Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Un extraño forastero

por Manuel Vázquez
sábado, 20 de octubre de 2012 · 00:00

La tormenta se había desatado con toda su furia. El viento huracanado parecía querer arrancar de cuajo los sauces que rodeaban el almacén y despacho de bebidas de la familia Lavallén, en Empalme. Atados al palenque, los caballos soportaban nerviosos el aguacero que se descargó torrencialmente mientras que en el interior, ganados por las sombras, cuatro paisanos sorprendidos por  la lluvia esperaban jugando al truco a que escampase un poco para volver a “las casas”. Pero anochecía y la tormenta parecía colgar aún más espesas sus cortinas de agua sobre los campos resecos en aquel lejano enero.

El almacenero intentaba encender el sol de noche cuando la puerta se abrió de pronto permitiendo que una ráfaga le apagase el fósforo entre los dedos. Contra la luz de los relámpagos que estallaban a sus espaldas, la figura del recién llegado se recortó de tamaño sobrenatural; tanto que, mientras el hombre cerraba sin mayor esfuerzo la hoja vidriada impulsada por el viento, los asistentes se pusieron de pie deteniendo su juego. Los saludó llevando su mano derecha al ala ancha del sombrero, se acercó al mostrador y pidió una ginebra.

Los parroquianos volvieron a sentarse en torno a la mesa de naipes, pero ahora apenas murmuraban los envidos y las invitaciones al truco mientras lanzaban furtivas miradas al forastero de elegantes pilchas gauchas.

El almacenero, con mano temblorosa, llenó hasta el borde el vaso mulero y se lo acercó empujándolo suavemente sobre la madera manchada por miles de derrames. Aunque disimuló haberlo  notado,  ya había visto que el forastero llevaba la ropa completamente seca, como si no hubiese pasado bajo la lluvia torrencial y, si hubiese podido verle los pies desde atrás del mostrador,  se habría asombrado aún más al comprobar que las botas lucían impecables, sin una sola mancha de barro después de haber tenido que cruzar el lodazal de la calle.

-Noche de perros ¿no?- aventuró el almacenero mientras, ante la muda solicitud del hombre, volvía a llenar el vaso.

-¿De perros? No. Los perros no gustan de lluvias y refucilos. Se asustan los muy maulas. – Su voz era cavernosa, de bajo profundo.

-Algunos dicen que los perros pueden ver al diablo- acotó don Eusebio Franco desde el rincón más oscuro del almacén. Allí se encontraba fumando en silencio su cigarro de hoja desde antes de que se largase el aguacero.

- ¡No diga zonceras, viejo!- lo cortó uno de los parroquianos.

-Tal vez no sean zonceras, mozos. En una de esas hay algo de cierto en lo que dice el hombre - aseguró el recién llegado tratando de atravesar con la mirada las tinieblas y el humo entre los que se refugiaba don Eusebio. - En una de esas el abuelo sepa de algún perro que haya visto al Maldito.

-Y, sí… Tuve uno hasta hoy temprano. El Cholo, un perro de ley. Varias veces, a la noche, supo llorar a la puerta del rancho como si pudiese sentir la presencia de algo que nosotros veíamos y que, ni bien mi mujer quemaba los olivos benditos, parecía desaparecer.

Los jugadores suspendieron su truco para escuchar el relato del viejo y el dueño del almacén, que recién había podido encender el farol, abandonó su habitual abstinencia y se sirvió un vaso de caña.

-Anoche El Cholo estuvo aullando desconsolado, el pobre. Quemamos las palmas y la patrona dibujó una cruz con agua bendita en el piso, pero no hubo forma de calmarlo. A veces dejaba de llorar y entonces ladraba como enloquecido, como si viese algo raro cerca de la tranquera. Lo más curioso es que El Cholo no se achica ante nadie y si alguno quiere entrar, ya se le va encima sea quien sea; pero anoche ladraba sin moverse de mi lado, con los pelos del lomo parados como si estuviese con mucho miedo.

En el silencio que se apoderó del local cuando el viejo hizo una pausa para encender otro cigarro, sólo se oían los golpes que una gran mariposa negra daba una y otra vez  contra el cristal del sol de noche.

-Estuvo así ladrando y aullando casi toda la noche. Casi no pudimos pegar un ojo mi mujer y yo. Esta mañana temprano, cuando salí a buscarlo para darle de comer, me lo encontré al lado del palenque. Algún hijo de una gran puta lo había degollado al pobre. Tenía los ojos muy abiertos, como desorbitados, como si mantuviesen la última imagen horrible que vio antes de que lo mataran.

Diciendo esto, don Eusebio sacó de una bolsa de arpillera que tenía oculta entre sus ropas la cabeza cercenada del perro y, ante el espanto de los presentes, los ojos cobraron vida y se posaron en el desconocido. Las fauces mostraron por un momento los dientes amenazantes y, según cuentan, dos ladridos escaparon de la boca muerta.

El forastero terció sobre sus hombros el poncho pampa y, sin quitar ni por un instante la mirada de la cabeza del can, salió lentamente hacia la calle donde la tormenta parecía haber desatado su mayor furia.

Repuestos del asombro, mientras el viejo envolvía con parsimonia su macabro trofeo, los parroquianos se apresuraron hacia la puerta y vieron, a través de la densa lluvia, a un jinete que se alejaba a todo galope por el camino encharcado. Algunos dicen que lo rodeaba un resplandor rojizo.

 

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