Llegaron a Pilar desde Villa Devoto y, aunque no tenían hijos, alquilaron una casa grande cerca de la plaza.
Ella, Dorita, frisaba los cuarenta años pero aparentaba muchos menos y, desde que le dijeron que tenía cierto parecido a Marilyn Monroe, se peinaba y pintaba como la estrella, haciendo resaltar con un lápiz bermellón sus labios siempre entreabiertos en un mohín seductor mientras acariciaba a Manchita, el enorme gato de angora que jamás se apartaba de su lado.
Él, Nicolás, había pasado ampliamente la barrera de los cincuenta. Era alto, muy delgado, usaba gruesos lentes de miope y se dedicaba a la venta de herramientas para mecánicos.
Aquel primer verano en Pilar habían tomado la costumbre de desayunar bajo la galería del fondo. Él vestía siempre un traje claro, de hilo; y ella una escueta bikini. Después de tomar sus dos tazas de café, Nicolás salía en busca de clientes para sus pinzas, tenazas, destornilladores y llaves.
Por sentarse siempre de espaldas a la pared medianera, el vendedor no podía ver al muchacho que cambiaba las tejas sobre el techo de la casa vecina. No tendría mucho más de veinte años y, tratando de pasar desapercibido, contemplaba el espléndido cuerpo de Dorita quien, detrás de sus lentes oscuros, percibía sus miradas codiciosa y, en premio a esa muda adoración, bajaba los breteles de su traje de baño y adoptaba poses provocativas sin que a su marido le llamasen la atención. Estaba acostumbrado a esos esfuerzos por copiar las actitudes de la Monroe aunque, según las vecinas envidiosas, eran más propios de la local Isabel Sarli que de la diva estadounidense.
Tras una semana de acecho y de conversaciones cada vez más atrevidas iniciadas cuando Nicolás partía en su 3CV a recorrer talleres en un radio de cien kilómetros, el musculoso techista fue admitido en la intimidad del dormitorio de Dorita con el beneplácito del gato que ronroneaba a los pies de la cama.
Aquel enero se había presentado especialmente caluroso y las nubes que se habían acumulado durante días presagiaban la casi tempestad que llegó en las primeras horas de la tarde. Fue tan violenta, tan llena de truenos y relámpagos que Nicolás, pensando en el miedo que su mujer sentía por las tormentas, decidió abandonar su recorrido y regresar a casa para tranquilizarla. Estaba en Campana cuando comenzó a llover y, pese a que la ruta se ponía intransitable, dirigió su coche hacia Escobar primero y luego hacia Pilar apretando a fondo el acelerador y pegando sus lentes al parabrisas velado por el aguacero.
Entretanto, su mujer, aterrada por los truenos, le pidió a su joven amante que no la dejase como lo hacía a diario una vez que pasaba la hora de la siesta. El muchacho, tendido a su lado, se quedó entonces disfrutando del canto de la lluvia en las canaletas de desagüe que rodeaban el patio. A causa de este sonido, de los truenos y del zumbido del ventilador, ni Dorita ni el techista escucharon la llegada del 3CV. Recién oyeron a Nicolás cuando, empapado, abrió la puerta de calle con su propia llave e ingresó al living anunciando a su mujer que ya podía estar tranquila porque había llegado el hombre de la casa.
Empujado por la mujer, el muchacho huyó por la puerta del dormitorio que daba a la galería pero, en el apuro, abandonó en el dormitorio hasta la más mínima prenda de vestir. Al notar su desnudez, decidió que no podía saltar así el tapial hacia la casa vecina y se escondió acuclillado entre las plantas de achiras soportando la lluvia torrencial.
Entretanto, su amante había alcanzado apenas a ocultar bajo la cama las ropas comprometedoras cuando Nicolás, con una sonrisa en los labios, entró en la habitación y la abrazó tiernamente.
Dos horas más tarde el aguacero no había amainado y la temperatura había descendido notablemente, tanto que el pobre nudista tiritaba entre las achiras. El enfriamiento le provocó de pronto un incontenible estornudo que alertó al dueño de casa.
-¿Oíste? Alguien anda en el jardín.
-No. Yo no escuché nada. ¿Adónde vas?- preguntó Dorita al ver que su marido se calzaba un piloto y, sacando la pistola que guardaba en un cajón del ropero, salía hacia el patio ya oscurecido. - ¡Nicolás, dame eso!- suplicó aterrada mientras extendía su mano para apoderarse del arma.
Un nuevo estornudo vibró bajo la cortina de lluvia.
-No, Dorita. Ahora tenés que haber escuchado. Hay alguien entre las achiras.- y, apuntando hacia las plantas gritó - ¿Quién anda allí? ¡Salga o disparo!
El techista desnudo, convulso, chorreando agua y con los brazos en alto surgió desde el cantero ante los ojos sorprendidos del dueño de casa.
-¡No! ¡No tire, señor! ¡Déjeme que le explique…!
Estas fueron las últimas palabras que Dorita escuchó antes de huir hacia el interior de la vivienda para ganar luego la calle pero, cuando ya tenía la mano sobre el picaporte de la puerta del porche oyó el disparo y, a su pesar, regresó lentamente hacia el patio.
Nicolás estaba sentado bajo la galería con la cabeza hundida entre los hombros. En sus manos sostenía la pistola que acaba de disparar y, de rodillas sobre el cantero de achiras, abrazado a un enano de jardín que parecía reírse de la situación, el techista trataba de resistir los embates de incontenibles arcadas.
A pocos metros, traspasado por la bala vengadora, Manchita resultó la víctima inocente con que el vendedor, sin atreverse a disparar sobre su oponente, había tratado de descargar su furia por la infidelidad de su mujer.