El año pasado, antes del 24 de marzo, expresé mi vergüenza por la indiferencia eclesial ante los crímenes de la dictadura. En la patria donde “nadie vio nada”, quise expresar mi dolor personal ante tantos hermanos y hermanas que luchan todos los días en la arena de la fe construyendo un mundo más humano y, desheredados, siguen peleándola como pueden.
También ante la gran sociedad, que mira interpelando a los dirigentes porque tiene el derecho a hacerlo para entender su propia historia.
Todos saben que, además, el genocidio se llevó a muchos cristianos por su insolente oposición al dios de la doctrina de seguridad nacional, “un paquete” que garantizaba bendiciones a crueldades atroces ejercidas sobre ciudadanos desarmados y expoliados de sus derechos.
En noviembre de 2011, la Justicia Federal de La Rioja procesó a Videla, Menéndez y Harguindegui por el caso Angelelli. Entendió que su muerte, acontecida el 4 de agosto de 1976, en Punta de los Llanos, al volver a la ciudad de La Rioja de los funerales de dos sacerdotes y un laico, había sido provocada.
Para el pobrerío, esa verdad nunca tuvo discusión. Angelelli, hombre que llevó como fuego las reformas conciliares queriendo hacer una Iglesia cercana a los desposeídos, había sido marcado por la burguesía local y los comandantes como enemigo de liberalismo renovador que convertiría al país en una moderna máquina de producir pobres.
Había sido apedreado en Aminga antes de una ceremonia religiosa por mercenarios enviados por los terratenientes en la más desigual lucha por reforma agraria que hubo en el país.
Este hombre que “se la buscó”, como decían los Menem en ese entonces, es un indiscutible mártir de los pobres que acompañó a su gente en una verdadera masacre colectiva.
El episcopado siempre silenció esta muerte. Con su insoportable hipótesis del “accidente”, quiso ocultar lo inocultable, aceptando la explicación de los propios verdugos. ¿Por qué? Porque aceptar este martirio los llevaría a la conclusión de que estaban equivocados, que se habían puesto exactamente del otro lado y a reconocer su complicidad.
Jugaron con el tiempo que pasaba y es el tiempo exactamente, 36 años, que les viene a estropear los cálculos. Es por eso, que vuelvo a pedir perdón.
Claro, no es más importante esta muerte que la de miles de desaparecidos. Es que esta inmolación está cargada de símbolos: la palabra aguda y la denuncia, la audacia profética de quien no aceptó “predicar la resignación”, la lucha de los más débiles por sus derechos y un final anunciado de un cristiano que llevó su bautismo al punto más alto.
Pido perdón porque la “Iglesia increíble” ni siquiera ha comentado el proceso a uno de sus hermanos reclamados popularmente por el sufrido pueblo riojano.
Pido perdón por ese testimonio vergonzoso que demuestra el inescrupuloso compromiso con la muerte.
Perdón porque nadie expulsó a Von Wernick o a Grassi de las filas oficiales y, sin embargo, el año pasado, fue expulsado el sacerdote cordobés Nico Alesio por opinar a favor de una ley del Estado que nada tenía que ver con lo religioso, una continuación oxidada del reino del revés.
Pido perdón porque no podrán contar con la institución en la lucha por los derechos humanos. Pido perdón por quienes, aún sin haber participado, miran para otro lado.
Pido perdón, humildemente. Pido perdón también a los herejes, réprobos, paganos, agnósticos y malandros procaces, infieles y blasfemos, los que dejaron de creer, amigos y casi amigos porque, tenían razón cuando me predicaron el ateísmo a los dioses del sistema y porque no tengo palabras para explicar esta patología.
Finalmente, perdón por seguir creyendo que, cualquier día, no sé bien cuando, esta historia medirá fuerzas con su propia Verdad.
* Cura católico, médico, ex titular de la Casa de Derechos Humanos de Pilar.
