea, no encontró marido entre los suyos y debió aceptar los galanteos del hispano gritón y engreído.

Los Carballo se establecieron en Pilar en la década de 1920. Habían comprado un gran caserón sobre la actual calle 11 de Septiembre y, aunque las hijas sólo tenían quince y catorce años, el padre se abocó de inmediato a relacionarlas con las familias más importantes en vistas a lograrles beneficiosos matrimonios.

Como siempre las llamaron por sus seudónimos, Tota y Tita, nadie recuerda hoy los nombres de las muchachas, pero quedan dos viejas fotografías en las que aparecen llenas de encajes, moños y volados, saliendo de misa en la iglesia parroquial, como dos horripilantes muñecas dignas de una producción de Narciso Ibáñez Menta.

Las antiguas familias pilarenses, conservadoras en sus costumbres, no abrían con facilidad las puertas de sus casas a los recién llegados, pero los constantes convites de los Carballo a su residencia (una de las mejores casas de aquel Pilar campesino) y los casi regios obsequios que enviaban en oportunidad de celebrarse cumpleaños o aniversarios, les fueron entornando las canceles de quienes tenían ínfulas de ricos entre el pobrerío que los rodeaba.

Aunque era imposible dilucidar su origen, la fortuna del gallego convirtió en apetecibles, para muchos padres de varones casaderos, las manos de sus dos engendros; pero los muchachos no aceptaban pedir esas manos en matrimonio ni por todo el oro del mundo.

Carballo, más para darse lustre que para cultivarlas, acostumbraba enviar a sus hijas a la capital para que asistiesen a funciones teatrales, a la ópera y a conciertos donde, las pobres, bastante duras de oídos, se morían de aburrimiento.

En una de esas visitas al Colón, donde tenían abono, las muchachas ocuparon su balcón alto cuando toda la concurrencia se puso de pie para saludar el ingreso de don Marceo T. de Alvear al palco presidencial en compañía de una delegación extranjera.

El Presidente saludó con inclinaciones de cabeza al público, pero no pudo evitar que sus ojos se posasen en el mascarón de ojos saltones y enorme boca con dientes salientes que le sonreía aplaudiéndolo con entusiasmo desde su alta ubicación.

-¿Quién es esa muchacha tan fea?- cuentan que preguntó Alvear a uno de sus edecanes y éste, creyendo que deseaba conocerla personalmente, subió un piso para invitarla a presentarse ante el Primer Mandatario.

Enfundada en encajes verdes, con un tocado de plumas anaranjadas sobre su pelo motoso y brillándole en el cuello su collar de esmeraldas, Tota parecía un pajarraco exótico cuando se inclinó ante Alvear en una inapropiada reverencia que sólo hubiese sido aceptable ante un soberano, en una corte europea.

Confundido, el Presidente se adelantó para evitar ese gesto tan poco republicano y tomó a Tota por los brazos para ayudarla a incorporarse. La muchacha, creyendo que, como su padre, él ya bastante mayor Alvear la abrazaba para pedirle un beso, le estampó uno con tanta fuerza que la enorme marca de sus labios pintados quedó impresa en la mejilla presidencial.

El Colón entero había presenciado la escena y las malas lenguas no tardaron en hacer llegar a doña Regina Paccini, esposa del presidente, viperinos comentarios sobre ciertas intimidades entre don Marcelo y “una exótica joven”.

La Paccini, ex cantante lírica nacida en Portugal, celosa a más no poder y sabedora por propia experiencia de la inclinación que su marido mostraba hacia las extranjeras, hizo averiguar quién era la atrevida que, si se había atrevido a besarlo en público, vaya a saber cuánto más habría hecho en privado.

Anoticiada del domicilio de Tota, la primera dama, envió una dama de su confianza con una nota en la que, tras hacerle saber que estaba al tanto de cuanto ocurría entre ella y el Presidente, le exigía “cortar de inmediato esa relación que podía traer gravísimas consecuencias para todos, incluso para el país”.

Pero la emisaria, extrañada al descubrir la fealdad de la joven pilarense, antes de volver a la Capital le solicitó una fotografía para mostrársela a su señora.

Desconcertada y sin comprender a qué relación se refería doña Regina, Tota mostró la misiva a su padre. El gallego, aunque no podía dar crédito a lo que leía, besó a su hija en la frente y le hizo redactar una nota anunciando a la Paccini que, como buena ciudadana, acataría su voluntad.

Luego corrió hasta la fonda del Francés, habitual lugar de reunión por aquellos años, y comentó con orgullo que su hija mayor había vuelto loco de amor al Presidente de la Nación pero que, por el bien de la Patria, había preferido ignorar sus requerimientos y rechazar la oferta de abandonar a doña Regina y huir juntos al extranjero.

Para los pilarenses era difícil creer que Alvear, todo un hombre de mundo, se hubiese fijado en la espantosa Tota, pero varios habían visto el coche con patente oficial estacionado frente a la casa cuando la enviada de la primera dama acercó su carta, y una semana después lo volvieron a ver porque la Paccini, tras contemplar asombrada el retrato de la muchacha, comprendió que todo había sido un infundio. De ninguna manera su marido habría tenido una relación amorosa con ese esperpento. Junto a la nota en que se disculpaba por la injustificada y violenta misiva anterior, doña Regina le envió un anillo como regalo.

Por indicación de su padre, Tota comentó a todos que había sido el mismísimo Presidente quien, como despedida y prueba de su amor imposible, le había obsequiado aquella sortija.

Pocos años después de estos hechos, la familia abandonó Pilar para radicarse en Comodoro Rivadavia. Según me comentaron, Tita, la menor de las muchachas, se casó con un trabajador de los pozos petroleros mientras que su hermana, por más que escaseaban las mujeres en la Patagonia, no logró atrapar marido y envejeció contemplando el anillo de la Paccini y recordando el beso que le dio a don Marcelo Torcuato en el palco del Colón. 

 

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