Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Un número telepático

por Manuel Vázquez
sábado, 17 de noviembre de 2012 · 00:00

Muy de vez en vez, algún circo llegaba hasta aquel Pilar casi campesino de casas bajas y calles de tierra muchas de las cuales, en invierno, se convertían en verdaderos pantanos.

No eran circos deslumbrantes y lujosos como los que, en forma casi fija, alzaban sus enormes carpas en Buenos Aires, Rosario o Córdoba, presentando, además de las características rutinas circenses, obras teatrales y espectáculos de “burlesque”. Los que llegaban a Pilar eran más bien pobretones, con carromatos descoloridos y jaulas con leones viejos y famélicos que, según algunos, ayudaban a solucionar la proliferación de perros sin dueño ya que, según algunos, los peones del circo, salían a cazarlos para alimentar a las fieras.

En 1931, “La Gran Compañía Circense de la familia Zarsky” había levantado su vieja carpa en un sector del enorme baldío que corría a lo largo de la calle Lagrave, desde la ruta 8 hasta la actual calle Chacabuco. Entre las atracciones que ofrecía, además de los raquíticos tigres de Bengala cuya piel rayada no podía disimular el relieve de las costillas, mostraban una contorsionista capaz de besar sus propios omóplatos, unos hermanos gemelos que hacían maravillas en el trapecio y el número de fondo: Alí Zumhec, un mentalista oriental y su esposa, la hermosa Tabriz que, para deleite de los varones y escándalo de las damas, bailaba cubierta con un delgadísima gasa al son de exóticas melodías.

Esta pareja centraba su actuación en un truco de telepatía. Tabriz, parada en el centro de la pista con los ojos cubiertos por una venda, recibía el supuesto fluído que emanaba de la mente de Alí y podía responder a las preguntas que este le dirigía en forma apremiante.

-¿Qué tengo ahora en la mano? preguntaba tomando el sombrero de un espectador.

-¡Un sombrero!- respondía su esposa, tras mostrar profunda concentración.

-¿De qué color es este sombrero, dígame?

-¡Es gris!

Cada acierto era premiado con los fuertes aplausos de un público ingenuo que, poco habituado a los espectáculos, ignoraba el simple truco que permitía a la pareja comunicarse “telepáticamente”.

Ambos habían ideado un código y, si Alí incluía la palabra “mano” en su pregunta, Tabriz respondía “sombrero”. Si él decía “dígame”, ella diría “gris”. “Ahora” significaba “cartera”, “pronto” quería decir “tapado”… Más de trescientas palabras habían codificado y aprendido de memoria para llevar adelante el numerito que, junto a la belleza de la joven, los convertía en la máxima atracción del circo.

Por aquel entonces, la policía detuvo en la estación del ferrocarril San Martín a Luciano Gargiulo, un carterista de reconocida fama en todas las líneas ferroviarias. En esa oportunidad, el delincuente había sustraído, con mucha habilidad, un collar de perlas pendiente del cuello una dama pilarense que volvía al pueblo en un vagón de primera clase después de una tarde de compras en la Capital.

Para desgracia de Gargiulo, la señora notó la falta antes de que el tren se detuviese y, avisada por telégrafo, la policía aguardó a la formación en el andén, impidiendo que los pasajeros descendiesen sin ser revisados.

El carterista no dudó que los agentes lo reconocerían, pero tampoco quiso desprenderse de una joya tan valiosa así que, encerrado en el baño de un vagón, se tragó, conteniendo las arcadas, la hilera de perlas cultivadas.

El comisario, al verlo, sospechó la artimaña pero, en lugar de retener al delincuente en el calabozo hasta que el collar se manifestase en forma natural, quiso aprovechar la presencia del mentalista y se apareció con el detenido en plena función.

-Quiero que le pregunte a su señora si este hombre tiene algo encima además de la ropa.- le ordenó a Alí mientras la atención del público se centraba en el carterista.

-No creo que Tabriz pueda hacer eso, señor comisario-  balbuceó el supuesto “telepático”.

-¿Y por qué no? Si no puede es porque lo que ustedes hacen es engañar a la gente con una gran mentira.

Alí paseó su mirada por los rostros impávidos de los espectadores que esperaban su respuesta. Confesar que su número era solo un truco sería perder cualquier posibilidad de seguir llenando el circo cada noche así que, jugándose el todo por el todo, apoyó su mano sobre el hombro de Gargiulo, lo condujo hasta el borde de la pista.

-Tabriz, concéntrese. ¿Qué tiene este hombre en su cuerpo, además de la ropa?- ordenó.

La hermosa bailarina permanecía en silencio cubierta con la delicada gasa que trasparentaba sus espléndidas curvas

Tabriz. ¿Tiene algo este hombre encima?- repitió.

-¡Perlas!- exclamó la muchacha.

El comisario, tras ordenar conducir al detenido al calabozo y casi con respeto reverencial, informó al público que la señora Tabriz había acertado confirmando sus sospechas. Los aplausos delirantes inundaron la carpa y la pareja de mentalistas, disimulando su propio asombro, se preparó para duplicar sus ganancias a partir de esa noche.

Más tarde, ya en su carromato y ante la suculenta fuente de tallarines con tucco preparados por Tabriz, nacida en Nápoles como Artura Finocchieto, el matrimonio rió a más no poder de la casualidad que aumentó su fama y fortuna.

Alí, también italiano pero de Le Marche, se azoró tanto por el desafío que le lanzaba el comisario ante su público que, sin pensar, pronunció la palabra “encima” sin recordar que este término, en su código, significaba “perlas”.

Sin embargo, la fortuna del matrimonio no duró mucho porque, cuando se hizo pública su “asombrosa capacidad de adivinación”, comenzaron a llamarlos desde varios juzgados para que dijesen que había dentro de cajas fuertes cerradas o cofres inviolables. También algunos delincuentes se acercaron a ellos con los mismos fines, proponiéndoles pingües negocios y, lo que es más interesante, afamados cirujanos los citaron para requerir su opinión antes de abrir el cuerpo de un enfermo en busca de un cálculo o un coágulo milimétrico difícil de localizar con las técnicas de la época.

A fin de no confesar que lo suyo era solo un truco, los “mentalistas” emigraron primero a Chile y luego a Perú.

Varios años más tarde volvieron a la Argentina pero ya alejados definitivamente del circo. Alí (Doménico Melillo) trabajó como extra en varias películas de Argentina Sono Film mientras que su esposa, una hermosa anciana, se desempeñaba como modelo vivo en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón.

 

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