Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Usurero

por Manuel Vázquez
sábado, 8 de diciembre de 2012 · 00:00

Hace tiempo, el prestamista era representado con la figura de un viejo flaco, con barba de chivo y nariz ganchuda que, vistiendo harapos, se refugiaba en un miserable cubil para contar sus monedas de oro a la luz de una vela. Ese hombre, cuyo dinero provenía de las desgracias y necesidades del prójimo, llevaba el ominoso apelativo de “usurero”.

Con el tiempo, la profundización del sistema capitalista y del liberalismo económico, con su consecuente caída de valores,  lograron que la especulación monetaria y la concesión de préstamos con altísimos intereses dejaran de ser actividades despreciables y se convirtiesen en un “trabajo” tan digno y respetable como cualquier otro. El vilipendiado prestamista pasó entonces a llamarse “financista”.

El antiguo usurero miserable vive ahora en lujosas viviendas, se brinda refinados placeres y ni siquiera toca el dinero con sus propias manos. Hoy tiene empleados que lo hacen por él y le informan vía Internet cómo crecen sus cuentas bancarias, blancas y negras, registradas en paraísos fiscales con nombres exóticos.

Nuestro hombre, llamémosle aquí Marcos Reinoso, comenzó su actividad como prestamista con el dinero que obtuvo por la venta de las tres propiedades que sus padres le dejaron como herencia. Una de ellas, casi centenaria, fue la casa de su familia materna. Entre sus gruesas paredes de ladrillos asentados en barro nacieron su abuelo y su madre, cuya boda se celebró en aquel mismo patio enladrillado y sombreado por glicinas. Otra era un caserón con veleidades de palacete de estilo neoclásico que su abuelo paterno hizo construir cerca de la plaza 12 de Octubre, en el centro de Pilar. Los ecos de más de cincuenta años de historia local se guardaban en el comedor de esa pretenciosa residencia. Allí se habían reunido los punteros políticos de entonces para planificar estrategias electorales y proyectos de gobierno en torno al anfitrión, patriarca de juicio inapelable.

La tercera edificación era el hermoso chalé que sus padres levantaron, poco después de casarse, en la quinta camino a Manzanares.

Sin pena alguna se desprendió Marcos de esos solares tan significativos para su propia historia familiar.

Apretando a quienes necesitaban dinero en forma inmediata – muchas veces motivados por cuestiones de salud – el muchacho fue embolsando ingentes sumas y, más tarde, comenzó a apropiarse de terrenos y viviendas dados como garantía de los préstamos que no podían saldar.

Había llegado a los cincuenta años convertido en uno de los hombres más ricos de Pilar y los vecinos de mayor prosapia, fingiendo ignorar de dónde provenía su fortuna, solicitaban su participación en las comisiones directivas de clubes e instituciones de toda índole.

Su esposa, Estela, una muchacha que fue bonita y sólo supo usar su cabeza para lucir excelentes cortes de cabello, integraba cuanta sociedad de beneficencia se formase en la ciudad, y su amplio monedero se abría en generosas y regulares donaciones a la iglesia.

Las tres hijas del matrimonio vivían rodeadas por una corte de amigas obsecuentes que disfrutaban de vacaciones pagas, viajes y regalos continuos.

Si fuese posible obviar el vergonzoso origen de tanta magnificencia, podríamos decir que Marcos era una auténtico y sólido notable dentro de la comunidad pilarense, pero un día su castillo dorado tambaleó y estuvo a punto de derrumbarse. Ese fue el día en que vio por primera vez a La Flaca caminando por la calle Rivadavia con su minifalda y sus piernas interminables enfundadas en medias sutilmente caladas.

Hacía solo unos meses que La Flaca (todos la llamaban así) había llegado a ese Pilar que aún pugnaba por abandonar su pasado pueblerino. Las damas inmediatamente la calificaron como ordinaria y escandalosa, pero los ojos de sus maridos y novios se iban inevitablemente detrás de sus movimientos de pantera cuando usaba las veredas como pasarelas exclusivas.

Marcos Reinoso, acostumbrado a pagar por mujeres, juzgó de inmediato que esa apetecible criatura tenía precio y que él estaba dispuesto a pagarlo.

Como era su costumbre cuando deseaba hacer una adquisición, envió a su secretario para hacer la oferta y quedó pasmado cuando éste regresó con la respuesta.

-Me mandó a la m…, don Marcos. Dice que ella no es una p… para que la insulten así. Me dijo también que, cuando yo vaya allí, adonde ella me mandó, usted puede venir conmigo.

Marcos se rió de buena gana, pero el rechazo de La Flaca no hizo más que aumentar su deseo.

 

-Todas las mujeres tienen precio – aleccionó a su ayudante – Vas a ver como ahora se ablanda – y sacó del cajón central de su escritorio un estuche verde con el característico logo de la joyería Cormery. Dentro, brillaba un hermoso anillo de oro blanco y zafiros.

Con instrucciones de dejarlo en manos de La Flaca aunque quisiese rechazarlo, el secretario partió hacia la casita sencilla en que vivía la beldad junto a su madre y un hermano de proporciones hercúleas.

Una hora más tarde, al regresar, contó que, para cumplir la orden, debió dejar la joya sobre una mesita ratona. La orgullosa muchacha se había negado a aceptarla.

Al anillo lo siguieron un reloj finísimo, un tapado de piel, y un costosísimo brazalete, pero ninguna de esa inversión dio el fruto ansiosamente esperado por Reinoso.

Decidido a obtener lo que quería, el prestamista optó por abordar en persona a la causante de sus noches de insomnio y, como no podía presentarse en su casa sin un motivo aceptable, la interceptó en la calle.

 

-¿Supongo que te darás cuenta de lo que arriesgo al pararme a conversar con vos delante de todo el pueblo?- le dijo bajando de su automóvil.

 

-¿Y usted cree que para mí es un orgullo que usted me hable en medio de la calle?- le respondió ella siguiendo su camino.

Marcos la siguió rogando que le aceptase, al menos, tomar un café; pero solo lo logró casi un mes más tarde y debieron pasar casi tres meses para que La Flaca accediese a cenar juntos en un discreto restaurante de San Isidro.

Para ese entonces, y sin haber logrado más que alguna caricia casi inocente, Reinoso le había regalado un coche y había puesto a su nombre uno de los flamantes departamentos del edificio Bado.

Dicen que al fin pudo tenerla entre sus brazos una sola vez, en la quinta que compró para ella cerca de Tortuguitas y cuando ya casi toda su fortuna había pasado a las cuentas bancarias especialmente abiertas por La Flaca en distintos bancos. Después de esa noche que él esperaba gloriosa pero en la que ella se limitó a dejarlo hacer, como si con eso pagase una deuda, jamás volvió a recibirlo. Incluso comentan que lo habría hecho golpear con el hermano hercúleo cuando él, desesperado, intentó abordarla a la salida de la quinta.

En los mentideros de La Alhambra y El Colonial aseguran que fue a causa de este traspié amoroso que Marcos Reinoso abandonó sus ansias de hacer dinero, sin recuperar jamás lo que había perdido en su fallida aventura.

 

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