Un coleccionista de juguetes que invita a volver a la infancia

Posee una de las muestras más preciadas de juguetes de todas las épocas. Muñecos de Titanes en el Ring, GI Joe y zapatillas Flecha, algunas de las piezas. Asegura que jamás las venderá.

26 de febrero de 2012 - 00:00

 

por Matías Saavedra

 

Como cerrados herméticamente en un blíster y guardados en un baúl, los coleccionistas construyen su propio mundo dentro de cuatro paredes adornadas de momentos. Es ese lugar mágico para los visitantes, que alberga a personajes de dibujos animados, productos inmortales y objetos que remiten no sólo a otras épocas sino también a recuerdos que el coleccionista mantiene intactos. Lugar que oficia de museo para los de afuera, pero que adentro se explica a un estilo de vida cargado de simbolismos.

Guillermo Peluso es un artista plástico de Pilar que se dedica al diseño gráfico. En su estudio posee una gran colección de muñecos, juegos de mesa y cientos de objetos dignos de admiración. “Este es el sueño del pibe”, cuenta un cliente recorriendo con una mirada minuciosa el salón mientras “Pelus” se ocupa de diseñar en su computadora. Es que cada rincón se convierte, para el visitante, en una competencia simbólica. Quien haya visto a Mazinger Z, oído a Gaby, Fofó y Miliki, jugado al yo-yo, disfrutado de una pelea de Martín Karadajián o por ejemplo, jugado con el Bombero Loco en carnaval, fácilmente ganará la satisfacción de recordar su infancia, un almuerzo en familia en los 80 o una habitación de un niño de los 90. “No soy nostálgico, creo que los juguetes de ahora están buenísimos”, declara la persona que desde chico comenzó a reclutar juguetes de toda clase y que hoy forman parte de su ejército de reliquias.

“No pienso que todo tiempo pasado siempre fue mejor, simplemente junté toda la vida y hoy mirás todo esto y volvés a ser pibe”, explica el dueño de la colección completa (sí, completa) de los muñecos de Titanes en el Ring que venían en los chocolatines Jack. “El lote de 15 piezas se consigue muy caro actualmente”, cuenta el hombre sobre el costo de alcanzar la pieza final. “Ahora es mi hijo de 7 años el que viene y está armando su colección de Los Simpsons que vienen en el mismo chocolatín”, dice Peluso, sonriente.

Los juguetes del lugar no tienen etiquetas. Ésta es la misma anécdota que junto a su esposa acompañan con el relato. Vasos de la gaseosa Pepsi con dibujos de la serie Brigada A y de los Pitufos, un balero que fue hecho por presos de la isla Martín García, varios juguetes de He-Man y de Star Wars, entre otros, conviven en las repisas.

“Esto pasa porque la gente de 40 quiere volver a tener lo que tenía en los 80”, explica el hombre con la mirada puesta en una consola de videojuegos Atari (Los más chicos podrán googlear y descubrir con qué cosas, ahora tan simples, nos divertíamos los más grandes).

Dentro de su colección hay un GI Joe del año 60. Simplemente un tesoro más que valioso. Pero no es el único de su clase, ya que junto a este muñeco hay varios de los conocidos Temerarios, la versión latina de GI Joe. Se trata de los primeros muñecos articulados en llegar al país. Luego aparecerían los Temerarios Joe, que a diferencia de los últimos muñecos de la marca, llegaban a medir hasta 30 centímetros de alto.

“Para comprar ese Temerario en aquel momento estuve ahorrando un año”, contó Peluso señalando a un muñeco con equipo de buceo. “Antes se valoraba todo de otra manera. No había mucho”, cuenta sobre su infancia: “No teníamos nada. Jugábamos con una pelota de trapo y para comprarme las últimas zapatillas Topper tenía que ahorrar como cinco meses”.

 

Tradición familiar

El coleccionista pilarense confesó a El Diario que su afán por coleccionar cosas de tiempos pasados, juguetes de su infancia y otros elementos con un recargo de valor personal, no fue heredado ni tampoco surgió espontáneamente: “Siempre me gustó coleccionar cosas. Para mi familia soy como un extraterrestre”, contó. Pero el hecho de que su batallón de juguetes se siga abultando no culmina en la obtención de una preciada pieza, sino que es todo un momento que se adhiere al plástico del “chiche” nuevo (pero viejo al fin).

“Ir a buscar algo a San Telmo es otra cosa. Con mi mujer y nuestros hijos compartimos el momento y las cosas se hacen de otra manera”, explicó Guillermo.

“Cuando gente que apenas me conoce me pregunta cómo tolero a mi marido y su colección, después se dan cuenta que somos iguales y que los dos hacemos a la colección”. Quien cuenta esto es Daniela Albornoz, esposa del coleccionista. “A veces prescindimos de videojuegos y cosas así. Preparamos pochoclos y jugamos juegos o vemos películas”, cuenta la mujer. Es que a diferencia de otros chicos de su edad, el mayor de sus hijos de 7 años, prefiere quedarse en su casa a armar junto a su padre una moto que juntos están preparando gracias a piezas que les llegan por encargo. “A veces no me dan ganas, pero veo que él se entusiasma y me empuja a compartir ese momento juntos”, contó Guillermo sobre la réplica de una moto Harley Davidson que de a poco van armando. “Cuando sea grande quiero que recuerde que mientras vivimos juntos yo di lo mejor de mí para que él sea feliz”, expresó sobre la crianza de su hijo.

“Nunca les negamos nada. Si mi hijita me pide un juguete se lo doy. No rompen nada porque lo valoran y lo compartimos todo”, contó la madre de la familia mirando a su pequeña jugar con una ancestral vaca de goma.

Además de comprar objetos constantemente, son los allegados los que, sin valorarlos de la misma manera, les acercan nuevas piezas a la colección, la cual seguirá creciendo porque la pareja asegura que nunca han vendido ni venderá alguna de las piezas.

 

 

Mercado negro
En los últimos años, la aparición de los que admiran estos objetos sin tiempo ha llevado a muchos a hacer de este hobby un negocio rentable y a crear un mercado paralelo cuyo valor no tiene cálculo salvo el que el sentimiento le impone. “El que tiene guita consigue todo lo que quiere”, confiesa Guillermo Peluso. Y lejos de contradecir esta frase, están los que han visto en otros países la posibilidad de comprar a un costo ínfimo, productos que debido al valor sentimental que se le da a los objetos, terminan vendiéndose al coleccionista final a una suma exagerada. “Lo hacen sólo porque ven en esto un negocio”, explica el artista.

Sin ir más lejos, el pilarense detalló casos de avivadas en las que suelen caer los principiantes o quienes no conocen del tema y se embarcan en la acumulación de estos objetos que concluyen en productos. “Uno tiene que fijarse si la pieza no está dañada, capaz que viste un muñeco de los chocolates Jack y le falta un pedazo del pie porque en su momento alguien jugando lo rompió, para el coleccionista ya perdió cierto valor”, revela. “Y el que sabe se da cuenta si es réplica u original, porque con este negocio comenzaron a fabricar sólo para venderlos a coleccionistas que están dispuestos a pagar lo que sea”, continúa mientras explica los detalles de la obtención de un muñeco de Mafalda: “Esa muñeca la pagué cinco pesos. Ahora está muchísimo más cara”, mencionó.

 

 

Algunas de las piezas más preciadas

 

 

 

Las míticas zapatillas Flecha “serrucho”, con su caja original.

 

 

 

Cinturón de Karadajian, factótum de Titanes en el Ring.

 

 

 

Colección de muñecos de He-Man. Marcaron una época en los 80.

 

 

 

Colección completa de los Titanes, de chocolatines Jack.

 

 

 

Lapiceras marca Sylvapen, que aparecieron en la década del 80.

 

 

 

Muñeco de GI Joe, con caja original, del año 1963.

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