Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: Despedida de soltero

por Manuel Vázquez
sábado, 13 de octubre de 2012 · 00:00

Chiquito se casaba ese sábado y sus amigos le habían organizado la despedida de soltero que, en el Pilar de aquellos años, debía ser obligatoriamente memorable.

Él había participado en muchas de esas farras y siempre se destacó por las ingeniosas y pesadísimas bromas que tenían como destinatario al futuro marido. Tal vez por esa razón temía a las que, seguramente, habrían ideado para él.

Tanto era su temor y desconfianza que, la mañana del día fijado para la cena de despedida, subió furtivamente a su Fiat 600 con la intención de refugiarse en Muñiz, convirtiéndose en huésped de unos parientes.

Iba sonriendo Chiquito por la ruta 8 pensando en el chasco que se llevarían sus amigos cuando no lo viesen aparecer en el restaurante elegido para el banquete ni lo encontrasen en su casa cuando fuesen a buscarlo pero, antes de llegar a la intersección de la ruta 8 con la ruta 197, en José C. Paz, una camioneta se cruzó en su camino. Del vehículo, que de inmediato reconoció como de uno de su barra, bajaron tres de sus compinches y, envolviéndolo en una bolsa de arpillera de la que sólo asomaba la cabeza, lo cargaron en la caja de la camioneta y volvieron hacia Pilar.

Esa noche, atado de pies y manos, cubierto sólo con una sábana, y con una corona de papel dorado en la cabeza, Chiquito fue obligado a presidir la mesa en la que más de cincuenta muchachones despedían alegremente su soltería.

Antes de que sirviesen la entrada, ingresaron al local dos esculturales señoritas (una rubia y otra morena) apenas cubiertas con escueta lencería y, sentadas una a cada lado del homenajeado, se encargaron de atenderlo durante toda la velada dándole de comer en la boca y acercándole a los labios la copa de vino cada vez que alguien proponía un brindis en su honor.

Tras los postres y el café, cuando ya muchos no podían ni mantenerse en pie a causa del vino, subieron a Chiquito totalmente desnudo a la ya conocida camioneta y, siempre custodiado por sus despampanantes guardianas, pusieron rumbo hacia el centro de Pilar seguidos por una caravana de coches tocando bocina.

Frente a la casa de Coca, la futura esposa, se detuvieron los vehículos brindando un cacofónico concierto que despertó a los vecinos y, como es lógico, a los padres de la novia pero, cuando don Julián abrió la puerta de calle vestido con pijama y pantuflas, los coches ya se habían alejado dejando al futuro marido encadenado a una columna del alumbrado público.

Después de cubrir su desnudez y mientras doña Dora trataba de hacerle pasar la borrachera obligándolo a beber taza tras taza de café fuerte y amargo, don Julián se esforzó para cortar con una cierra los eslabones de la gruesa cadena que unía a su yerno con la columna, ya que los bromistas habían partido llevándose la llave del candado.

Recién cuando Chiquito pudo bañarse sacándose el emplaste de harina, huevos y vino con que lo habían embadurnado, y cuando estuvo medianamente vestido con ropa de don Julián, permitieron que Coca lo viese y mimase un poco.

Al día siguiente, como si nada hubiese sucedido, enfundado en un impecable traje azul marino y parado al lado de su madre, Chiquito esperaba en la colmada iglesia de Pilar la entrada de la novia que, aunque no era raro, ya se atrasaba demasiado.

Media hora después de la fijada para la boda y tras llamar a casa de la modista donde se pondría su blanco vestido blanco (en esa época no existían los teléfonos celulares) nadie pudo dar cuenta del paradero de la muchacha ni de su padre, quien ejercería como padrino.

Ya con la  ceremonia y la posterior recepción suspendidas y el escándalo corriendo de boca en boca, los más íntimos de la familia salieron a buscarlos por todo el pueblo e incluso por las rutas de entrada y salida.

Los encontró en su propia casa doña Dora cuando, bañada en lágrimas y asustada por lo que podría haber sucedido, volvió acompañada por sus hermanos. Don Julián, arrancándose los pocos pelos que le quedaban en la cabeza, trataba de explicarle a su hija que Chiquito era inocente, que seguramente lo habían obligado a adoptar las acrobáticas posiciones en que lo mostraban las fotos enviadas en forma anónima a casa de la modista. Allí, a la luz cruda del flash fotográfico, aparecía desnudo junto a las esculturales señoritas que la noche anterior habían logrado, pese al vino, despertar su juvenil virilidad.

Después de mucho argumentar y tras llamar a los autores de la pesadísima broma para que telefónicamente asumiesen su responsabilidad, pudieron al fin convencer a Coca sobre la inocencia de su novio pero, entre pitos y flautas, la suspendida ceremonia religiosa debió postergarse casi un mes hasta que se cursaron nuevamente las invitaciones y se solicitó turno en el templo. Durante ese lapso “la novia” fue inflexible y, aunque ya estaban casados ante la ley, obligó a Chiquito a pagar su culpa pernoctando bajo el mismo techo (en la casa de don Julián y doña Dora) pero durmiendo sobre un colchón en el cuarto con su abuelo y no otorgándole más intimidad que el beso de las buenas noches.

 

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