Cuando me hice anunciar en su casa de La Lonja, doña Carmen acababa de acostarse y, para mi sorpresa, autorizó a su nieta para que me permitiese entrar en su dormitorio.
La casi centenaria señora descansaba en su enorme cama sobre una pila de almohadones. Las mesitas de luz rebosaban de medicamentos y, sobre la cabecera de bronce, un crucifijo de madera sostenía una rama seca de olivo.
- Casi no le recibo. Usted sabe que no queda bien que un hombre entre solo al dormitorio de una mujer; y no me venga usted a decir que yo podría ser su abuela que, aunque tengo edad para serlo, no lo soy. No olvide que siempre hay lenguas venenosas. Decidí darle permiso porque voy viendo que me queda poca cuerda en el carretel y me he propuesto contarle todas las historias de las que guardo memoria antes de marcharme a contemplar, desde abajo, cómo crecen los rabanitos. Además, estoy en deuda con usted porque ha cumplido en no poner mi nombre verdadero en el libro donde han salido esas historias- me dijo señalando la cómoda sobre la que descansaba un volumen de “Mitos y Leyendas de Pilar”. Luego, sosteniendo en la izquierda el micrófono del grabador, al que ya se había acostumbrado, comenzó su narración gesticulando graciosamente con la mano derecha.
“Amelia era muy bonita. Todos los muchachos del pueblo le andaban detrás, pero ella, por más que daba conversación a todos y trataba con simpatía a quien se le acercase, a ninguno le dio la menor esperanza de pasar a otro tipo de relación.
Dicen que siendo niña, su abuela materna, mientras le peinaba el larguísimo pelo dorado, le dijo que ella estaba destinada a una especie de príncipe azul que la iba a sacar del pueblito de mala muerte que era Pilar por aquella época.
Parece que Amelia se tomó muy en serio la profecía de la abuela y así llegó a los veintidós años esperando a ese novio ideal que pareció presentarse un sábado de Semana Santa cuando ella, junto a otras muchachas, sacaba lustre a los dorados del altar principal de la parroquia.
Él se llamaba Piero Alievi, y era el único hijo de un rico matrimonio italiano que había hecho fortuna con la compraventa de muebles usados y con el préstamo de dinero a intereses de usura.
Piero se enamoró perdidamente de Amelia y ella, al conocer la lujosa casa de sus futuros suegros en Escobar, creyó que al fin había llegado quien la iba a rescatar de la monotonía pilarense. Sin embargo, los Alievi nunca creyeron que la hermosa muchacha fuese la mujer ideal para su hijo. La juzgaron frívola, dispendiosa y poco inclinada a secundar a Piero en los turbios negocios familiares.
Faltaban unos pocos días para que los muchachos se comprometiesen cuando al pobre Piero le dio un ataque de peritonitis que se lo llevó al otro mundo. Yo creo que fue a causa de lo atrasada que estaba la medicina por aquellos años, pero los viejos Alievi achacaron a la influencia de la desgraciada Amelia la muerte de su hijo. Decían que ella era portadora de jetta o mufa y que el mismo día en que el muchacho se las presentó, se había muerto el perro de la casa ahogado con un hueso de pollo.
Como era de esperar, nadie hizo caso de los pobres viejos que hablaban de puro doloridos por la muerte de su único hijo.
Después del duelo de casi un año que ella misma se impuso, Amelia volvió a asistir a reuniones y bailes. Fue así que, en una kermés organizada en la capilla de su barrio (Villa Verde), la chica conversó un buen rato con Favio Linero y él, por lucirse e impresionarla, se anotó para competir subiendo al palo enjabonado y alcanzando la enorme muñeca que habían puesto en la punta como premio para el mejor trepador. Dicen que pensaba regalársela.
Antes que Fabio intentaron subir otros dos muchachos, pero no pudieron ir más allá de la mitad del palo. Cuando llegó su turno, el pretendiente de Amelia se atrevió a soplarle un beso con la palma de la mano y comenzó a trepar a buen ritmo pero, a pocos centímetros de la punta, aflojó inexplicablemente los brazos y cayó hacia atrás dándose un feo golpe en la nuca.
Una de las tantas viejas avinagradas, de las que nunca faltan en todo lo que organizan las iglesias, recordó lo que aún sostenían los padres del desgraciado Piero Alievi y comenzó a murmurarlo en medio de la kermés. Al día siguiente, casi todo Pilar afirmaba que Amelia poseía una maléfica influencia capaz de causar daño a cuantos se le acercasen.
A partir de entonces, las mujeres comenzaron a cambiar de vereda para no cruzarse con ella, y más de un hombre metía disimuladamente la mano en el bolsillo para hacer los cuernos con los dedos cuando la pobre se acercaba.
El padre de la infeliz muchacha se ganaba la vida ejerciendo el oficio de sastre, aunque sólo tenía como clientes a los más humildes del pueblo pero, a medida que aumentaba la injustificada mala fama de su hija, los encargos comenzaron a mermar al punto de tener los maniquíes desnudos e inmovilizado el pedal de la máquina de coser.
Amelia dejó de asistir a la iglesia donde quienes hasta hacía poco se decían sus amigas, se marchaban ni bien ella llegaba o se cambiaban de banco durante las ceremonias por más que el cura, al tanto de las murmuraciones, las reprendiese.
Me acuerdo que fue un primero de año cuando el padre de Amelia se descompuso después del almuerzo. Como no pudieron encontrar médico en el pueblo, llamaron un coche de alquiler para llevarlo hasta Luján pero, a mitad del camino, el taxi, que iba a toda velocidad por el camino de tierra llevando a la muchacha y a su madre acompañando al enfermo, volcó y dio como dos o tres vueltas antes de quedar con las ruedas para arriba metido en un zanjón. La única que salió viva de aquel accidente fue Amelia. No se había hecho ni un rasguño.
Ni le cuento lo que fueron las murmuraciones después de esa desgracia. Mi marido, yo y tres o cuatro personas más que no creíamos en esas zonceras fuimos los únicos que la acompañamos a enterrar a sus padres en el cementerio. Poco tiempo después Amelia se fue de Pilar y se instaló en Quilmes, donde tenía familia. Durante muchos años nos escribimos, por eso sé que al fin se casó muy bien y hasta hizo trasladar hacia allá los restos de sus padres para no tener que volver al pueblo ni siquiera para ponerles una flor.-
Doña Carmen me entregó una cajita donde guardaba las cartas y postales enviadas por Amelia. Estaban atadas a una herradura y, cuando le pregunté por qué, se limitó a sonreír y a decirme con picardía: “No hay que creer en idioteces, pero tampoco hay que confiarse demasiado”.

video