Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: El fuego purificador

por Manuel Vázquez
sábado, 3 de noviembre de 2012 · 00:00

El chalé había sido edificado en el centro de un enorme terreno sobre la actual calle Champagnat  que, en aquel entonces, ni siquiera se conocía como el camino a Los Maristas, ya que no se habían levantado aún el colegio y la casa de retiros de esa congregación religiosa. Lo había hecho construir un acaudalado estanciero cordobés que acostumbraba pasar allí unos días cuando llegaba a Buenos Aires para vender sus novillos e invertir las ganancias.

Lo cierto es que la lujosa vivienda, copiada de las señoriales mansiones de la campiña británica, permanecía desocupada la mayor parte del año. Los cuidadores, un matrimonio belga que vivía recluido en el sector destinado al servicio, se bastaba para atender el parque y la limpieza de las habitaciones nunca utilizadas.

Una vez al año, poco antes de la llegada del patrón, los caseros contrataban a dos o tres muchachas del pueblo para que colaborasen haciendo una limpieza general, quitando las fundas que protegían los muebles tapizados en pana y las enormes arañas de cristal del comedor y la sala de recibo.

En una oportunidad, en lugar del patrón llegó su hijo, un muchachón torpe y caprichoso a quien acompañaban dos obsecuentes amigos juerguistas que disfrutaban de la buena vida gracias a los bolsillos generosos de su compañero de aventuras y borracheras.

Comentan que los tres muchachos llegaron un día antes de lo previsto y se encontraron con las empleadas temporarias ocupadas aún con la limpieza de los mármoles y el pulido de los bronces. Una de ellas, apellidada Méndez, deslumbró con su belleza natural y sencilla  al aprendiz de patrón quien, como era su costumbre en la estancia con las hijas de sus puesteros y peones, se propuso obtener los favores de la muchacha a cambio de un regalo insignificante.

La casera belga, conocedora de esta manía del desgarbado “patroncito”, y  molesta por la intromisión de sus amigos, quiso enviar a las chicas a su casa; pero el petimetre se opuso y contrató a las chicas como mucamas de servicio mientras durase su permanencia en la mansión.

Esa misma tarde, poco después del almuerzo, una de las jóvenes, sin terminar de preparar los dormitorios para huéspedes, se marchó informando a los encargados que no estaba dispuesta a permitir que los amigos del patrón se propasasen con ella.

Alarmada al sentirse directamente responsable de las muchachas, la casera le preguntó a la chica de Méndez si también se habían insolentado con ella, pero la joven respondió que había estado acomodando la ropa del “patroncito” y en ningún momento la habían incomodado.

Poco antes del anochecer, cuando el encargado de la residencia se preparaba para acompañar a la mucamita hasta su casa tal como había acordado con los padres, su mujer le comunicó que no podía encontrarla por ningún lado. Juntos recorrieron la propiedad sin dar con ella y abandonaron la búsqueda suponiendo que la pobre, tras ser molestada por los muchachones, había decidido marcharse sin avisar.

Conforme a las instrucciones recibidas, la cena se sirvió temprano y fue regada copiosamente con el vino que los muchachones habían llevado en su automóvil. Tras el café, y visiblemente borrachos, los tres subieron a los dormitorios entre risotadas y groserías que los caseros, por manejar un castellano muy básico, no alcanzaban a comprender.

No había amanecido cuando el hijo del patrón, vestido a las apuradas y con el rostro desencajado, golpeó la puerta de la habitación del matrimonio, en el subsuelo. Les informó que él y sus amigos abandonaban la casa y dejó en manos del hombre una gruesa suma de dinero como retribución por sus servicios. Un instante después, negándose a tomar el pocillo de café que se ofrecieron a prepararle, el joven subió al coche en el que lo esperaban sus compañeros y los tres partieron de inmediato.

Recién después de lavar las tazas del desayuno, la encargada subió a arreglar los dormitorios utilizados por las visitas y quedó paralizada ante el terrible espectáculo que se ofrecía a sus ojos. Totalmente desnudo, atado en cruz a los barrotes de la cama, se encontraba el cuerpo sin vida de la chiquilina de los Méndez. Estaba amordazada y la sangre entre sus piernas y en la sábana indicaba claramente que había sido violada.

En la palidez del cadáver resaltaban las manchas violáceas  dejadas por golpes y apretones.

Los caseros se asustaron terriblemente. No sabían qué hacer ni a quién informar sobre el crimen. Se imponía avisar a los padres de la muchacha, al patrón, a la policía… Pero, en su azoramiento, cometieron el enorme error de convertirse en cómplices haciendo desaparecer el cuerpo.

Aún ardían los restos en la caldera del sótano cuando el padre de la infortunada muchacha se presentó en el portón del chalé preguntando por  su hija. No había llegado a la casa en la tarde del día anterior y ellos esperaron hasta la noche para salir a buscarla, aunque no se atrevieron a molestar en la residencia al saber, por la otra muchacha, que habían llegado los patrones.

El belga, con su dificultad idiomática, le aseguró que, luego de finalizar la limpieza, la había acompañado hasta su casa. Sin embargo, dijo no haber llegado hasta la puerta porque, una cuadra antes, la muchacha le pidió que la dejase allí ya que iba a pasar por el almacén para hacer unas compras con el dinero que acababa de cobrar.

Todo el pueblo salió esa tarde a buscar a la chica de Méndez. Caminaron los montes, preguntaron en las chacras y hasta se llegaron a las márgenes del río Luján. No era nada habitual que en aquel Pilar pequeño y campesino desapareciese una muchacha.

Al día siguiente, coincidiendo con la llegada del patrón en persona citado de urgencia por los caseros, arribó a Pilar un investigador enviado especialmente por la Policía de la Provincia que, tras entrevistarse con el estanciero, recorrió brevemente el pueblo y volvió a La Plata sin brindar ningún detalle a los dolidos padres.

Los meses pasaban y los Méndez, como es lógico, no olvidaban a su hija. Cada día esperaban verla aparecer después de haber estado perdida. Suponían a veces que la chica había sido víctima de alguna especie de amnesia que no le permitió regresar a casa, o que había sido secuestrada por alguien que la liberaría en cualquier momento. Los pobres no encontraban consuelo y de tarde en tarde se los veía recorrer los campos que rodeaban al pueblo buscando un cuerpo que nunca hallarían.

Pero no solo ellos recordaban a la malograda adolescente. Los caseros tampoco encontraban paz cargando el enorme secreto. Todas las tardes bajaban al sótano de la residencia y pasaban largas horas contemplando la caldera. Antes de irse, el patrón los había felicitado por la decisión que habían tomado aquella mañana y les entregó más dinero del que podrían gastar en su vida, encargándoles que eliminasen cualquier prueba que hubiese podido quedar. Pero ellos no se habían animado aún a retirar las cenizas que descansaban, frías, en el enorme aparato apagado.

Seis meses después de la desaparición de la muchacha, un incendio devastador se desató en la mansión. Fueron inútiles los esfuerzos de los vecinos por detener las llamas que, inexplicablemente, parecían haber estallado al mismo tiempo en todo el edificio destruyendo la casa y cuanto en ella había.

Nunca se pudieron encontrar los cuerpos de los caseros, ni siquiera cuando la cuadrilla de peones llegados desde la estancia cordobesa demolió lo que quedaba del edificio llenando con los escombros el sótano y la bodega.

Hace unos años al cavar en el terreno los cimientos de una futura casa de oración, apareció una antiquísima caldera devorada casi por el óxido. Los obreros lograron a rescatarla en gran parte, y el arquitecto a cargo de la obra se la llevó para exhibirla como una curiosa antigüedad en su quinta de El Cazador. Hasta allí me llevó a verla quien me contó esta historia.

 

 


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