Por Celeste Lafourcade
Por Celeste Lafourcade
“No sé si me quieren, me respetan”. Apoyada en el umbral de su casa, Marcela suelta esa reflexión antes de despedirse. Como todas sus frases, esta también fue meditada. Es la síntesis de la charla y de una vida marcada por la lucha para conseguir la aceptación.
Marisa Marcela Del Pilar Díaz nació en un cuerpo masculino, en “un frasco fallado”, como asegura con humor, pero siempre se sintió mujer. Este año consiguió que su identidad femenina fuera reconocida por la ley y se convirtió en la primera pilarense en obtener el cambio de documento.
El 19 de julio su nueva identidad le llegó por correo y con ella, una vorágine de trámites para que su nombre quedara definitivamente enterrado y ningún papel pudiera recordárselo.
-¿En qué te cambió la vida recibir el documento?
- En todo, fantástica, divinamente. Mirá esto (muestra una factura) antes venían a nombre de… el que era antes y ahora viene todo a mi nombre como corresponde. Toda la gente me felicita, me dicen que es un triunfo, un éxito, la gente me apoya.
-¿Te ayudó más a que acepten tu elección?
- Sí, me ayudó un montón. No sabés lo que fue cuando fui a los bancos a hacer los trámites. Fue de terror porque para todos era una primera vez, terminé en
-¿Qué te pasa con tu anterior identidad? ¿Cómo la asumís hoy?
- A ver… es una pregunta difícil porque es el nombre que me pusieron mis papás y quizá si mi papá hubiera estado en vida quién sabe qué hubiera hecho, pero igual me terminó aceptando. Mi mamá se puso feliz cuando vio mi documento. Qué se yo, para mí está en el pasado.
-Es como otra persona…
- Sí, es como una persona gemela. Cuando la necesito la llamo. Cuando hay que destornillar algo, la llamo (estalla en risas).
-¿Qué te queda por conseguir después del documento?
- Casarme, tener un buen marido que me mantenga. No quiero mantener un vago. En algún momento aparecerá y si no me quedaré regia con mis cuatro hijos (los perros).
-¿Te hubiera gustado adoptar?
- Se me pasó por la cabeza pero como yo alquilo no me lo van a dar. No sé si criaría un chiquito. Si adopto uno debería ser de dos años para arriba, para no tener que estar cambiando tanto pañal (risas).
La mirada del otro
Nacida y criada en Pilar, Marcela asegura que la identidad femenina la acompañó desde que tiene uso de razón, cuando intercambiaba juguetes de varón por muñecas con sus vecinas. La necesidad de vestirse de mujer se concretó a los 19 cuando salió a la calle con una pollera por primera vez.
Hoy que su decisión cuenta con el aval del Estado, reconoce que “en su momento había que caminar en Pilar… pero yo siempre tuve la frente alta”.
-¿Seguís sintiendo miradas discriminatorias?
- Mirá…yo lo ignoro porque los que te miran son tipos casados y después están golpeando la puerta en tu casa. A la mujer le dicen que se van a comer un asado… yo no tengo ganas de estar con alguien casado. Tengo ganas de estar tranquila y feliz.
-Sos la que ve el “lado B” de las parejas felices…
- Sí, es así. Hay tantas cosas que yo tendría que decir y no las digo. Hay mucho matrimonio feliz el domingo en la iglesia…
-¿Cuesta más que te acepten dentro de tu propia familia que afuera?
- Sí, muchísimo. Son pacatos, ignorantes que se quedaron en el tiempo. Mi sobrino mayor me dice tía, su nene me dice tía. Con ellos me siento muy bien y muy contenida. Pero tengo un sobrino que es grande y para él sigo siendo una figura masculina. El otro día le dije “a mí no me trates así porque ese nombre para mí no vale”.
-¿Cómo hacías para manejar internamente el qué dirán?
- Yo me ponía la máscara y decía: yo tengo que salir y me tienen que aceptar como soy.
-¿En algún momento pensaste: “yo con esto no puedo”?
- No… pero me tiró abajo cuando el cura de Pilar (José Ramón de
-¿Qué pasó en la sociedad para que la gente empezara a aceptar?
- Hay más información. Hay más medios, antes salir con el pelo teñido como yo salía a los 18 era para que te dijeran “allá va el p…”, hoy tienen 10 años y se tiñen.
-¿Te considerás un personaje de Pilar?
- Hay momentos que sí. Un día estaba comprando un CD y un hombre se me acerca y me dice: “qué huevos tuviste”. “¡Ovarios!”, le dije. Tuve unos ovarios de aquellos porque lo que enfrenté yo no lo enfrentó nadie en su momento.