-Mamá, mirá que Manuel te va a hacer figurar como una vieja chusma que se la pasa contando historias. Fijate bien en lo que vas a decirle – previno Graciela desde la cocina mientras doña Amalia, confundiendo mi grabador con una cámara fotográfica, se alisaba el cabello esperando que su rostro sonriente apareciese en las páginas de El Diario Regional del sábado siguiente. Le aclaré el propósito del aparato y, un poco desilusionada, comenzó a narrar mientras su hija acercaba el termo y un hermoso mate de calabaza encerrado en un soporte de plata.
“Por aquellos años, Lolita Torres tenía su casa de fin de semana en Pilar. Era una especie de granja y sobre la tranquera estaba el nombre en letras de hierro: “Molino Blanco”. Yo entré una vez para llevar un pedido que habían hecho en el negocio. Me acuerdo que era una casa grande pero muy sencilla. Estaba en el camino que va a Villa Astolfi desde la Ruta 25.
Lolita era una cantante maravillosa. Se había dedicado principalmente al género español, pero después fue también actriz de comedias en el cine y en la televisión.
¡Había que ver cómo la quería el público! Yo creo que era también por la imagen familiar que daba, porque siempre aparecía en las notas de las revistas rodeada por sus hijos. Uno de ellos es Diego Torres, que hizo después una carrera de cantante internacional.
Los viejos pilarenses recordarán sin duda a Lolita, con grandes lentes oscuros y pañuelo de seda sobre la cabeza, haciendo las compras en el pueblo y derrochando simpatía cuando era reconocida y le pedían autógrafos.
En ese entonces, casi tan famosas como Lolita eran las tortitas negras que fabricaba la familia Marconcini en su panadería “El Molino”, que quedaba en la esquina de San Martín e Yrigoyen; donde hoy está esa galería rosada tan linda, que mantiene casi el frente antiguo de la panadería.
Una mañana llegaron hasta lo de Marconcini la actriz y sus hijos, que todavía eran chiquitos, para probar las tortitas que elogiaban tanto sus amigos pilarenses.
Lolita se tentó con todas las delicias de primera calidad que cocinaban en un auténtico horno a leña y, además de las tortitas, también cargó las insuperables galletas marineras, los grisines y unos panes de Viena de miga tierna y sabrosa como nunca volví a probar desde que ellos cerraron el negocio.
Acababa de pagarle por su compra a la dueña, que atendía la caja, cuando una clienta la reconoció, le estampó dos besos y le pidió un autógrafo.
Mientras Lolita, que por aquel entonces era muy conocida, le escribía una dedicatoria, fueron entrando al local otros vecinos y también empezaron a pedirle que les firmase en papeles o donde fuera.
Junto con el resto de la gente también llegaron al negocio dos monjas españolas del colegio que estaba a una cuadra, donde ahora está el Parroquial. Una de las hermanas, admiradora de Lolita, le pidió que así no más, a capella, les cantase alguna cosita de su tierra y la artista, que siempre fue muy atenta, se puso a cantar una jota en medio de la alegría general.
Cuando terminó la canción, Lolita se despidió de los vecinos que la acompañaron aplaudiéndola hasta su camioneta pero, al ponerla en marcha, la cantante se dio cuenta de que había desaparecido uno de sus chicos.
¡Ni se imagina la desesperación de la pobre mujer! Aunque Pilar era un pueblo tranquilo, la desaparición de una criatura igual alarmaba a todos y para colmo, en este caso, era el hijo de alguien famoso.
Los vecinos que estaban en la panadería se largaron a buscar al chiquilín (creo que era Diego) por las calles cercanas al negocio y, como era de suponer, la noticia voló por todo el pueblo.
En esa época no había el tránsito que hay ahora, pero de todas maneras un chiquito solo en la calle corría peligro, sobre todo si se había ido para el lado de la Ruta 8.
La pobre Lolita lloraba como una Magdalena y, como no había celulares, le pidió a los dueños del negocio que le permitiesen llamar a su marido por el teléfono particular. Ya estaba entrando a la casa de Marconcini cuando vio venir desde la cuadra a uno de los ayudantes trayendo agarrado por el brazo a una criatura que forcejeaba para escaparse y que tenía la cara embadurnada con dulce de leche.
Parece que, mientras la madre cantaba y todos le hacían coro o batían palmas, el chiquilín se coló en la cuadra de la panadería y descubrió el lugar donde rellenaban las facturas. Se tentó, agarró la manga llena de dulce de leche y empezó a comer hasta que lo descubrieron.
Me contaron que, cuando lo vio, Lolita hizo lo que hubiese hecho cualquier madre y lo abrazó llorando de alegría, pero ahí no más, también como cualquier otra mamá de aquellos años, le dio dos buenos chirlos en la cola. Dicen que el público que la rodeaba la volvió a aplaudir.”
Me despedí de doña Amalia resuelto a trasladar al papel, sin corrección alguna, el cándido monólogo que acababa de escuchar.
